Pesadillas para adultos

He crecido leyendo los libros de la saga ‘Pesadillas’ de R.L. Stine y, de hecho, fue gracias a ellos (y a películas como ‘Pesadilla en Elm Street’) por lo que me empecé a interesar por el mundo del terror. La nostalgia me puede y echo mucho de menos recorrerme la biblioteca municipal en busca de libros nuevos de ‘Pesadillas’. Por eso, no pude evitar ver como la fan más fiel la película homónima de 2015 basada en esta colección de terroríficos libros infantiles y en la figura de R.L. Stine, un film bastante mejorable pero entretenido.

Películas frikis aparte, hace poco he tenido el placer de leer ‘Superstitious’, la primera novela de terror para adultos de R.L. Stine. A pesar de que se publicó en el año 95, desconocía por completo su existencia y me llevé una gran sorpresa al localizar un ejemplar en la biblioteca. No sabía lo que me iba a encontrar ni si el estilo del autor diferiría mucho con su narración en ‘Pesadillas’, su serie de libros juvenil. Pero sí, la diferencia es evidente y en ‘Superstitious’ vemos a un escritor mucho más diabólico, sanguinario y morboso. Y eso, por supuesto, es de agradecer.

R L Stine pesadillas terror

Robert Lawrence Stine, el creador de nuestras pesadillas

Al más puro estilo de ‘Los crímenes de Oxford’, pero mucho más salvaje, ‘Superstitious’ tiene como escenario un campus universitario donde tienen lugar violentos y sangrientos asesinatos. Sara Morgan elige precisamente este momento para regresar a la universidad y volver a estudiar, lugar donde conoce al profesor Liam O’Connor. Su acento irlandés y sus supersticiones son rasgos que a Sara le parecen encantadores y hacen que se enamore de él, pero los crímenes del campus y otros sucesos aún más inquietantes empañan esta historia de amor idílica.

Aunque esta novela no tuvo tan buena acogida como los libros de ‘Goosebumps’ (‘Pesadillas’), éxito difícil de superar, merece la pena leer al R.L. Stine más maduro en una historia a la que no le falta detalle: violencia, sexo (¡y rock and roll!) y sucesos paranormales.

Nota: En España podéis encontrar el libro traducido como ‘Superstición diabólica’.

‘V/H/S’: cuando el terror se rebobina

¿Alguien se acuerda a estas alturas de 2015 de las cintas de vídeo? Yo no puedo evitar recordar las gruesas carátulas de las películas y las cintas de color negro carbón que el aparato reproductor de VHS engullía con ansia. Después, el inquietante sonido del rebobinado, que contribuía a restar mi paciencia. Y, por último, la película apareciendo en pantalla o, mejor dicho, los tráilers.

La cultura VHS y el cine de terror siempre han ido de la mano. Sobre todo, me refiero a las cintas de vídeo caseras y al concepto de película snuff (grabación de asesinatos reales). Son muchos los títulos de terror cuyo argumento gira en torno a las imágenes filmadas en cinta, como ‘The Ring’ (2002), ‘Sinister’ (2012) y, sobre todo, ‘El proyecto de la bruja de Blair’ (1992). El hecho de estar ante imágenes ‘caseras’ aumenta la sensación de realismo y, precisamente por ello, se ha apostado incluso por trilogías y sagas como las cuatro entregas de ‘REC’ y ‘Paranormal Activity’.

Hace unos días tuve el placer de visionar ‘V/H/S – Las Crónicas del miedo’, una producción estadounidense estrenada en 2012 engendrada por varios directores del género de terror como  Adam Wingard (‘You’re next’, 2011) o Ti West (‘The house of the devil’, 2009). En sus dos horas de metraje conviven dispares subgéneros de terror como el slasher, fantasmas y exorcismos, diferentes historias que comparten canal: todas son narradas a través de cintas VHS.

La película comienza presentando a un grupo de matones que invierten su tiempo en destrozar mobiliario urbano y a acosar a chicas mientras lo filman todo para ganar dinero a costa de ello. Un excéntrico caballero contacta con uno de los gamberros y le pide que consiga una cinta que contiene imágenes terribles, pero cuando el grupo acude a la casa en la que se encuentra dicha cinta, descubre la existencia de no una, sino de varias cintas malditas que albergan macabras historias.

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Exactamente, son cinco videorrelatos distintos los que articulan ‘V/H/S’ y, si tuviera que elegir el mejor de ellos, creo que me quedaría con la primera de las cintas, Amateur Night. Unos tipos fiesteros creen estar disfrutando de la mejor noche de sus vidas: chicas, alcohol, sexo… Para más inri, uno de ellos lo está grabando todo con unas gafas con cámara incorporada, pero este objetivo escondido presenciará también como su alocada fiesta se transforma en una sangrienta pesadilla.

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No obstante, el resto de cintas tampoco se quedan atrás en cuanto a calidad y horror. Tenemos una pareja que disfruta de su luna de miel en Arizona, aunque hay alguien que les vigila mientras duermen. Otra de las cintas relata el viaje de un grupo de amigos en un siniestro bosque en el que tuvieron lugar perversos crímenes. Internet también tiene su lugar en esta antología de terror con un brillante corto sobre relaciones a distancia, webcams y extrañas criaturas que acechan en la noche. La última cinta versa sobre una casa encantada en la que se adentran unos chicos en Halloween y, lo más sorprendente de esta historia, es su impactante desenlace.

Vais a pasar miedo y vais a disfrutar. Al estar fragmentada en cinco historias, la película se hace corta y os quedaréis con ganas de más. Por suerte, hay dos entregas más: ‘V/H/S 2’ (2013) y `V/H/S: Viral’ (2014). Yo pienso verlas muy pronto. ¿Os atrevéis vosotros?

El castigo

* Continuación de La partida

Bebí otro trago de whisky sin sentir nada. La garganta ya no me ardía como la primera vez. Había llovido y el pavimento estaba mojado, pero no me importaba. Pensaba permanecer toda la noche allí sentada, calándome los vaqueros y bebiendo alcohol barato. Estaba harta de la vida y la vida estaba harta de mí. Mi familia, o lo que quedaba de ella, me daba de lado, y los pocos amigos que tenía se habían evaporado. Únicamente me tenía a mí misma, y eso no me reconfortaba demasiado.

Abrí los ojos lentamente y mi mirada se topó con una robusta sombra. Me tendió la mano, que era igual de voluminosa pero muy cuidada. El hombre se acarició la barba mientras se presentaba. Se llamaba Gaspar y no fui capaz de adivinar de dónde provenía su acento. Tampoco importaba demasiado. Él me ofreció una oportunidad, una nueva opción de vida. Cogí su mano, me incorporé y le seguí. Al fin y al cabo, no tenía nada que perder.

Me llevó a su casa, donde me di una ducha y me vestí con ropa limpia que él me cedió. Me dolía un poco la cabeza y mi aliento seguía oliendo a alcohol, pero por lo demás me encontraba bastante bien. Nos sentamos en las suntuosas butacas de su gran salón y comenzó a explicarme lo que quería de mí. No se entretuvo demasiado: deseaba ofrecerme un trabajo. En otra etapa de mi vida, me hubiera estremecido al escucharle y hubiera huido de allí tras conocer en que consistía el empleo en cuestión. Pero yo solo quería vivir o, mejor dicho, olvidarme de vivir. Lo acepté sin dudar. Jamás había matado a nadie, pero todo era cuestión de práctica. Me juré a mí misma hacer las cosas bien y convertirme en la mejor asesina a sueldo de la ciudad.

Los primeros encargos no fueron fáciles. Al ser una novata, me temblaba el pulso cada vez que tenía que apretar el gatillo y sentía un doloroso peso en el estómago cada vez que lo hacía. Sin embargo, la práctica hizo que la torpeza y el remordimiento se esfumaran. Era como si cada vez que le arrebataba la vida a alguien, yo ganara un poco de vida. Una vida podrida y maldita, sí, pero vida después de todo. Poco a poco, me fui aficionando al miedo en los ojos de mis víctimas, al aroma de la sangre y a la tensión liberada cada vez que cumplía mi misión. Gaspar me pagaba siempre puntualmente y yo sentía que por fin tenía un papel en este horrendo mundo.

Todo iba tan bien que nunca imaginé que acabaría recibiendo un encargo al que no podría hacer frente. Gaspar tenía muchos enemigos y uno de ellos era un empresario irlandés. Quería vengarse de él y no encontraba mejor manera de hacerlo que arrebatándole lo que más quería. Pero yo no me sentía capaz de hacer lo que me pedía. No podía matar al hijo del irlandés por mucho que lo intentara, a pesar de que sabía que la consecuencia, o más bien, el castigo, sería jugar una partida de póker a muerte. La causa no era el miedo ni la culpa, sino una fuerza mucho más poderosa. Él fue la única persona por la que un día sentí algo parecido al amor, y… ¿quién soy yo para luchar contra el amor?

La partida

Dicen que quién es desafortunado en el juego, tiene suerte en el amor. Ya os digo yo que eso es una auténtica patraña. Llevo toda la vida buscando el amor y lo único que he recibido son mentiras y algunas dosis de sexo. Ningún hombre era para mí o yo no estaba hecha para ningún hombre. Quizá por eso probé suerte con las mujeres, más dulces al sonreír y más lentas al besar. También falló. Creo que estoy condenada a caminar sola, a arroparme con mi propio abrazo, a dormir en una cama que se me antoja demasiado ancha. El destino así lo ha querido y yo no soy quién para llevarle la contraria.

Dicen también que, cuando uno está a punto de morir, ve pasar su vida en diapositivas. Las escenas se deslizan con rapidez, fundiéndose entre sí, emborronando recuerdos malos y buenos, desdibujando rostros amigos y amortiguando la voz de los eternos rivales. En mi caso, yo solo me he visto a mí. Me veo sentada en mi sillón rojo masticando palomitas dulces y observando con gesto aburrido los capítulos repetidos de ‘Twin Peaks’. Los vivos colores de la pantalla del televisor se reflejan en mi rostro cetrino y en el claro iris de mis ojos cansados. Jamás he visto una mirada tan triste como la mía. Incluso las prostitutas que pululan cada noche por mi calle desprenden más vida que yo. Pero eso no importa nada ahora que voy a perecer sobre un charco de mi propia sangre.

Nunca se me ha dado demasiado bien jugar al póker. Ya os dije que el amor y el juego no mantienen una relación inversa. Mi abuela, el ser más dulce que jamás he conocido, siempre nos ganaba al parchís. Era una vencedora nata, y eso no la impedía amar a mi abuelo con todas sus fuerzas. Yo, sin embargo, me siento como un ser inerte desplazado en un mundo vivo, de sentimientos que se me escapan. Mi boca está completamente seca porque desconozco las cartas de mis contrarios. En la mesa somos cuatro personas, si es que se nos puede denominar así. Primero estoy yo, una chiquilla impasible que en el fondo está temblando de miedo. A mi derecha está Rubí, la joven más despampanante que podáis imaginar. Creo que nunca he visto unos labios tan rojos como los suyos. Hay otra mujer más, Casandra, una mujer asiática silenciosa en el juego y fuera de él. Por último, cada vez que levanto la mirada me encuentro con el rostro de Gaspar, un hombre corpulento y de barba espesa. Sé que en su caro traje guarda un revólver que ha prometido disparar apuntando a mi cabeza si pierdo esta partida. Me estaría marcando un farol si os dijera que voy a sobrevivir. Casi puedo sentir el impacto de la bala en mi pálida frente, el peso de mis párpados muertos, la frialdad de mi piel sin vida. Pero no os voy a engañar: me lo he buscado yo misma. Soy yo la que ha escrito el final de su vida, un desenlace doloroso y agónico. Siempre me han gustado los dramas de Shakespeare y las películas de Tarantino, pues en ambos casos la sangre es siempre protagonista. Quizá por eso llevo puesto el vestido blanco que me regalaron mis padres cuando me licencié en Historia del Arte. Sé que el contraste con la textura y el brillo de la sangre será magnífico. Ahora me siento como uno de los macabros cuadros de Bacon o, mejor dicho, como una de las oscuras pinturas de Caravaggio. El fin está cerca. Llega el momento de descubrir las cartas. Primero es Rubí quién coloca las suyas sobre la mesa. Después, la impasible Casandra. Gaspar muestra las suyas, convencido de ser el vencedor. Yo desvelo las mías, convencida de perder en el juego y también en la vida. Él saca la pistola y me apunta con tranquilidad. Antes de que apriete el gatillo, yo le dedico una sonrisa igual de tranquila y, posiblemente, la primera sonrisa sincera de mi vida.

LEE LA SEGUNDA PARTE: El castigo

El slasher, el género más bestia del cine de terror

Hoy he estado dudando entre escribir sobre unicornios o sobre el aroma de las margaritas, pero al final he decidido embarcarme en un post sobre el género slasher, que es un poco más macabro que los unicornios rosas y las flores. El slasher es un subgénero del cine de terror que tuvo su edad dorada a principios de los 80 para después revivir en la década de los 90. Pero, ¿cuáles son sus características? ¿Es fácil reconocer una película de cine slasher?

Es absolutamente necesaria la presencia de un psicópata en las películas slasher. Sí, él es el malo de la historia.

Las víctimas del psicópata son adolescentes. Y es que nada resulta más irresistible para el villano en cuestión que un grupo de teenagers que campan a sus anchas y suelen coquetear con las drogas y el sexo.

– Es muy frecuente que el asesino cometa sus salvajes crímenes a modo de venganza por una humillación recibida en el pasado.

– También suele cumplirse el elemento “final girl”: un personaje femenino que sobrevive hasta el final de la película, momento en el que es perseguida sin descanso por el asesino hasta que consigue derrotarle o, al menos, escapar de él.

– Normalmente, las películas slasher suelen tener varias secuelas debido a su éxito. Es decir, estamos hablando de sagas compuestas por varias entregas.

Seguramente ya se os vienen a la cabeza varios títulos que se integran en este género, pero hay que saber que la película que lo empezó todo fue ‘Halloween’ (1978) de John Carpenter, aunque se vio claramente influenciada por otros films como ‘La matanza de Texas’ (1974) e incluso por ‘Psicosis’ (1960), la joya de la corona de Hitchcock.

la matanza de texas slasher

No quisiera estar en su piel (‘La matanza de Texas’)

Como ya he adelantado, el cine slasher vivió su época de esplendor entre finales de los 70 y principios de los 80. Y es que en esta etapa nacieron producciones como ‘Viernes 13’ (1980) y la mítica ‘Pesadilla en Elm Street’ (1984), que alcanzó el éxito al incorporar al psicópata elementos fantásticos como el poder de introducirse en los sueños de sus víctimas.

freddy krueger slasher

No hay villano más cool que Fredy Krueger (‘Pesadilla en Elm Street’)

En los 90 resurgió la popularidad del género y su artífice fue el director Wes Craven, que ya había triunfado con ‘Pesadilla en Elm Street’ y regresaba con fuerza con ‘Scream’ (1996). Precisamente, ‘Scream’ merece una mención especial en este post, ya que no solo relanzó el cine slasher, sino que mezcla los trágicos asesinatos de Ghostface con una parodia del cine de terror. Las películas de ‘Scream‘ albergan numerosas referencias a otras películas de terror y reproducen algunos tópicos de las mismas. Por ejemplo, el conserje Fred -interpretado por el propio Wes Craven- viste un traje muy similar al de Freddy Krueger en ‘Pesadilla en Elm Street’. Además, también hay otros actores provenientes de míticas películas de terror como Linda Blair, la niña poseída de ‘El exorcista’, que interpreta a la periodista que se acerca a Sidney en la escuela tras ser atacada por el asesino. A ‘Scream’ le siguieron otros títulos reseñables como ‘Sé lo que hicisteis el último verano’ (1997), ‘La casa de los 1.000 cadáveres’ (2003) y ‘Hostel’ (2005).

drew barrymore scream slasher

Ahora que ha llegado el verano, espero poder hacer pronto un maratón de películas slasher. ¿Os animáis? 😉

Música y terror: 12 videoclips que te harán temblar

A los que nos gusta el terror, queremos “consumirlo” en forma de literatura, de cine y hasta de series. Solemos perdernos entre páginas de libros portadores de historias escalofriantes. También nos encanta recrearnos en siniestras imágenes y grabar en nuestras pupilas icónicas escenas del cine de terror. Pero lo cierto es que los escritores y los cineastas no son los únicos que sienten predilección por este género y que lo plasman en sus obras artísticas… La música, esa gran creación de Dios (o del diablo), también protagonizada una tormentosa y apasionada relación con el terror. Son muchos los grupos y cantantes que idean y protagonizan videoclips que más bien parecen películas de miedo. Y nosotros, fieles siervos del género, estamos encantados. Música y terror unidos… ¿qué más se puede pedir?

¡Bu!

                                       ¡Bu!

Son muchos aquellos músicos que han caído en las oscuras y decrépitas redes del horror, por lo que yo simplemente he hecho una pequeña selección de videoclips que te harán sentir escalofríos. ¿Los conocéis? ¿Hay alguna ausencia esencial? Como siempre, sugerencias, opiniones, críticas y bombas fétidas en el apartado de comentarios. Ahí va el ranking, amigos:

12. ‘Disconnected’ (Keane)
Comenzamos con un videoclip made in Spain. Juan Antonio Bayona (director de exitosas películas como ‘Lo imposible’) es el artífice del videoclip de ‘Disconnected’, canción del álbum ‘Strageland’ de Keane. Parece que la banda británica hizo bien en confiar en Bayona para transformar su música en imágenes, ya que este videoclip con una estética muy similar a la de la película ‘El Orfanato’ y protagonizado por la actriz Leticia Dolera (‘Rec 3: Génesis’), fue elegido el mejor vídeo del año en 2012 por la revista británica Q.

11. ‘Transylvania’ (McFly)
El famoso grupo británico McFly mezcló terror y humor en este divertido videoclip para su canción ‘Transylvania’. En él, los miembros de la banda (Tom, Dougie, Danny y Harry) se enfundan en trajes, vestidos (sí, de mujer) y pelucas de época para entonar el pegadizo estribillo de la canción. El escenario es un tétrico castillo y entre las escenas, grabadas en blanco y negro, destacan algunas imágenes que aluden a personajes célebres como el monstruo de Frankenstein.

10. ‘Total eclipse of the heart’ (Bonnie Tyler)
Recordáis a Bonnie Tyler y su voz rasgada, ¿verdad? Imaginadla cantando en una siniestra mansión rodeada de un coro poseído. Precisamente así aparece en el vídeo de la famosísima canción ‘A total eclipse of the heart’.Si alguno no lo habéis visto, preparaos para disfrutar de casi 6 minutos de arte (tanto por la música como por las imágenes) y de una de las divas de los años 80.

9. ‘I miss you’ (Blink 182)
Uno no ha tenido una adolescencia de verdad si no ha sido fan de Blink 182 (venga, seguro que al menos os gusta ‘Dammit’). Acostumbrados a que sus videoclips sean cañeros o también irónicos y divertidos (como el de ‘All the small things’), el vídeo de ‘I miss you’ destaca por su bella fotografía que hace disfrutar y estremecerse a partes iguales. Y las alusiones sexuales, un toque de lo más guay.

8. ‘Crush on you’ (Nero)
Seguro que ningún miembro de The Jets se imaginó que más de 20 años después de su éxito ‘Crush on you’, la banda electrónica Nero produciría un cover de su canción, acompañado de un videoclip muy, muy inquietante. Ya no es solo que la música (la de la versión de Nero, claro) resulte perturbadora y agobie un poco, sino que con la trama del vídeo y sus siniestras imágenes os pensaréis dos veces romper el corazón a una chica. Y si no, ved el terrible destino que le espera al protagonista por ser un rompecorazones…

7. ‘The ballad of Mona Lisa’ (Panic! at the disco)
Panic! at the disco no podía faltar en esta lista. Aparte de ser geniales y tener canciones muy, muy guays (también muy propias de adolescentes locos por Blink y My Chemical Romance), la estética de sus videoclips suele ser muy cuidada y excéntrica. Si el vídeo de ‘I write sins not tragedies’ ya daba mal rollo (recrea una boda que, más que romántica, es tétrica), ‘The ballad of Mona Lisa’ aún más. El protagonista no es otro que el cadáver de Brendon Urie, el cantante, así que ya os podéis imaginar.

6. ‘Another brick in the wall’ (Pink Floyd)
No sé si os gustarán los niños, pero hay que reconocer que a veces dan verdadero miedo. Si no, pensad en películas como ‘Los chicos del maíz’ o ‘El exorcista, en las que son los más pequeños los que nos hacen gritar. Los integrantes de Pink Floyd apostaron por este “terror infantil” para crear uno de los videoclips más famosos de todos los tiempos, el de ‘Another brick in the wall’. No sabréis si compadeceros de los niños protagonistas o salir huyendo despavoridos lejos de ellos. A vuestra elección lo dejo.

¡¡¡¡Llegamos al TOP 5!!!!

5. ‘Kids’ (MGMT)
Y, hablando de niños, son ellos los que abren el top 5 de videoclips de terror. Descubrí este vídeo hace poco tiempo y me pareció absolutamente genial. En él, aparecen unas asquerosas criaturas que solo pueden ver los niños, que lloran y gritan muertos de miedo. Y claro, como sus padres no pueden ver a estos monstruos, no les hacen ni caso. No os lo perdáis porque es de esos vídeos con los que no sabes si reír o sentir miedo.

4. ‘Hard Rock Hallelujah’ (Lordi)
Eurovisión, año 2006. España, como sucede muchas veces en este certamen, hace el ridículo con Las Ketchup. Finlandia, en cambio, sorprende llevando una canción de heavy metal, ‘Hard Rock Hallelujah’, con la que se alza ganadora. Como no podía ser de otra manera, el videoclip de la canción de Lordi hace juego con la indumentaria de los componentes del grupo, que parecen auténticos muertos andantes. Merece la pena ver cómo siembran el terror en una escuela de secundaria en los apenas 3 minutos que dura la canción.

3. ‘Everybody’ (Backstreet Boys)
La boyband que invadió las carpetas de todas las chicas en los años 90 sorprendió con un videoclip de esos que no se olvidan. Brian, Nick, Howie, Kevin y A.J con su pinta de niños buenos, entran en una enorme y lúgubre mansión en la que pasan la noche más terrorífica de sus vidas. Simplemente, mítico.

2. ‘Sweet dreams’ (Marilyn Manson)
Si alguien no podía faltar en esta lista era él, el rey de lo macabro, Marilyn Manson. Su aspecto (y el de sus compañeros de grupo) ya anticipa el contenido de sus escalofriantes videoclips. Yo me he decantado por el de la canción ‘Sweet dreams’, uno de los mejores covers de la Historia, que nos regala imágenes horripilantes como Marilyn chillando desquiciado ataviado con un sucio vestido de novia. Sin embargo, igual de horribles (en el buen sentido) son los vídeos de ‘Personal Jesus’ y ‘The Beautiful People’.

1. ‘Thriller’ (Michael Jackson)
¡Ya estamos en la cima! Y solo había una persona merecedora de estar en la cúspide: Michael Jackson. Como seguramente no hace falta que os diga, Michael era un genio. Nadie cantaba como él, nadie bailaba como él y nadie tenía unos videoclips como los suyos. ‘Thriller’ es todo un referente de los videoclips de terror y el baile de los zombies protagonistas ha sido, posiblemente, uno de los más imitados del mundo. Más que un videoclip, parece una pequeña película que te deja sin aliento hasta el final. Michael, ¿por qué te marchaste tan pronto?

‘No soples mis velas en Halloween’ (Parte 3)

Summer estaba tan ensimismada en sus pensamientos, reconstruyendo en su cabeza la tragedia de la familia Thomas como si de una película de Hitchcock se tratara, que se llevó un buen susto cuando Alice le puso delante de sus narices una apetitosa tarta salpicada de finas velas encendidas.
– Un cumpleaños no es un cumpleaños de verdad sin un buen pastel- rió Alice mientras le guiñaba un ojo.
– Gracias, chicos, es todo un detalle- Summer estaba cortada y agradecida a partes iguales.
La tarta, redonda y de color naranja, tenía una pinta estupenda. Sus amigos comenzaron a cantar las típicas canciones de cumpleaños mientras ella observaba las largas velas blancas, que parecían los finos dedos de un pianista.

Aplausos. “Vamos, pide un deseo, Sum”. Risas.
“Bien”, pensó Summer, “Mi deseo está bastante claro”.
Antes de soplar las velas, quiso dejarle claro a Bryan lo que había pedido y le miró por última vez. Por última vez de verdad.

Frío. Oscuridad. Silencio.

Summer miró a un lado y a otro, pero no veía nada. Una especie de corriente de aire había apagado todas las velas del salón, incluidas las de su pastel de cumpleaños. Y por lo que parecía, también había apagado las voces de sus amigos.
– ¿Chicos? ¿Qué ha pasado? ¿Tenéis una linterna o algo así?
Más silencio.
Summer empezó a ponerse nerviosa. ¿Por qué ninguno de sus amigos respondía?
– Si esto es una broma, no es gracioso. No me gusta la oscuridad.
Ni un solo sonido, ni un solo susurro, ni una sola respiración.
– Joder, no tiene gracia. ¿Estáis bien?
El frío invadió su cuerpo, cada poro de su piel. ¿De dónde procedía? Alguien debía haber abierto la puerta, pues el salón carecía de ventanas. Sin embargo, la luz de la luna llena no se filtraba por ningún lugar.
– ¿Alice? ¿Rachel? ¿Ed? ¿Dan? ¿Br-Bryan?
Dios, ¿acaso se habían marchado? ¿Y quién había apagado las velas? Parecía que sus amigos se habían esfumado. No oía nada, ni siquiera una risita nerviosa o unos pasos. Sin embargo, notó una presencia muy cerca de ella que intensificó el frío que sentía en el cuerpo. Y sabía que no eran sus amigos.
– ¿Quién anda ahí?
La angustia se apoderó de ella. Sabía que algo malo estaba pasando. Ya no notaba la extraña presencia junto a ella, pero seguía helada de frío. Y seguía sin escuchar a sus amigos. Quería luz. Y entonces recordó que, aunque no tenía mechero ni linterna, se había traído el móvil. Sí, eso serviría. Hurgó a tientas en su mochila, pero el móvil no estaba allí. Palpó su cartera, las llaves, un espejo, pero no el maldito móvil.
– Joder, joder, JODER.
No lo soportaba más. Las lágrimas se deslizaban sobre sus mejillas y estropeaban su maquillaje. Le escocían los ojos. Respiraba entrecortadamente, intentando olvidar el frío y el miedo. ¿Qué estaba sucediendo? Estaba atrapada en la oscuridad. Y nadie parecía percatarse de sus sollozos. Pero, cuando creyó que todo estaba perdido, sus dedos acariciaron una superficie muy lisa. ¡La pantalla del móvil! Rezó que tuviera batería y que sus nervios le permitirían desbloquearlo.
– Oh, sí. ¡¡¡SÍ!!!

Luz. No demasiada, pero la suficiente. Estaba salvada. Apuntó con el móvil hacia sus amigos, esperando verles conteniendo la respiración y la risa por la broma que le estaban gastando. Pero no vio nada. No estaban allí.
– Cabrones…- murmuró Summer contrariada.
Sabía que sus amigos tenían sentido del humor, pero esta vez se habían pasado. No tenía gracia. Se sintió idiota por llorar y por haberse agobiado tanto. Le parecía increíble haber pasado tanto miedo por una broma pesada como esta después de haber visto tantas pelis de terror. Comenzó a ponerse en pie y su móvil alumbró más abajo, al suelo.
– …

Summer estaba petrificada. Sus amigos no se habían marchado. Al menos, no Alice. Su mejor amiga estaba allí, tumbada sobre el improvisado mantel, y allí había estado todo el tiempo. Sonreía. Tenía la mirada perdida (y vacía). Estaba muerta. Lo supo por el hilo de sangre que escapaba de su congelada sonrisa, de su última sonrisa. Movió el móvil un poco más, enfocando el cuerpo de su amiga. Su ropa estaba rasgada y bañada en sangre, sangre que seguía borboteando de su interior. Una vez más, movió su móvil. Rachel también yacía en el oscuro mantel, pero no sonreía. Sus ojos estaban cerrados y los párpados presentaban algunas salpicaduras de sangre. No enfocó el cuerpo, pues sabía lo que se encontraría. Giró su móvil. Ed y Dan, tumbados muy juntos, parecían mirarse. Pero sus ojos no tenían vida. Y otra vez más, movió su móvil. ¿Tendría fuerzas para soportalo? Oh, Bryan. Al igual que sus compañeros, estaba muerto. Su mirada era triste. Parecía resignado ante la muerte. Disfrazado de uno de los psicópatas más peligrosos, Hannibal Lecter, había sido él al que habían abierto en canal, al que le habían arrebatado la vida con una brutalidad inhumana. Inhumana… Sum giró el móvil una vez más, aunque sabía que al lado de Bryan no había nadie. ¿O sí?
– ¡NO!

No le importó la oscuridad. Se olvidó de sus fobias, del miedo y hasta del dolor por lo que acababa de ver. Sus amigos estaban muertos, habían muerto ante sus narices y no sabía cómo. Bueno, ahora sí. No sabía donde había caído su móvil ni si se había roto, pero no importaba. Summer corrió y corrió, intentando liberarse de ese frío, de esa angustia. El salón parecía interminable. No sabía si llegaría a la puerta, si podría escapar, si él no se cruzaría en su camino. No sabía absolutamente nada, solo que en toda su vida había corrido tanto como en ese momento. Ni siquiera cuando jugaba a las carreras de relevos en el patio ni cuando quería estar en primera fila en el concierto de Green Day del año pasado. Extendió los brazos hacia delante y, sin previo aviso, sus manos chocaron contra un muro. No, no era un muro, era el portón de aquella odiosa mansión. Empujó. El fulgor de las estrellas se coló por la pequeña apertura, que poco a poco se hizo más grande. Summer no miró atrás. Al menos, no hasta que hubo atravesado el tétrico jardín, que se le antojó absurdamente grande. Entonces sí que se atrevió a dedicar una última mirada a la casa, insultantemente silenciosa. Memorizó cada detalle de la fachada, cada arista, cada cristal roto, cada brizna de hierba. Quizá solo así podría borrar de su mente el rostro de Dick junto al cadáver de Bryan, sonriente, insolente, fantasmal. Aquel estúpido niño se había ensañado a gusto y se había divertido de lo lindo. Al fin y al cabo, él también nació un 31 de octubre.

– (Parte 1) ‘No soples mis velas en Halloween’

– (Parte 2) ‘No soples mis velas en Halloween’

Muñecos rotos

Danny. ¿Cómo olvidarse de él? Sus facciones perfectas y sus ojos color celeste le hacían parecerse a Paul Newman en ‘El buscavidas’. Tenía carisma, gracia y estilo. Poseía ese tipo de magnetismo propio de las estrellas de cine y de personas triunfadoras. Siempre vestía impecable: Dockers en tonos tierra, camisas de seda y sencillas corbatas perfectamente anudadas. De vez en cuando, completaba su apariencia de rompecorazones elegante con un fino cigarrillo que descansaba en su sonrisa irónica y divertida. Pero lo cierto es que lo mejor de él era que siempre sabía que decir. Nunca se quedaba callado ni titubeaba ni enrojecía. Su suave voz dibujaba palabras con firmeza y decisión. Su poder de convicción era considerable. Su encanto, innato.

George. Un británico absorbido por las calles de Nueva York. Un gentleman de los de antes, un amante de los de ahora. Su cabello color azabache siempre lucía los peinados más cuidados y modernos. Sentía predilección por los jerséis y los mocasines. No podía salir de casa sin perfume y sin su gabardina estilo Sherlock Holmes. Amaba el arte y el cine. Sus modales eran propios de la aristocracia. Era un joven único, distinguido y atrevido a partes iguales.

Dylan. Su habitación estaba plagada de pósters de Tony Hawk. Tenía dos grandes tesoros: su perrita Nancy y su tabla de skate. Le encantaban las sudaderas grises, que hacían juego con sus ojos. No le gustaba el café, pero tampoco el té: prefería un buen vaso de leche con galletas o cereales de maíz. Solía recorrer la ciudad sobre su tabla o en bicicleta, sintiendo los rayos del sol sobre su desgastada gorra. Era reservado, aunque gracioso y divertido cuando tenía que serlo.

PierreEl canadiense más caradura del planeta. Guitarrista en una banda de punk-rock. Ojos azules, cejas espesas y Converse desgastadas. Era capaz de engatusar a cualquiera con sus chistes malos y tocando un par de acordes en su vieja Fender Stratocaster. Se sentía invencible cada vez que veía su película favorita: ‘Regreso al futuro’.

Scott. Siempre había sido un empollón con clase. Su hábitat natural era la biblioteca, aunque también solía pasear con su dálmata Tom, sobre todo en otoño. Tenía la sonrisa más dulce de toda la ciudad y sus ojos almendrados e inocentes también ayudaban. Era el compañero perfecto para pasar una tarde agradable y tranquila. Aunque por su aspecto no lo pareciera, su estilo musical favorito era el heavy metal.

Nombres, nombres sin más sentido ni contexto. Sarah no quería entretenerse demasiado en su paseo diario por sus recuerdos, algunos cercanos y otros no tanto. Con cada uno de esos chicos maravillosos y tenebrosos a partes iguales, había vivido momentos extraordinarios. Todos eran muy diferentes entre sí, pero tenían en común un carácter especial, un poder de atracción implícito, una energía viva y sensual. Sin embargo, la vida se empeñaba en que las cosas no le salieran bien. Con Danny, por ejemplo, todo iba viento en popa: se conocieron en el estreno de una famosa obra de teatro y, desde ese momento, no se separaron. La tensión sexual entre ambos era evidente, pero supieron controlarse como buenos semiadultos de veinte años que eran. Pero Sarah acabó aburrida de los calculados gestos de él, de sus americanas siempre pulcras e impecables, de su dentadura de spot televisivo. Apenas un año más tarde, llegó George. Había abandonado tierra británica para cruzar el océano y matricularse en un caro curso sobre diseño en Nueva York. La primera vez que se vieron estaban en la calle, frente al admirado escaparate de Prada. En cuanto se miraron, supieron que vivirían meses de auténtica pasión e interesantes conversaciones a la luz de las velas u observando el cielo nocturno y misterioso. Sin embargo, Sarah quería probar algo nuevo y lo encontró en los brazos tatuados de Dylan, con el que aprendió a hacer pompas de chicle y a hacer skate -en nivel muy principiante, todo hay que decirlo-. Pero al asistir a un concierto de un grupo de rockeros desconocidos pero con ganas de devorar el escenario -y el mundo-, Sarah cayó en las redes de Pierre, el guitarrista con los hoyuelos más deseados de todo el país. Si no fuera porque casi no podía aguantar el ritmo de “sexo, drogas y rock and roll” que el joven le ofrecía, se habría quedado con él para siempre. Pero lo que ella necesitaba era estabilidad y la encontró en Scott, un simpático estudiante de Ingeniería Aeronáutica que parecía no haber roto un plato en su vida. Pero ni los besos ni las caricias de ninguno de estos muchachos enamorados de las mismas curvas femeninas consiguieron que se centrara y volviera a creer en la magia del destino. Al menos, hasta que llegó él.

Patrick. Tenía una cabellera envidiable, un pelo sedoso y oscuro, casi tan suave como su aterciopelada piel. Sus ojos eran tan verdes que recordaban a los prados irlandeses de los que procedía parte de su familia, aunque él nació y se crió en Chicago y finalmente se fue a vivir a Nueva York para hacer realidad sus sueños. Tenía muchos sueños, pero uno de ellos era encontrar a una mujer delicada pero fuerte, elegante pero sexy, bonachona pero con carácter. Y el rostro ovalado de Sarah apareció como por arte de magia, como por un milagro obrado por el caprichoso destino. Esta vez, Sarah sentía que merecía la pena pasar la noche en una cama ajena si pertenecía a un tipo como Patrick. Con él, se sentía una persona más activa y feliz. No solo podía desnudar sus sentimientos en su presencia, sino que se reía mucho con sus ocurrencias y con la forma en la que se le iluminaban los ojos cada vez que contaba una anécdota.

Sarah. Desde que era una niña, pensó que lo peligroso era muy tentador. Leía historias de vampiros desde los cinco años y su sueño era convertirse en una detective profesional. Aunque no pudo cumplir sus deseos, Sarah había alcanzado otra de sus metas: encontrar su alma gemela. Porque era evidente que Patrick era su alma gemela. Disfrutaba hablando con él y hasta cuando discutían, siempre de forma muy acalorada, tan acalorada como sus ardientes reconciliaciones. Ese ventoso día de octubre, Sarah se repasó los labios con la barra color granate. Dejó que sus ojos marinos atravesaran el cristal del ascensor mientras daba gracias de nuevo porque Patrick, el bueno de Patrick, se hubiera cruzado en su camino. Y ya no solo era porque se sentía muy a gusto a su lado y porque le encantaba que el aroma de su perfume impregnara su ropa, sino porque ya estaba cansada. Estaba cansada de los otros chicos, de los otros nombres. Estaba cansada de sus manías y de sus risas, siempre algo escandalosas. Pero, sobre todo, estaba cansada de mancharse las manos de sangre. Y es que, hasta una buena y bonita señorita americana como ella, sabía cuándo y cómo tenía que deshacerse de lo que ya no le convenía. Sin dudas, sin vacilación. Sin miedo, sin temor. Con valentía, con decisión. Con destreza en armas blancas y con poco corazón.

“Todos los ángulos son vitales”.

Mark solía escribir hasta tarde en su vieja máquina de escribir de desgastadas teclas. Cuando comenzaba una historia, conseguía evadirse del mundo y viajar muy lejos de su destartalado apartamento a las afueras de Munich. De hecho, se concentraba mucho más a altas horas de la noche, con solo el fulgor de las estrellas alumbrando la estancia.

En una fresca noche de junio, Mark estaba ensimismado en su nueva historia: trataba de unos encuentros amorosos entre dos adolescentes en un cementerio, una historia con un final bastante trágico. Tan solo podía escucharse el frenético ruido de las teclas y Mark no podía pensar en nada más.
De repente, un frío soplo de aire le acarició la nuca. Mark sintió un escalofrío y se maldijo a sí mismo por haber dejado la ventana abierta y tener que levantarse a cerrarla. Lo cierto es que la pequeña corriente de viento había entrado en la habitación de repente, pues aunque no hacía un calor excesivo, aquella noche no se precisaba chaqueta ni mucho menos.
Mientras Mark se daba la vuelta y se levantaba, pudo vislumbrar una especie de sombra que se movió con una rapidez asombrosa. Fue como una especie de aparición fugaz, aunque le fue imposible distinguir su forma. El joven escritor permaneció de pie e inmóvil durante unos instantes que parecieron horas, escudriñando cada rincón de la habitación. No obstante, aquella sombra no volvió aparecer, por lo que Mark volvió en sí, cerró la ventana y regresó a su escritorio para internarse de nuevo en su fantástica historia. Al sentarse en la silla y prepararse para seguir escribiendo, Mark atisbó un detalle muy extraño en la hoja. Había escrito algo nuevo.

“Todos los ángulos son vitales”.

Mark se quedó petrificado, pues el jamás había escrito esa frase. Pensó que sería un error de la máquina, pero resultaba realmente extraño que su vieja máquina de escribir hubiera formado por error una oración entera. Por supuesto, Mark no entendió lo que la frase quería decir, pero eso no le importaba. Estaba demasiado ocupado recorriendo con la vista su pequeña y oscura casa en busca de una presencia extraña. Estaba claro que alguien había escrito aquella frase. Tras un par de minutos que se hicieron eternos, Mark acabó sentándose de nuevo y riñéndose a sí mismo por haber sido tan tonto.

– ¿Cómo se me ocurre? – pensó Mark, ya más relajado – ¿Cómo he podido pensar que no estaba solo? ¿Acaso existen los fantasmas escritores? Cervantes… ¿estás aquí?

Y tras este monólogo interno, Mark soltó una carcajada sintiéndose el más idiota del mundo. Y, como buen escritor entregado que era, olvidó todas esas pamplinas propias de sus historias de terror y continuó manos a la obra con su relato. Pasaron unos minutos en los que Mark no cesó de escribir con frenesí, casi rozando el ansia. La inspiración recorría todo su cuerpo y no podía dejar que escapara.

De repente, un soplido muy frío acarició su nuca de nuevo. Era imposible: la ventana estaba completamente cerrada.
Esta vez a Mark se le heló la sangre completamente (y no solamente por aquel soplido fantasmal). Ahora podía percibirlo todavía mejor, podía notarlo, podía sentarlo: no estaba solo. Por mucho que se empeñara en negarlo, en el fondo sabía que alguien rondaba por su diminuta vivienda. Pero, ¿quién sería y qué querría?

El destino decidió borrar todas sus dudas y otro soplido helado hizo que Mark girara la cabeza y… pudiera verla. Sí, ahí estaba ella, en la ventana cerrada. Tan solo podía ver su largo cabello dorado y su también largo y vaporoso vestido azul celeste. Aquella joven miraba atentamente por la ventana mientras el viento ondeaba sus cabellos y hacía levitar la sedosa tela de su largo vestido. Mark seguía paralizado, no podía creer que aquella mujer estuviera en su casa. ¿Cómo podría haber entrado? ¿Y qué hacía mirando por su ventana? Y lo más importante… ¿cómo podían acariciar sus cabellos ráfagas de viento si la ventaba estaba cerrada?

Sin previo aviso, la muchacha de dorados cabellos se giró. Mark se sobresaltó, pero inmediatamente vio el rostro de la joven no movió ni un músculo. Era la mujer más bella que jamás había visto. Su piel era fina como la porcelana y de un blanco inmaculado. Las tímidas formas de su cuerpo se marcaban en el corpiño del vestido y su falda seguía levitando cual vestido mágico de un hada. Sus ojos eran como dos gigantescos zafiros incrustados y sus finos rasgos terminaban con unos suaves y rosados labios. La joven miraba directamente a los ojos al desconcertado escritor, que intentaba hablarle en vano, pues no conseguía emitir ningún sonido. Estaba tan asustado que su voz se  perdía en su garganta y jamás corría a preguntarle a la joven su identidad.

La bella muchacha sonrió. Así, de repente. Aquella sonrisa de malvada belleza pilló desprevenido al pobre Mark, que quedó todavía más prendado de aquella extraña muchacha de aspecto fantasmal y belleza sobrenatural que había aparecido en su solitaria casa sin previo aviso. La dama del largo vestido seguía con la mirada clavada en los ojos de Mark y aquella sonrisa fija.
Mark comenzó a curvar los labios en una tímida y aterrorizada sonrisa cuando, de repente, un nuevo soplo de aire gélido rozó su cuello, penetró en su cuerpo y sintió en su alma. Y, por desgracia, cuando Mark quiso girarse a comprobar el origen de aquel suspiro helado, ya era demasiado tarde: el fantasma de un niño de belleza angelical y a la vez diabólica comenzó a ahogarle. Sí, las pálidas manos del infante rodearon el cuello de Mark y lo presionaron con una fuerza bestial, sobrehumana, con la que el desgraciado escritor no podía competir. La agonía apenas duró unos segundos y Mark ni siquiera pudo darse la vuelta para ver a su joven y vil asesino. Cuando su corazón estaba a punto de perecer, sus ojos vieron como la bella joven (que había observado la escena impasible, son la sonrisa fija) se acercaba lentamente a él.

– Deberías haber vigilado tu espalda. Te avisé: todos los ángulos son vitales.

Escritores terroríficos: JOE HILL.

Ahora que se acercan las vacaciones el tiempo libre se nos amontona y, a veces, no sabemos como llenarlo. Aparte de soñar con zombies y calderos llenos de vísceras, un buen pasatiempo puede ser la lectura. Y por supuesto, Shakespeare aparte, no hay nada mejor que un buen libro de terror que te deje petrificado en pleno tren o que consiga que te hagas pipí en la cama y no puedas pegar ojo. No obstante, no conoces ningún libro que te haga pasar verdadero miedo pero cuyo argumento no apeste, sino que te sorprenda. No te preocupes, esa pesadilla se va a acabar…

Os presento a JOE HILL, un escritor estadounidense que está cambiando las nociones clásicas del terror. Os puedo asegurar como lectora y amante de las historias sangrientas que no os dejará indiferente. Os recomendaré los dos libros que yo me he leído de este autor que, casualmente, son los más conocidos. ¡Ahí van, pequeños vampiros!

Fantasmas: Para cada noche, una historia. Sí, lo que lees, este libro agrupa 14 historias fantasmagóricas y espeluznantes que te dejarán helado. Desde monstruos imposibles y babosos que arrasan insistitutos y devoran hasta la pizzara hasta extrañas apariciones de espíritus en bosques misteriosos. Sí, hay argumentos e historias para todos los gustos y estómagos. En mi caso, no me gustan demasiado las de efectos especiales (veáse la del Niño langosta) y prefiero las de misterio y sanrgientos fantasmas que regresan del mundo de los muertos. No obstante, lee y opina tú mismo.

El traje del muerto: Increíble, maravillosa, orgásmica. Así defino yo esta obra en la cual me enamoré de Joe Hill. ¿Por qué me gusta? Porque no es la típica historia de terror que ha explotado la industria hollywoodiense. En este caso, el protagonista es un excéntrico rockero asquerosamente rico que gasta su fortuna en macabros artilugios (partes del cuerpo humanas, terroríficos talismanes, una película porno con final sangriento, etc.). Su última y carísima adquisición es el traje de un difunto que acabará perturbando su paz y que está bastante ligado con su vida, más de lo que él cree. Terror, rock, sexo, misterio… este libro tiene de todo. Recomendadísimo.

Y esto es todo por hoy. Espero que disfrutéis con Joe Hill y su extraordinario sentido del… terror.