La partida

Dicen que quién es desafortunado en el juego, tiene suerte en el amor. Ya os digo yo que eso es una auténtica patraña. Llevo toda la vida buscando el amor y lo único que he recibido son mentiras y algunas dosis de sexo. Ningún hombre era para mí o yo no estaba hecha para ningún hombre. Quizá por eso probé suerte con las mujeres, más dulces al sonreír y más lentas al besar. También falló. Creo que estoy condenada a caminar sola, a arroparme con mi propio abrazo, a dormir en una cama que se me antoja demasiado ancha. El destino así lo ha querido y yo no soy quién para llevarle la contraria.

Dicen también que, cuando uno está a punto de morir, ve pasar su vida en diapositivas. Las escenas se deslizan con rapidez, fundiéndose entre sí, emborronando recuerdos malos y buenos, desdibujando rostros amigos y amortiguando la voz de los eternos rivales. En mi caso, yo solo me he visto a mí. Me veo sentada en mi sillón rojo masticando palomitas dulces y observando con gesto aburrido los capítulos repetidos de ‘Twin Peaks’. Los vivos colores de la pantalla del televisor se reflejan en mi rostro cetrino y en el claro iris de mis ojos cansados. Jamás he visto una mirada tan triste como la mía. Incluso las prostitutas que pululan cada noche por mi calle desprenden más vida que yo. Pero eso no importa nada ahora que voy a perecer sobre un charco de mi propia sangre.

Nunca se me ha dado demasiado bien jugar al póker. Ya os dije que el amor y el juego no mantienen una relación inversa. Mi abuela, el ser más dulce que jamás he conocido, siempre nos ganaba al parchís. Era una vencedora nata, y eso no la impedía amar a mi abuelo con todas sus fuerzas. Yo, sin embargo, me siento como un ser inerte desplazado en un mundo vivo, de sentimientos que se me escapan. Mi boca está completamente seca porque desconozco las cartas de mis contrarios. En la mesa somos cuatro personas, si es que se nos puede denominar así. Primero estoy yo, una chiquilla impasible que en el fondo está temblando de miedo. A mi derecha está Rubí, la joven más despampanante que podáis imaginar. Creo que nunca he visto unos labios tan rojos como los suyos. Hay otra mujer más, Casandra, una mujer asiática silenciosa en el juego y fuera de él. Por último, cada vez que levanto la mirada me encuentro con el rostro de Gaspar, un hombre corpulento y de barba espesa. Sé que en su caro traje guarda un revólver que ha prometido disparar apuntando a mi cabeza si pierdo esta partida. Me estaría marcando un farol si os dijera que voy a sobrevivir. Casi puedo sentir el impacto de la bala en mi pálida frente, el peso de mis párpados muertos, la frialdad de mi piel sin vida. Pero no os voy a engañar: me lo he buscado yo misma. Soy yo la que ha escrito el final de su vida, un desenlace doloroso y agónico. Siempre me han gustado los dramas de Shakespeare y las películas de Tarantino, pues en ambos casos la sangre es siempre protagonista. Quizá por eso llevo puesto el vestido blanco que me regalaron mis padres cuando me licencié en Historia del Arte. Sé que el contraste con la textura y el brillo de la sangre será magnífico. Ahora me siento como uno de los macabros cuadros de Bacon o, mejor dicho, como una de las oscuras pinturas de Caravaggio. El fin está cerca. Llega el momento de descubrir las cartas. Primero es Rubí quién coloca las suyas sobre la mesa. Después, la impasible Casandra. Gaspar muestra las suyas, convencido de ser el vencedor. Yo desvelo las mías, convencida de perder en el juego y también en la vida. Él saca la pistola y me apunta con tranquilidad. Antes de que apriete el gatillo, yo le dedico una sonrisa igual de tranquila y, posiblemente, la primera sonrisa sincera de mi vida.

LEE LA SEGUNDA PARTE: El castigo

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