Pesadillas para adultos

He crecido leyendo los libros de la saga ‘Pesadillas’ de R.L. Stine y, de hecho, fue gracias a ellos (y a películas como ‘Pesadilla en Elm Street’) por lo que me empecé a interesar por el mundo del terror. La nostalgia me puede y echo mucho de menos recorrerme la biblioteca municipal en busca de libros nuevos de ‘Pesadillas’. Por eso, no pude evitar ver como la fan más fiel la película homónima de 2015 basada en esta colección de terroríficos libros infantiles y en la figura de R.L. Stine, un film bastante mejorable pero entretenido.

Películas frikis aparte, hace poco he tenido el placer de leer ‘Superstitious’, la primera novela de terror para adultos de R.L. Stine. A pesar de que se publicó en el año 95, desconocía por completo su existencia y me llevé una gran sorpresa al localizar un ejemplar en la biblioteca. No sabía lo que me iba a encontrar ni si el estilo del autor diferiría mucho con su narración en ‘Pesadillas’, su serie de libros juvenil. Pero sí, la diferencia es evidente y en ‘Superstitious’ vemos a un escritor mucho más diabólico, sanguinario y morboso. Y eso, por supuesto, es de agradecer.

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Robert Lawrence Stine, el creador de nuestras pesadillas

Al más puro estilo de ‘Los crímenes de Oxford’, pero mucho más salvaje, ‘Superstitious’ tiene como escenario un campus universitario donde tienen lugar violentos y sangrientos asesinatos. Sara Morgan elige precisamente este momento para regresar a la universidad y volver a estudiar, lugar donde conoce al profesor Liam O’Connor. Su acento irlandés y sus supersticiones son rasgos que a Sara le parecen encantadores y hacen que se enamore de él, pero los crímenes del campus y otros sucesos aún más inquietantes empañan esta historia de amor idílica.

Aunque esta novela no tuvo tan buena acogida como los libros de ‘Goosebumps’ (‘Pesadillas’), éxito difícil de superar, merece la pena leer al R.L. Stine más maduro en una historia a la que no le falta detalle: violencia, sexo (¡y rock and roll!) y sucesos paranormales.

Nota: En España podéis encontrar el libro traducido como ‘Superstición diabólica’.

Listen

Sandy estaba feliz y últimamente era difícil que eso ocurriera. Habían pasado siete meses desde la muerte de su hermano, pero aún no había podido superarlo. Brandon no solo era su hermano, sino su amigo, un compañero apenas unos minutos mayor que ella. Era su hermano mellizo y no se hacía a la idea de no escucharle tararear canciones de Linkin Park en la ducha, de no pelearse con él por quedarse con la mejor parte de la empanada de mamá, de no ver los hoyuelos que surgían en su rostro juvenil siempre que reía. Llevaban dieciocho años compartiendo experiencias y ahora ya no quedaba nada. Fue la propia Sandy quien encontró su frío cadáver sobre la alfombra de su habitación. Llevaba su camiseta favorita, la de la caricatura de Steve Jobs, y sus grandes cascos reposaban sobre sus orejas aún emitiendo sonidos amortiguados. Amaba la música y hasta la propia muerte le sorprendió escuchándola. Eso reconfortaba un poco a Sandy.

La cuestión era que, tras siete meses de noches sin dormir y lágrimas en los lavabos del instituto, Sandy se sentía preparada para pasar página. Había decidido entrar en la habitación de Brandon y echar un vistazo a sus cosas para bucear en los recuerdos. Todo estaba como el día que se fue, excepto su cadáver, claro. Sandy pensó en hojear un rato sus cómics, pero entonces vio sobre el escritorio la caratula de un CD. La portada era negra y unas letras verdes y difusas dibujaban la palabra “DANGER”. San no conocía el grupo, pero si le gustaba a su hermano, tenía que ser bueno. Brandon le había demostrado a lo largo de su vida juntos que tenía buen gusto musical (excepto cuando le dio por escuchar a Fall Out Boy, claro). La cuestión es que Sandy confiaba en él, y no solo musicalmente hablando, así que abrió la carcasa y sacó el CD, ligeramente desgastado por el uso.

Pulsó el botón del play de su discman y algo empezó a sonar. Parecía música, pero Sandy no está del todo segura. “Qué single tan extraño”, pensó. Gritos. Rasguños. “¿Qué diablos está sonando?”, gritó Sandy para sus adentros. Sintió el sudor frío, gélido, sobre su frente. Le faltaba el aire. Intentó gritar, pero no logró articular ni una sola palabra. Le ardía la garganta y le escocían los ojos. La música, si es que podía llamarse así, seguía sonando. Era desesperante. Ni siquiera sabía lo que estaba escuchando, pero no podía quitarse los cascos. Lo intentó, pero había algo que la retenía. Empezó a dolerle el pecho como si le estuvieran clavando un puñal oxidado. Sentía que su cuerpo se partía por la mitad y que su cabeza estaba a punto de reventar. Jamás había experimentado tanto dolor ni tanta desesperación. No había sangre ni heridas, pero ella sentía que se rompía por dentro, que la música la estaba destrozando. “Esta es la música que Brandon estaba escuchando antes de morir. Esta es la música que le mató”. Los pensamientos viajaron fugazmente por la mente de Sandy, pero ya era demasiado tarde.

Marcus atraviesa el umbral de la puerta con cierta timidez. La madre de Brandon y Sandy, con gesto triste e inexpresivo, le guía hasta la habitación. “Coge lo que quieras. Yo ya no quiero ver estos objetos. Yo la quiero a ella, y a él, y… ya no están”, le dice la desdichada mujer en tono frío, luchando por no derrumbarse. Marcus asiente con la cabeza un poco nervioso. Se siente un poco mal por estar allí, en la casa de sus vecinos muertos, pero la propia señora Nesbitt le ha pedido que echara un vistazo a las cosas de sus hijos y se llevara lo que quisiera. La vista de Marcus recorre las estanterías y ve de todo: cómics, libros, gorras… Y, entonces, ve el CD. “¿Seguro que no quieres llevarte nada más?”, pregunta indiferente la señora Nesbitt. Pero no hay nada que le interese más que el CD de ‘Danger’. No conoce al grupo, pero no le importa: el disco le ha hipnotizado y sabe que tiene que llevárselo, que es lo único que merece la pena de aquel solitario cuarto juvenil. “No, gracias, señora Nesbitt. Me llevo solo esto. Lo pondré esta noche en mi fiesta de cumpleaños en honor a Brandon y Sandy. Quiero que todos lo escuchen”.