‘No soples mis velas en Halloween’ (Parte 3)

Summer estaba tan ensimismada en sus pensamientos, reconstruyendo en su cabeza la tragedia de la familia Thomas como si de una película de Hitchcock se tratara, que se llevó un buen susto cuando Alice le puso delante de sus narices una apetitosa tarta salpicada de finas velas encendidas.
– Un cumpleaños no es un cumpleaños de verdad sin un buen pastel- rió Alice mientras le guiñaba un ojo.
– Gracias, chicos, es todo un detalle- Summer estaba cortada y agradecida a partes iguales.
La tarta, redonda y de color naranja, tenía una pinta estupenda. Sus amigos comenzaron a cantar las típicas canciones de cumpleaños mientras ella observaba las largas velas blancas, que parecían los finos dedos de un pianista.

Aplausos. “Vamos, pide un deseo, Sum”. Risas.
“Bien”, pensó Summer, “Mi deseo está bastante claro”.
Antes de soplar las velas, quiso dejarle claro a Bryan lo que había pedido y le miró por última vez. Por última vez de verdad.

Frío. Oscuridad. Silencio.

Summer miró a un lado y a otro, pero no veía nada. Una especie de corriente de aire había apagado todas las velas del salón, incluidas las de su pastel de cumpleaños. Y por lo que parecía, también había apagado las voces de sus amigos.
– ¿Chicos? ¿Qué ha pasado? ¿Tenéis una linterna o algo así?
Más silencio.
Summer empezó a ponerse nerviosa. ¿Por qué ninguno de sus amigos respondía?
– Si esto es una broma, no es gracioso. No me gusta la oscuridad.
Ni un solo sonido, ni un solo susurro, ni una sola respiración.
– Joder, no tiene gracia. ¿Estáis bien?
El frío invadió su cuerpo, cada poro de su piel. ¿De dónde procedía? Alguien debía haber abierto la puerta, pues el salón carecía de ventanas. Sin embargo, la luz de la luna llena no se filtraba por ningún lugar.
– ¿Alice? ¿Rachel? ¿Ed? ¿Dan? ¿Br-Bryan?
Dios, ¿acaso se habían marchado? ¿Y quién había apagado las velas? Parecía que sus amigos se habían esfumado. No oía nada, ni siquiera una risita nerviosa o unos pasos. Sin embargo, notó una presencia muy cerca de ella que intensificó el frío que sentía en el cuerpo. Y sabía que no eran sus amigos.
– ¿Quién anda ahí?
La angustia se apoderó de ella. Sabía que algo malo estaba pasando. Ya no notaba la extraña presencia junto a ella, pero seguía helada de frío. Y seguía sin escuchar a sus amigos. Quería luz. Y entonces recordó que, aunque no tenía mechero ni linterna, se había traído el móvil. Sí, eso serviría. Hurgó a tientas en su mochila, pero el móvil no estaba allí. Palpó su cartera, las llaves, un espejo, pero no el maldito móvil.
– Joder, joder, JODER.
No lo soportaba más. Las lágrimas se deslizaban sobre sus mejillas y estropeaban su maquillaje. Le escocían los ojos. Respiraba entrecortadamente, intentando olvidar el frío y el miedo. ¿Qué estaba sucediendo? Estaba atrapada en la oscuridad. Y nadie parecía percatarse de sus sollozos. Pero, cuando creyó que todo estaba perdido, sus dedos acariciaron una superficie muy lisa. ¡La pantalla del móvil! Rezó que tuviera batería y que sus nervios le permitirían desbloquearlo.
– Oh, sí. ¡¡¡SÍ!!!

Luz. No demasiada, pero la suficiente. Estaba salvada. Apuntó con el móvil hacia sus amigos, esperando verles conteniendo la respiración y la risa por la broma que le estaban gastando. Pero no vio nada. No estaban allí.
– Cabrones…- murmuró Summer contrariada.
Sabía que sus amigos tenían sentido del humor, pero esta vez se habían pasado. No tenía gracia. Se sintió idiota por llorar y por haberse agobiado tanto. Le parecía increíble haber pasado tanto miedo por una broma pesada como esta después de haber visto tantas pelis de terror. Comenzó a ponerse en pie y su móvil alumbró más abajo, al suelo.
– …

Summer estaba petrificada. Sus amigos no se habían marchado. Al menos, no Alice. Su mejor amiga estaba allí, tumbada sobre el improvisado mantel, y allí había estado todo el tiempo. Sonreía. Tenía la mirada perdida (y vacía). Estaba muerta. Lo supo por el hilo de sangre que escapaba de su congelada sonrisa, de su última sonrisa. Movió el móvil un poco más, enfocando el cuerpo de su amiga. Su ropa estaba rasgada y bañada en sangre, sangre que seguía borboteando de su interior. Una vez más, movió su móvil. Rachel también yacía en el oscuro mantel, pero no sonreía. Sus ojos estaban cerrados y los párpados presentaban algunas salpicaduras de sangre. No enfocó el cuerpo, pues sabía lo que se encontraría. Giró su móvil. Ed y Dan, tumbados muy juntos, parecían mirarse. Pero sus ojos no tenían vida. Y otra vez más, movió su móvil. ¿Tendría fuerzas para soportalo? Oh, Bryan. Al igual que sus compañeros, estaba muerto. Su mirada era triste. Parecía resignado ante la muerte. Disfrazado de uno de los psicópatas más peligrosos, Hannibal Lecter, había sido él al que habían abierto en canal, al que le habían arrebatado la vida con una brutalidad inhumana. Inhumana… Sum giró el móvil una vez más, aunque sabía que al lado de Bryan no había nadie. ¿O sí?
– ¡NO!

No le importó la oscuridad. Se olvidó de sus fobias, del miedo y hasta del dolor por lo que acababa de ver. Sus amigos estaban muertos, habían muerto ante sus narices y no sabía cómo. Bueno, ahora sí. No sabía donde había caído su móvil ni si se había roto, pero no importaba. Summer corrió y corrió, intentando liberarse de ese frío, de esa angustia. El salón parecía interminable. No sabía si llegaría a la puerta, si podría escapar, si él no se cruzaría en su camino. No sabía absolutamente nada, solo que en toda su vida había corrido tanto como en ese momento. Ni siquiera cuando jugaba a las carreras de relevos en el patio ni cuando quería estar en primera fila en el concierto de Green Day del año pasado. Extendió los brazos hacia delante y, sin previo aviso, sus manos chocaron contra un muro. No, no era un muro, era el portón de aquella odiosa mansión. Empujó. El fulgor de las estrellas se coló por la pequeña apertura, que poco a poco se hizo más grande. Summer no miró atrás. Al menos, no hasta que hubo atravesado el tétrico jardín, que se le antojó absurdamente grande. Entonces sí que se atrevió a dedicar una última mirada a la casa, insultantemente silenciosa. Memorizó cada detalle de la fachada, cada arista, cada cristal roto, cada brizna de hierba. Quizá solo así podría borrar de su mente el rostro de Dick junto al cadáver de Bryan, sonriente, insolente, fantasmal. Aquel estúpido niño se había ensañado a gusto y se había divertido de lo lindo. Al fin y al cabo, él también nació un 31 de octubre.

– (Parte 1) ‘No soples mis velas en Halloween’

– (Parte 2) ‘No soples mis velas en Halloween’

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‘No soples mis velas en Halloween’ (Parte 2)

– Ya hemos llegado, Sum.
Alice estaba emocionada, era algo evidente en su voz. Se notaba que ella había sido la que se había encargado de todo, como todos los años. Le encantaba organizar fiestas y eventos, sobre todo para la que era una de sus mejores amigas. Summer sonrió. Era perfecto.
– Gracias, Alice. Gracias, chicos.
Y no pudo evitar mirarle. Bryan le devolvió la mirada y sonrió también. Todo estaba yendo como la seda.

La casa era enorme y presentaba un aspecto verdaderamente lúgubre. El tejado de pizarra azul estaba plagado de enredaderas que habían trepado por los grises y viejos muros. El paso del tiempo había roto los cristales de algunas de las ventanas, tras las que se podía entrever una tintineante luz.
– ¿Hay alguien?- preguntó Summer algo nerviosa.
– Espera y verás- respondió Rachel guiñándole un ojo.

Tras atravesar el ondulante sendero de piedra flanqueado por setos silvestres y hierbajos, Ed empujó el gran portón de madera, que se abrió lentamente emitiendo crujidos. El enorme salón estaba totalmente iluminado por decenas de velas de todos los tamaños y colores, que dejaban ver la elegante escalera de caracol de la mansión y los inquietantes retratos de los grandes cuadros. En el centro de la estancia estaba extendida una especie de mantel o sábana de color negro y grandes dimensiones, sobre el que descansaban vasos de plástico y algunas bolsas de patatas fritas y palomitas. Summer no podía creer lo que veía. ¡Le encantaba! Todo era tan tétrico y excitante… Sin duda, la mejor fiesta de cumpleaños de su vida.

Sentados alrededor del mantel, los amigos brindaron con cerveza y zumo de calabaza.
– ¡Por Summer! – entonó Alice alzando su vaso.
– ¡Por Summer!- coreó el resto mientras bebía.
– Gracias, chicos, de verdad. Me conocéis muy bien y ni os tengo que decir que me ha encantado la sorpresa. Jamás pensé que celebraría mi cumpleaños en una casa abandonada, en esta casa abandonada.
Y es que la propiedad en la que estaban tenía su historia y todo el pueblo la conocía. Nadie osaba acercarse mucho a los límites de la casa, pero Summer siempre había soñado con atravesar sus puertas y poder pasar un tiempo en uno de los lugares más emblemáticos y misteriosos de la zona. En los años 50, una humilde familia proveniente de Texas compró la propiedad, que había sido construida hacía apenas cinco años y su antiguo dueño, profesor de Matemáticas y escritor a partes iguales, se veía obligado a venderla por no poder seguir pagándola. La familia texana no podía creer en su suerte: había comprado una mansión maravillosa a un precio de risa. De hecho, decoraron la casa lo más suntuosamente que podían permitirse e, incluso, compraron en una subasta unos viejos cuadros de retratos de una antigua familia de aristócratas ingleses para otorgarle un aspecto más lujoso. Los primeros meses fueron maravillosos. El padre, Ronald Thomas, abrió una tienda de comestibles a las afueras del pueblo y el aspecto pintoresco del comercio atrajo a muchos clientes. Gina, la madre, se encargó de que la casa estuviera siempre perfecta y de que cada uno de sus recovecos brillara como el oro pulido. Y Dick, el pequeño de la casa, rápidamente se hizo muchos amigos en la escuela. Sin embargo, al cabo de unos seis meses, la suerte de la ilusionada familia comenzó a cambiar…

Todo ocurrió una tarde de otoño en la que el sol hacía compañía a un cielo blanquecino. Gina se había puesto su mejor vestido, el de color esmeralda, y también las perlas que le había regalado Ron en su décimo aniversario de boda. Había invitado a unas vecinas a tomar café y pastas, y tenía que estar perfecta. Acostumbrada a la dura vida campestre de Texas y a sus interminables y ardientes días en la granja, Gina no cambiaría su nuevo estilo de vida por nada del mundo. Era de esas personas a las que les encantaba aparentar, y ahora que tenía la oportunidad (una mansión enorme, melena de peluquería y trufas heladas en la nevera), no pensaba desaprovecharla. Tras repasarse los labios con su nueva barra color fresa, salió de su habitación para buscar al pequeño Dick.
– Dick, cariño, ahora quiero que bajes a saludar a las invitadas y después regreses a tu habitación a jugar. Y no me armes ningún escándalo, mi vida.
Al no obtener respuesta, la buena mujer fue hasta la habitación del niño, que seguramente estaría imaginando mil historias con sus muñecos de trapo y su tren de madera como cualquier otro niño de seis años. Al entrar en el dormitorio de paredes azules, Gina emitió el grito más desgarrador de su vida. Desde la colorida alfombra en forma de estrella, Dick observó a su madre con una macabra sonrisa salpicada de la sangre que fluía del cuerpo de una pequeña ardilla que yacía muerta sobre su regazo. Las manos de Dick, ensangrentadas, aún seguían escarbando en el cuerpo abierto y desgarrado del roedor. Gina no creía lo que estaba viendo, no podría creer que su adorado niño estuviera despedazando un animal con sus propias manos, unas manos diminutas que acostumbraban a mancharse de chocolate o ceras de colores y no de espesa y oscura sangre. Pero no tuvo más tiempo para pensar ni para entender qué habían hecho mal ella y Ronald al educar al pequeño. Solo él, Dick, supo cuáles fueron las últimas palabras de su madre.

La encontraron muerta, con la boca desencajada y los ojos claros abiertos de par en par, tendida sobre la infantil alfombra junto a la ardilla destripada. Su vestido verde se había teñido en algunas partes de color escarlata. Esta horrible escena era obra, nada más y nada menos, que de Dick, que se había precipitado por la ventana tras matar a su madre, pereciendo en el acto. Ni la policía ni nadie en absoluto sabía cómo un inocente niño de seis años había conseguido rasgar la piel de su madre y del pobre animal con sus pequeñas y suaves manos. Cuando Ronald recibió la llamada de los agentes policiales, que le pidieron que acudiera a su domicilio inmediatamente, jamás se imaginó que su mujer y su hijo estarían muertos. Sus gritos y sollozos se escucharon en toda la calle. El hombre quedó tan traumatizado que, apenas un mes después de la tragedia, lo encontraron colgado de su corbata en la lámpara de su tienda, mientras el letrero de “Closed” continuaba balanceándose como intentando lanzar un aviso a los que caminaban de forma apresurada y distraída ante el acristalado comercio.

– (Parte 1) ‘No soples mis velas en Halloween’

– (Parte 3) ‘No soples mis velas en Halloween’

‘No soples mis velas en Halloween’ (Parte 1)

Es curioso que una chica obsesionada con Halloween se llamara Summer. Era un nombre demasiado cursi, demasiado alegre, demasiado color pastel. Pero todos los que la conocían sabían que nada tenía que ver con su personalidad. No es que fuera una emo ni nada de eso, pero sí era una chica un poco siniestra. No, no solo era porque escuchara heavy metal, pues eso era algo que tenía en común con muchos adolescentes de Sparks Town, ni porque llevara pintas extrañas (de hecho, su pelo era “normal”, castaño oscuro, y no se pintaba las uñas de negro ni vestía con túnicas o corsés). Simplemente, Summer sentía debilidad por los libros de terror, por las leyendas urbanas y por las criaturas sobrenaturales. Ah, y por Halloween, tenebrosa celebración que coincidía exactamente con su cumpleaños. De hecho, le encantaba celebrar su nueva edad con un maratón de pelis de terror con sus amigos o invocando a los espíritus a través de la ouija. Lo que no se esperaba es que lo mejor llegaría cuando cumpliera los 19 años…

– Venga, Sum, anímate. Lo vamos a pasar bien y es Halloween. Y es tu cumpleaños.
– Ya lo sé, Alice, pero no te miento cuando te digo que no me encuentro muy bien. Sigo algo resfriada todavía.
– Joder, Summer, no seas gallina. Esta noche vamos a ir a recogerte quieras o no, así que prepara tu mejor disfraz y tu sonrisa más arrebatadora. Porque va Bryan, no sé si lo sabes.
– ¿Bryan? ¿No estaba en Alaska con sus padres?
– Sí, pero ya ha vuelto. Por Halloween. Por tu cumpleaños, tonta. ¿Vas a desaprovechar esta oportunidad?
Summer se mordió el labio inferior mientras jugaba con el cable del teléfono. Sí, todavía usaba un teléfono “antiguo”, de esos que tienen cables y carecen de pantalla. Tras observar sus calcetines de Jack Skellington durante cinco segundos, carraspeó y con voz firme pero divertida dijo:
– Pues claro que iré, Alice. Si sobreviví a diez picaduras de abeja cuando tenía 6 años, ¿qué puede fallar ahora?

Después de muchos retoques, por fin estaba lista. Dios, estaba increíble. No es que se sintiera precisamente sexy, pero Summer pensaba que Halloween no era una festividad para vestirse de vampiresa porno o de brujita juguetona. Había que dar miedo. Y ella, con su melena alborotada y encrespada, con los jirones de piel (de silicona) cayéndose de su rostro y con sus ojos inyectados en sangre, lo inspiraba. Tras dar gracias a Youtube por los fantásticos tutoriales de maquillaje y caracterización que había encontrado, cogió las llaves y salió a la calle. Pensó que sus amigos no tardarían demasiado, y no se equivocó. En apenas dos minutos, vislumbró cinco sombras difusas al final de la calle. A medida que se acercaban, los reconoció a todos, a pesar de los disfraces. Estaba Alice, por supuesto, perfecta de muñeca diabólica con sus dos trenzas rojizas, su corta estatura y su vestido ensangrentado. Los gemelos Ed y Dan no se habían esmerado demasiado: Ed se había cubierto de papel higiénico en un intento de momia y Dan había pringado de gomina su ya de por sí grasiento pelo color trigo, peinado que acompañado de una capa roja demasiado corta y unos colmillos de plástico, le daban el aspecto del vampiro menos terrorífico del mundo. Rachel, sin embargo, estaba increíble con su disfraz de novia cadáver de Tim Burton, sobre todo porque tenía unos ojos enormes y aspecto frágil como la protagonista de la película. Y por último estaba él, Bryan. Sus ojos azules brillaban desde lejos y eran tan dulces que su máscara de Hannibal Lecter parecía menos macabra. Summer sonrió y él le devolvió la sonrisa, haciendo que se sintiera la zombie más dichosa del mundo.

Tras las felicitaciones y los abrazos, el grupo de amigos empezó a caminar por las empedradas calles de Sparks Town. Casi todas las casas estaban decoradas con telarañas de algodón, gatos negros petrificados y siniestros espantapájaros, recibiendo a grupos de niños (y no tan niños) que buscaban llenar sus coloridas bolsas de dulces y chocolatinas. Summer miró la escena con nostalgia, sintiendo que sus recién estrenados 19 años le pesaban más que nunca. Aun así, aunque ya no tuviera edad para asustar al vecindario e hincharse a caramelos, se lo estaba pasando bien. No sabía adónde le llevaban sus amigos, que se miraban entre sí y compartían risitas cómplices. Sentía un cosquilleo en el estómago y se moría de ganas por descubrir la sorpresa que le habían preparado. Lo que nunca se imaginó, es que llegaría a arrepentirse de sus deseos…

– (Parte 2) ‘No soples mis velas en Halloween’

– (Parte 3) ‘No soples mis velas en Halloween’

¿Te atreverías a estar dentro de una película de terror?

“Mira detrás de ti. ¡¡Detrás de ti!! Pero corre. Corre. ¡¡¡CORRE!!!”

Ver una película de terror es toda una experiencia, al menos para mí, que me adentro tanto en las historias que acabo gritando a la tele como si los personajes de la peli pudieran escuchar mis advertencias. “Bah, si estuviera yo allí, no me entretendría tanto y salía corriendo rápidamente. O me subiría al coche. Y bajo ningún concepto subiría a la planta de arriba, porque así el asesino te atrapa seguro”. Seguramente no sea la única que muchas veces se ha puesto en la piel de los personajes, que se ha imaginado en esa situación, que ha mediodeseado estar dentro de la película. Me gusta imaginar qué haría yo si estuviera en el lugar de los protagonistas, cómo escaparía de los psicópatas y monstruos y si conseguiría sobrevivir o no. Y, por suerte o por desgracia, ahora podría cumplir este oscuro sueño…

En San Diego (California) se encuentra la casa del terror “más extrema” del mundo, McKamey Manor. De hecho, es tan escalofriante que nadie ha conseguido completar su recorrido, que puede durar hasta 7 horas, y que comprende toda clase de desagradables escenarios. No, no pienses que es como el Caserón del Terror del Parque de Atracciones de Madrid en el que los “monstruos” de la casa no te pueden tocar (supuestamente), pues a los actores de la atracción californiana no solo les está permitido tocar a los asistentes, sino introducirles en bañeras llenas de sangre, amordazarles y hasta darles de comer asquerosos y pestilentes platos.

A pesar del horror que experimenta todo aquel que se atreve a entrar, la lista de espera para probar esta terrorífica experiencia es de 24.000 personas, un número que crece ahora que Halloween está tan cerca. Siendo sincera conmigo misma y a pesar de que me guste todo lo relacionado con el terror, no sé si me atrevería a entrar (y si lo hiciera, no creo que durara más de 10 minutos). Sin embargo, si sois más valientes que yo, tenéis más de 21 años, andáis bien de salud y estáis cerca de San Diego, esta es vuestra oportunidad para vivir una película de terror… desde dentro. ¡Ah! Y lo mejor de todo es que entrar es gratis, así que no podéis poner de excusa vuestras carteras vacías. Si alguno probáis algún día esta experiencia, os ruego que me lo contéis todo con detalle. Y no vale haceros los valientes, porque cada vez que McKamey Manor abre sus puertas (solo se permiten dos personas por visita), se filma todo el recorrido, por lo que os podré ver implorando que os saquen de allí, como hacen muchas de las personas del vídeo que os adjunto a continuación (y que no recomiendo ver si acabáis de comer algo).

El Drácula del siglo XXI

Cuando me enteré de que en 2014 se iba a estrenar una nueva película sobre Drácula, experimenté dos sentimientos contradictorios: euforia y miedo. Euforia porque me encanta el personaje de Drácula y miedo porque esta nueva producción mancillara la icónica novela de Bram Stoker. Reconozco que he acudido al cine con una mezcla de nervios y emoción contenida, con unas mariposas en el estómago que revoloteaban de forma algo caótica. Pero, para gran sorpresa y alegría, ‘Drácula, la leyenda jamás contada’ no me ha decepcionado en absoluto.

dracula la leyenda jamás contada

He de advertir a todo el que espere ver colmillos ensangrentados que de eso verá poco en esta película. Lo hay, sí, pero en cantidades dosificadas. Y es que esta apuesta del director Gary Shore no es una clásica historia de vampiros, sino una biografía algo alterada por la fantasía del personaje que inspiró al conde Drácula de Stoker, Vlad Tepes, príncipe de Rumanía y alias “El Empalador”. En concreto, narra cómo este ya de por sí tétrico personaje que dejó extasiado a Stoker se convirtió en el temible vampiro que todos conocemos en la cultura popular.

Los 92 minutos de película se hacen cortos y las escenas de acción están aseguradas en todo momento. Eso no quiere decir que no haya espacio para escenas más pausadas e incluso para historias de amor (la de Drácula con su bella esposa Mirena y la de amor paternal con su querido y único hijo). El largometraje ofrece un detallado perfil sobre Drácula y nos regala escenas muy impactantes sobre su transformación en vampiro y sobre su lucha por su reino y su familia. Además, los paisajes de algunas escenas son impresionantes y tétricamente bellos, ayudando al espectador a introducirse en esta historia de guerras, traiciones, poder y leyendas.

La que ha liado Drácula en un momento...

                 La que ha liado Drácula en un momento…                                               

Lo más interesante de la cinta es, sin duda alguna, el peculiar retrato sobre Drácula al que asistimos. Un más que genial Luke Evans (‘El Hobbit’) sorprende con una nueva versión de Drácula: joven, apuesto, vigoroso y sentimental. Pero no os asustéis, no quiero decir que esta película se haya inspirado en Edward Cullen para esbozar un Drácula moñas, sino que nos muestra el otro lado de este temible personaje, su cara más personal y familiar, muy distinta a su actitud en el campo de batalla bañado con la sangre de sus cientos de víctimas.
dracula and mirena
Os recomiendo que le deis una oportunidad a esta arriesgada producción y os aseguro que tras ver su final, que sorprende, os quedaréis con ganas de conocer más a este Drácula del siglo XXI.

Así eres según tu peli favorita de Tim Burton

Cuando Tim Burton era un niño inadptado, nunca se imaginó que en el futuro su excentricidad le convertiría en uno de los directores más exitosos del cine. Sus producciones son aclamadas por millones de fans, que adoran al singular californiano por muchas razones y consideran arte todo lo que hace. Si tú eres uno de los enamorados del cine de Burton, seguro que tienes una película burtoniana favorita. Es difícil, pero seguramente te decantes por alguna. Y eso, querido amigo, puede decir mucho de ti…

– ‘Eduardo Manostijeras’: el incomprendido
edward scissorhands

Es posiblemente la primera película que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en el cine de Tim Burton, todo un icono de la década de los 90 que llevó a Johnny Depp a lo más alto. Si adoras esta película, posiblemente una de las razones sea que te identifiques con el protagonista, Edward (Eduardo) y, por tanto, con el propio Tim Burton. Y es que el director plasma en este personaje la incomprensión y el rechazó que sufrió en su juventud por el simple hecho de ser diferente. Tú te sientes de forma parecida y crees que el mundo es un lugar inhóspito en el que es difícil integrarse y en el que no hay lugar para las personas buenas y generosas como Eduardo por culpa de la intolerancia de las personas. Comprendes al desdichado Eduardo mejor que nadie y tu sí que te dejarías abrazar por él (teniendo cuidado con sus cuchillas, claro está).

– ‘James y el melocotón gigante’: el nostálgico
james
Te resistes a crecer y no hay día en que no añores tu infancia, el aroma de la comida de tu abuela y las peleas de plastilina en el colegio. Por eso, te puedes pasar horas viendo películas infantiles, que en muchas ocasiones te enseñan más sobre la vida que producciones “adultas”. Con ‘James y el melocotón gigante’ consigues olvidarte por un momento de que ya eres mayor y tienes preocupaciones y responsabilidades y creer que todo es posible a bordo de una fruta de grandes dimensiones y acompañado de amigos tan dispares como un saltamontes listillo y una sensual araña.

 ‘La novia cadáver’: el romántico
la novia cadaver
Si Tim Burton te ha robado el corazón con esta película, no cabe duda de que eres un romántico empedernido. Te encantan los romances complicados, los personajes que luchan por la persona amada y la pasión a raudales. ¿Y qué mejor manera de vivir el amor que en el universo tenebroso y mágico del director más excéntrico? Seguro que algún día protagonizas una increíble historia de amor (si es que no la tienes ya), aunque es mejor que tu alma gemela no esté bajo tierra…

 ‘Batman’: el heroico
batman tim burton
Algunas de las películas de la saga del superhéroe más elegante de Gotham City han sido dirigidas por el mismísimo Burton, algo fácilmente identificable por la estética de las producciones. Si lo tuyo es sobrevolar el cielo ataviado con una capa oscura y si para ti no hay mejor Joker que el Jack Nicholson que trabajó a las órdenes de Burton, eres un héroe (o heroína) en toda regla. Eres una persona valiente a la que le gusta pasar a la acción directamente y, aunque en general eres modesto, también te gusta que te reconozcan el mérito y que alimenten un poquito tu ego de héroe.

 ‘Pesadilla antes de Navidad’: el rarito
pesadilla antes de navidad
Admítelo: eres un poco rarito. Eres diferente y estás orgulloso de ello, y no sientes reparo alguno en llevar el rostro de Jack Skellington estampado en carpetas, cuadernos, gorros y camisetas. Adoras lo estrambótico y por eso para ti no hay mezcla más perfecta que la de la blanca y dulce Navidad con el terrorífico Halloween, como sucede en la que es una de las películas más conocidas de Tim Burton. Raro es que no tengas esta canción de tono de llamada del móvil…

 ‘Big Fish’: el sensible
big fish
No cabe duda de que el drama y las grandes historias son lo tuyo. Te gustan los personajes complejos, porque tú eres así, y empatizas rápidamente con las personas. Por eso, en ‘Big Fish’ vives y sufres todo lo que le sucede al protagonista, Edward Bloom, como si te estuviera ocurriendo a ti mismo. Y si hay que derramar alguna lagrimita, lo haces sin despeinarte ni un pelo.

 ‘Frankenweenie’: el animal lover
FRANKENWEENIE

Eres de los que en las pelis lloras más por los animales que por las personas, y eso es algo que tienes que reconocer. Por eso, en ‘Frankenweenie’ te vuelves loco cada vez que el entrañable perrito de Victor, Sparky, revive para hacer feliz a su dueño. Te encantan estas historias de chico conoce perro y los fuertes lazos que se crean entre las mascotas y sus dueños. De hecho, es probable que no te cases nunca y que te compres un piso en el que vivas rodeado de gatos, perros o peces de colores.

 ‘Sleepy Hollow’: el tenebroso
sleepy hollow
Los habitantes de un recóndito y macabro pueblo viven atemorizados por un terrorífico jinete que, a falta de una cabeza, tiene muchas agallas para asesinar a sangre fría a todo el que se le cruce por delante. Este tipo de historias te apasionan porque eres un amante del misterio y del terror, y porque para ti no hay nada mejor que un buen crimen sin resolver. Será mejor no toparse contigo cuando estés enfadado…

 ‘Alicia en el País de las Maravillas’: el creativo
alice in wonderland tim burton
Da igual de qué te estén hablando, siempre tienes la mente en otro sitio. Hay pocas personas con tanta imaginación como tú y aprovechas las horas sentado en clase o en el váter para construir en tu cerebro nuevos mundos llenos de fantasía, magia y un poco de oscuridad. Aunque te gustan las buenas historias, para ti la fotografía de las películas es más importante que el propio argumento y podrías pasarte horas admirando los increíbles paisajes de ‘Alicia en el País de las Maravillas’ o de ‘Charlie y la fábrica de chocolate’. Sigue siendo tal como eres, aunque baja de vez en cuando de las nubes, ¿eh?

5 razones para no perderte ‘Bates Motel’

La sofisticada Marion Crane se desprende de su bata de seda. La superficie del plato de ducha tiene un tacto gélido. Antes de dejar que el agua se deslice entre su corta y rizada melena, abre un paquete de tamaño mediano que contiene una pastilla de jabón nueva. Comienza la ducha y, de repente…

Tanto los que hayáis visto ‘Psicosis’ como los que no, seguro que conocéis la escena. El inimitable Alfred Hitchcock dirigió en 1960 la película ‘Psicosis’, basada en la novela homónima de Robert Bloch. La icónica película consiguió cuatro nominaciones en los Óscars y se convirtió en todo un referente del cine de suspense y de terror. Son muchos los fans que la consideran una obra de culto, sobre todo por su protagonista, Norman Bates (Anthony Perkins). Seis décadas después, nació ‘Bates Motel’, serie a modo de precuela de la película que se centra precisamente en el personaje de Norman y en el de su madre, Norma, a la que estaba muy unido. La serie retrocede hasta el momento en el que Norma y su solitario hijo se mudan a White Pine Bay (esto es una licencia que se toman los creadores de la serie, ya que en la película el pueblo en cuestión es Fairvale, en California), un siniestro pueblucho donde compran un hotel: sí, me refiero a la famosísima posada Bates Motel.

Bates Motel

Aunque ya había oído hablar de esta serie, ha sido hace bien poco cuando me enganché a ella. Y creo que si os gusta el suspense y las buenas historias, a vosotros también os sucederá. Aquí tenéis unas buenas razones para que le deis una oportunidad:

1- Algo que deriva de ‘Psicosis’ mola sí o sí
Pensadlo. ‘Psicosis’ es una de las películas más famosas de Hitchcock (quizá incluso más que ‘Los pájaros’) y una de las mejores películas de la Historia del cine. Por tanto, cualquier cosa relacionada con ella, merece la pena. Bueno, siempre que ese producto esté bien hecho, pero os aseguro que ‘Bates Motel’ lo está. Después de ver ‘Psicosis’, te quedas un poco perplejo (tranquilos, no voy a hacer spoilers del final ni nada parecido), quieres saber más sobre el atrayente personaje de Norman. Y también de su madre, la única mujer a la que ha querido de verdad. Por eso, es extraordinario que la serie ‘Bates Motel’ retroceda unos cuantos años a la trama de ‘Psicosis’ y nos ayude a comprender mejor a los personajes de la película, a regalarnos la pieza que nos falta para completar la historia. ¿A qué esperáis? Eso sí, antes de ver ‘Bates Motel’, hay que ver ‘Psicosis’. Sí, claro que puedes ver primero la serie porque además es una precuela, pero te perderás muchos detalles interesantes. Además, ¡‘Psicosis’ es una obra maestra! Así que engancharse a ‘Bates Motel’ es la excusa perfecta para ver ‘Psicosis’, si es que no lo has hecho ya…

2- El tándem Norman-Norma (sobre todo Norma)
Hay hijos “enmadrados” y luego está Norman Bates. Eso es algo que quedó muy claro en ‘Psicosis’ y que se representa con mucho más detalle en ‘Bates Motel’. Como ya he dicho, la serie se centra en estos dos personajes y en su intensa relación madre-hijo, una relación que a veces puede llegar a ser tóxica. Pero, ¿quién intoxica a quién? Sea como sea, merece la pena adentrarse en las profundidades de esta estrecha unión y en ambos personajes y comprobar si los contratiempos de la vida (y de la locura) dañan los cimientos de este amor. Y, si me tengo que quedar con uno de los dos, elijo a Norma. Lo mejor de ella es que a veces crees que es una bruja controladora y en otros capítulos te entran ganas de abrazarla cual osito de peluche y protegerla de los malvados que quieren interrumpir su paz. Además, me gustan las series que están protagonizadas o co-protagonizadas por mujeres, sobre todo cuando sus personajes son interesantes. Y, en el caso de Norma, lo es. Bueno, y la genial interpretación de Vera Farmiga (‘Up in the air!’) también influye.

Norma, ¿la madre perfecta?

Norma: ¿la madre perfecta?

3- Ambientación: los smartphones sesenteros
Sin duda alguna, lo que más me ha sorprendido de ‘Bates Motel’ es su ambientación. Se supone que una serie basada en la adolescencia de Norman Bates debería estar ambientada entre los años 40 y 60, pero los productores decidieron situarla en la actualidad, en pleno siglo XXI. Y, sorprendentemente, les salió bien. Por eso, no es de extrañar ver a Norman enviando un whatsapp o a Norma utilizando un moderno secador de pelo. Pero el toque original es que a veces se incluyen en la serie elementos propios de los años 50, sobre todo en la casa y entorno más cercano de Norman y su madre. Por ejemplo, Norman es un fanático de las películas antiguas en blanco y negro y Norma suele vestir con un estilo retro, más propio de los años anteriores a ‘Psicosis’, además de conducir Mercedes W111 también clásico. Esto es una forma de construir un nexo entre la actualidad y la época real en la que tuvieron lugar los hechos.

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    Los coches clásicos de Norma y Emma, un guiño a los años 60

4- “¿Ya se ha acabado el capítulo?” 
Muchos definen a Hitchcock como “el maestro del suspense”, algo que plasmó tanto en sus relatos como en sus películas y que han sabido adoptar en la moderna ‘Bates Motel’. Además de que los capítulos no son muy largos (de 45 a 50 minutos como máximo), es una serie con ritmo que sabe cómo combinar escenas más pausadas y en las que la personalidad de los personajes son lo más importante con otras mucho más dinámicas y cargadas de tensión.

5- All you need is love
Aunque el suspense, la locura y los sucesos inexplicables son los protagonistas de ‘Bates Motel’, tampoco podía faltar un toque de amor. Para empezar, el tímido y misterioso Norman da sus primeros pasos en materia amorosa de la mano de Bradley (¿Sabéis la típica rubia, guapa y pija a la que quieres odiar? Pues esa.) y Emma (una dulce aunque apasionada joven a la que el cáncer que le va asfixiando no le impide interesarse por los secretos que esconde White Pine Bay y sus recelosos habitantes). Pero Norma tampoco pierde el tiempo y utiliza sus más que evidentes armas de seducción en más de una ocasión.

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Venga, que ya tenéis plan para esos domingos lluviosos y aburridos en los que sentís que el mundo os tiene manía. Y además os gustará y daréis gracias a Hitchcock por empezarlo todo.

Muñecos rotos

Danny. ¿Cómo olvidarse de él? Sus facciones perfectas y sus ojos color celeste le hacían parecerse a Paul Newman en ‘El buscavidas’. Tenía carisma, gracia y estilo. Poseía ese tipo de magnetismo propio de las estrellas de cine y de personas triunfadoras. Siempre vestía impecable: Dockers en tonos tierra, camisas de seda y sencillas corbatas perfectamente anudadas. De vez en cuando, completaba su apariencia de rompecorazones elegante con un fino cigarrillo que descansaba en su sonrisa irónica y divertida. Pero lo cierto es que lo mejor de él era que siempre sabía que decir. Nunca se quedaba callado ni titubeaba ni enrojecía. Su suave voz dibujaba palabras con firmeza y decisión. Su poder de convicción era considerable. Su encanto, innato.

George. Un británico absorbido por las calles de Nueva York. Un gentleman de los de antes, un amante de los de ahora. Su cabello color azabache siempre lucía los peinados más cuidados y modernos. Sentía predilección por los jerséis y los mocasines. No podía salir de casa sin perfume y sin su gabardina estilo Sherlock Holmes. Amaba el arte y el cine. Sus modales eran propios de la aristocracia. Era un joven único, distinguido y atrevido a partes iguales.

Dylan. Su habitación estaba plagada de pósters de Tony Hawk. Tenía dos grandes tesoros: su perrita Nancy y su tabla de skate. Le encantaban las sudaderas grises, que hacían juego con sus ojos. No le gustaba el café, pero tampoco el té: prefería un buen vaso de leche con galletas o cereales de maíz. Solía recorrer la ciudad sobre su tabla o en bicicleta, sintiendo los rayos del sol sobre su desgastada gorra. Era reservado, aunque gracioso y divertido cuando tenía que serlo.

PierreEl canadiense más caradura del planeta. Guitarrista en una banda de punk-rock. Ojos azules, cejas espesas y Converse desgastadas. Era capaz de engatusar a cualquiera con sus chistes malos y tocando un par de acordes en su vieja Fender Stratocaster. Se sentía invencible cada vez que veía su película favorita: ‘Regreso al futuro’.

Scott. Siempre había sido un empollón con clase. Su hábitat natural era la biblioteca, aunque también solía pasear con su dálmata Tom, sobre todo en otoño. Tenía la sonrisa más dulce de toda la ciudad y sus ojos almendrados e inocentes también ayudaban. Era el compañero perfecto para pasar una tarde agradable y tranquila. Aunque por su aspecto no lo pareciera, su estilo musical favorito era el heavy metal.

Nombres, nombres sin más sentido ni contexto. Sarah no quería entretenerse demasiado en su paseo diario por sus recuerdos, algunos cercanos y otros no tanto. Con cada uno de esos chicos maravillosos y tenebrosos a partes iguales, había vivido momentos extraordinarios. Todos eran muy diferentes entre sí, pero tenían en común un carácter especial, un poder de atracción implícito, una energía viva y sensual. Sin embargo, la vida se empeñaba en que las cosas no le salieran bien. Con Danny, por ejemplo, todo iba viento en popa: se conocieron en el estreno de una famosa obra de teatro y, desde ese momento, no se separaron. La tensión sexual entre ambos era evidente, pero supieron controlarse como buenos semiadultos de veinte años que eran. Pero Sarah acabó aburrida de los calculados gestos de él, de sus americanas siempre pulcras e impecables, de su dentadura de spot televisivo. Apenas un año más tarde, llegó George. Había abandonado tierra británica para cruzar el océano y matricularse en un caro curso sobre diseño en Nueva York. La primera vez que se vieron estaban en la calle, frente al admirado escaparate de Prada. En cuanto se miraron, supieron que vivirían meses de auténtica pasión e interesantes conversaciones a la luz de las velas u observando el cielo nocturno y misterioso. Sin embargo, Sarah quería probar algo nuevo y lo encontró en los brazos tatuados de Dylan, con el que aprendió a hacer pompas de chicle y a hacer skate -en nivel muy principiante, todo hay que decirlo-. Pero al asistir a un concierto de un grupo de rockeros desconocidos pero con ganas de devorar el escenario -y el mundo-, Sarah cayó en las redes de Pierre, el guitarrista con los hoyuelos más deseados de todo el país. Si no fuera porque casi no podía aguantar el ritmo de “sexo, drogas y rock and roll” que el joven le ofrecía, se habría quedado con él para siempre. Pero lo que ella necesitaba era estabilidad y la encontró en Scott, un simpático estudiante de Ingeniería Aeronáutica que parecía no haber roto un plato en su vida. Pero ni los besos ni las caricias de ninguno de estos muchachos enamorados de las mismas curvas femeninas consiguieron que se centrara y volviera a creer en la magia del destino. Al menos, hasta que llegó él.

Patrick. Tenía una cabellera envidiable, un pelo sedoso y oscuro, casi tan suave como su aterciopelada piel. Sus ojos eran tan verdes que recordaban a los prados irlandeses de los que procedía parte de su familia, aunque él nació y se crió en Chicago y finalmente se fue a vivir a Nueva York para hacer realidad sus sueños. Tenía muchos sueños, pero uno de ellos era encontrar a una mujer delicada pero fuerte, elegante pero sexy, bonachona pero con carácter. Y el rostro ovalado de Sarah apareció como por arte de magia, como por un milagro obrado por el caprichoso destino. Esta vez, Sarah sentía que merecía la pena pasar la noche en una cama ajena si pertenecía a un tipo como Patrick. Con él, se sentía una persona más activa y feliz. No solo podía desnudar sus sentimientos en su presencia, sino que se reía mucho con sus ocurrencias y con la forma en la que se le iluminaban los ojos cada vez que contaba una anécdota.

Sarah. Desde que era una niña, pensó que lo peligroso era muy tentador. Leía historias de vampiros desde los cinco años y su sueño era convertirse en una detective profesional. Aunque no pudo cumplir sus deseos, Sarah había alcanzado otra de sus metas: encontrar su alma gemela. Porque era evidente que Patrick era su alma gemela. Disfrutaba hablando con él y hasta cuando discutían, siempre de forma muy acalorada, tan acalorada como sus ardientes reconciliaciones. Ese ventoso día de octubre, Sarah se repasó los labios con la barra color granate. Dejó que sus ojos marinos atravesaran el cristal del ascensor mientras daba gracias de nuevo porque Patrick, el bueno de Patrick, se hubiera cruzado en su camino. Y ya no solo era porque se sentía muy a gusto a su lado y porque le encantaba que el aroma de su perfume impregnara su ropa, sino porque ya estaba cansada. Estaba cansada de los otros chicos, de los otros nombres. Estaba cansada de sus manías y de sus risas, siempre algo escandalosas. Pero, sobre todo, estaba cansada de mancharse las manos de sangre. Y es que, hasta una buena y bonita señorita americana como ella, sabía cuándo y cómo tenía que deshacerse de lo que ya no le convenía. Sin dudas, sin vacilación. Sin miedo, sin temor. Con valentía, con decisión. Con destreza en armas blancas y con poco corazón.