La música nunca está demasiado alta

No es que le gustara mucho pintarse las uñas de negro, pero creía que le daban un toque siniestro y misterioso. Se recogió la lisa melena oscura en una coleta alta y oscureció sus párpados con una sombra de ojos muy densa. Ya estaba lista. En el autobús no se sentó a pesar de que había sitios disponibles, sino que permaneció sujetándose a la barandilla con la mirada grisácea perdida en las borrosas señales de tráfico. No era demasiado tarde, pero los días de invierno de Madrid se caracterizaban por saludar muy pronto a la oscuridad de la noche. La sala no estaba lejos de la parada, por lo que caminó con la mirada fija en sus botas negras que más que andar, se deslizaban sobre la desgastada acera. Tras mostrarle al puerta su tatuaje en forma de cruz gótica, entró sin problemas en el local. El ambiente estaba cargado y reinaba una mezcla de olores entre cerveza, orina y rock, mucho rock. Llevaba muchos años amando ese estilo musical y sabía que tenía un olor propio, así como un sabor parecido al de la guindilla y el chocolate negro fundido. En ese momento, el sentido que más sufría era el del oído, pues la música estaba demasiado alta y le perforaba los tímpanos. Bueno, en realidad, la música nunca está demasiado alta. Sin pensarlo demasiado, se zambulló entre la muchedumbre, acercándose a las primeras filas del concierto. En el destartalado escenario estaba él, tocando el bajo con pasión, casi con furia. Su gesto denotaba concentración y fiereza y sus ojos azules permanecían entre cerrados, como tallando la melodía en su interior. Normalmente, las chicas suelen fijarse en el cantante de los grupos de rock. Bueno, el guitarrista también llama bastante la atención, sobre todo si lleva un peinado llamativo y tiene una sonrisa de infarto. Incluso el batería tiene su toque enigmático. Pero, ¿quién se fija en el que toca el bajo? Si hasta hay gente que confunde el instrumento con una guitarra… Sin embargo, ella solo tenía ojos para él y su bajo color morado. No sabía si la veía (probablemente no, pues estaba absorto en la estruendosa canción), pero no le importaba. Se conformaba con mirarle desde la distancia, rodeada de barbudos tatuados y mujeres embutidas en ajustadas chupas de cuero que la empujaban en una especie de pogo infernal. La música era hipnótica, magnética. Sintió una euforia desbordante recorriendo cada poro de su pálida piel. Sintió una oleada de calor en el pecho, unas infatigables ansias de saltar y gritar. El volumen de la música ascendía y su cuerpo temblaba a causa de ello y de una intensa emoción, una emoción que provocaba que unas finas lágrimas teñidas de rimmel se deslizaran por sus mejillas. Sonrió, sintiendo el salado sabor de su llanto en la comisura de sus labios. Si existía el paraíso, era ese pequeño antro. Un paraíso infernal. Perdida en los potentes golpes de las batutas sobre los platillos, sintió una fuerte sacudida en todo su cuerpo. Al principio pensó que había llegado al éxtasis, que había alcanzado el nirvana. Pero cuando sintió la calidez de la sangre brotando de su costado y empapando su camiseta de Slipknot, cambió de opinión. La punzada de terror fue más fuerte que el propio dolor. No hizo falta que se girara, el gélido aliento de su agresor recorría su nuca y su cuello desnudo. El cuchillo se hundió más en su piel, haciéndola sentir un extraño cosquilleo. Intentó gritar, pero apenas salió de su boca un ininteligible hilo de voz. Nadie miraba, nadie prestaba atención. Todos dirigían la vista al escenario, a la potente guitarra, a la imponente batería, al atractivo cantante e, incluso, al reluciente bajo. Todos bailaban, cantaba, saltaban y gritaban. Parecía una especie de rito satánico. Gritó de nuevo, esta vez más fuerte, con más firmeza, pero obtuvo el mismo resultado. El cuchillo se hundió más en sus temblorosas carnes y casi pudo sentir la sonrisa del misterioso asesino sobre su pelo. De repente, movimiento rítmicos. El cuchillo salía de la herida y se hundía en otro lugar de su costado o de su espalda. Con cada puñalada, ella gritaba más, escupiendo intermitentes chorros de una sangre más oscura que su alma. Como toda respuesta, los instrumentos parecían sonar más fuerte y los gritos de la gente retumbaban en las desconchadas paredes cubiertas de posters de grupos de punk y rock. Conociendo su terrible final, ella recorrió la sala con un vistazo panorámico, reteniendo algunos detalles como las expresiones faciales casi pornográficas de los asistentes. Después, miró al escenario. Allí estaba de él, en aquel coito musical con su instrumento. Y, justo cuando la última puñalada perforaba su alma, él la miró. Sus penetrantes ojos se clavaron en ella, en aquella chica con la cara empapada de lágrimas y con la boca bañada en sangre. O, al menos, eso pensó ella antes de morir.

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“Nepenthe”, una renovación del género de terror

Leer sirve para muchas cosas: para llorar, para reír o, simplemente, para pasar el rato. Pero, sin duda, también sirve para vivir al límite. Sí, seguro que os ha pasado con algún libro: a medida que avanzabais sus páginas y capítulos, os sentíais totalmente parte de la historia y sufríais en vuestras propias carnes todo lo que le sucedía a los personajes. Si queréis vivir de nuevo ese tipo de sensaciones, os recomiendo un libro de terror que he leído recientemente: Nepenthe. Y es que así es como definiría mi última lectura: otra forma de vivir al límite. Os contaré un poquito más…

Apocalipsis. Muerte. Sueño. Pavor. Vida. Placer. Oscuridad. Desesperación. Celos. Maldad. Sangre fría. Eva.

Creo que este puede ser mi resumen más exacto. No quiero spoilearos absolutamente nada, solo os diré que no se trata de la típica historia del fin del mundo. Más bien es una alegoría a la vida y a la muerte, una historia de personas que se cruzan en un mundo que huele a miedo. Y, además, made in Spain. La culpable de todo es Nieves Mories, una escritora abulense que regala a los internautas pildoritas de terror y lírica en su blog Cien gramos de Soma. Os puedo asegurar que también nos regala una gran novela, más de 300 páginas de pura tensión que traspasa las el papel y hace sentir. Sobre todo hace sentir.

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En mi opinión, el principal punto fuerte de la obra son los personajes. Son complejos y muy distintos entre ellos. Se nota que su creación ha sido pausada y cuidada, trabajando cada detalle de sus enrevesadas personalidades y vidas. La propia Nieves admite que “son lo más importante de Nepenthe, no la trama, ni la situación. Intenté escribir una novela de personas llevadas al límite, fuera físico o mental.” Bueno, pues lo ha conseguido. O, al menos, los personajes consiguen llevar al límite al lector, capaz de sentir esa tensión existente en todo momento, esa desesperación y esos instintos primarios que brotan de ellos en situaciones extremas. La escritora también nos cuenta que en Nepenthe “nadie es del todo bueno ni del todo malo, y eso pasa también en la vida real”. Quizá por eso es sencillo empatizar con ellos, porque son reales.

Siguiendo con los personajes, otro aspecto positivo del libro es Eva. Aunque ya la descubriréis cuando lo leais, os adelanto que es un personaje que engancha, muy magnético. Las protagonistas femeninas suelen escasear en la literatura y, cuando aparecen, se muestra a estas mujeres como sumisas, blandas y sin personalidad. Por supuesto que no generalizo, pero hay que reconocer que estos atributos suelen aparecer en los personajes femeninos frente a la dureza y audacia de los masculinos. Pues bien, Eva no es así, sino que es capaz de controlar, enamorar, provocar odio y enloquecer a su entorno. Y todo a la vez. Por eso, es un personaje muy completo que me ha gustado mucho y que creo que os va a sorprender.

Otro de los rasgos más importantes de un libro es el espacio o los espacios. En este caso, hay muy pocos escenarios (de hecho, la mayor parte del relato transcurre en un búnker). Ese encerramiento en el búnker me recuerda a las extrañas cuevas de The Host o a la cárcel de The Walking Dead, y creo que es difícil y arriesgado concentrar toda la trama en un único lugar. Sin embargo, creo que Nepenthe aprovecha esta circunstancia para transmitir la claustrofobia al lector y para exprimir al máximo a los personajes en tremendas situaciones de tensión. También me llamó bastante la atención que el escenario sea España, algo que no suele ocurrir en la mayoría de los libros de terror. “La elección fue sencilla: escribí sobre lo que conozco”, cuenta Nieves, “Soy de Ávila, y conozco los lugares que he descrito. Su olor, su color. El tacto de sus piedras, las casas, los caminos. Todo tenía que ser real y tangible, tenía que ayudar a darle credibilidad a una historia bastante increíble.”

Y, por fin, llegamos a una de las cosas que más me gustan: los monstruos. No podían faltar, ¿verdad? Y es que no os he comentado qué sucedía en el Apocalipsis de Nepenthe. No, no se trata de zombies. Las criaturas que aparecen son indefinidas, deformes, viscosas, voraces, sexuales, extrañas. El desconocimiento deja más libertad a la imaginación y… al miedo. Yo, por ejemplo, me las imagino tal que así:

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Ilustración de Anton Samenov

Si antes hablábamos de personajes muy reales, ahora tenemos que mencionar cómo la novela es real en sí misma. Sí, es una novela fantástica, pero aborda cuestiones y conflictos tan ciertos como la vida misma. Y esa es otra de las cosas que más me ha gustado, la ausencia de tabúes. Si se dan situaciones de violencia entre personajes o relacionadas con los monstruos, aparecen descritas tal y como suceden, con detalles visuales y necesarios. Lo mismo sucede con el sexo: si hay tensión sexual o incluso actos sexuales, aparecen sin tapujos. Y la verdad es que esta autenticidad es algo a tener en cuenta y valorar (el escritor Joe Hill me parece también un genio en cuanto a mostrar el sexo y la violencia sin veladuras).

Como veis, Nepenthe es una lectura que me ha parecido muy interesante y que os recomiendo. Por citar algún defecto (como siempre a un nivel muy subjetivo), podría decir que el inicio de la novela me descolocó un poco. Al principio no sabía de qué personaje se trataba ni en qué consistía realmente la historia, pero a la vez esto puede ser una ventaja en el sentido de que vas descubriendo poco a poco a los distintos personajes, en qué se relacionan y donde se encuentran. Además, todo está narrado con un estilo sencillo y directo, aunque a la vez hay descripciones elaboradas tanto de lugares como de recuerdos, historias y situaciones. Según la propia autora, sus influencias principales son Poe y Stephen King, aunque siempre tratando de buscar su estilo propio (algo que, analizando la trama y el lenguaje, creo que sí consigue).

Si leéis la novela y os gusta, seguramente os preguntéis si habrá continuación y si la autora engendrará algún otro hijo literario. Respecto a una posible segunda parte de Nepenthe, Nieves Mories lo tiene claro: “No habrá secuela para Nepenthe. Lo que ocurra después, sucederá en la mente de los lectores. No fue una obra pensada para tener continuidad”. Sin embargo, confiesa que está desarrollando otras historias que no tienen nada que ver y que están plagadas de nuevos elementos, paisajes y personas que tienen historias que contar. Mientras sigue esbozando estas nuevas historias, nos quedaremos leyendo Nepenthe con Marilyn Manson o Smashing Pumpkins de fondo, grupos muy apropiados como banda sonora del libro según la autora (yo añadiría también Avenged Sevenfold e incluso alguna canción de Muse). Aunque, en realidad, explica que la mejor sinfonía para este “cuento sobre el dolor” es el silencio (lo que no quiere decir que la música no sea un factor importante en el relato). Sea como sea, os animo a que os embarquéis en esta nueva lectura (podéis conseguir el libro aquí) que, seguro, no os dejará indiferentes.

Si os apetece, podemos compartir opiniones sobre el libro en los comentarios. 🙂