Memorias de África

Desde siempre, mi sueño había sido viajar a África. Ni siquiera tenía un país favorito, simplemente quería penetrar en el continente que me apasionaba. De niña, podía pasarme horas viendo documentales sobre elefantes que parecían hechos de roca y sobre tribus que invocaban a sus dioses en medio de la sabana. Jamás imaginé que unos años más tarde -en concreto, al cumplir los 22 años-, estaría montada en un Land Rover Santana junto a un guía menudo, pelirrojo y de ojos saltones que me explicaba el ciclo reproductivo de los leones. Sin embargo, yo no le prestaba atención. Su explicación era interesante, pero podía encontrarlo en los libros y enciclopedias. No obstante, lo que mis ojos veían en ese momento, no podría consultarlo en otro sitio jamás. No quería perderme un solo detalle del paisaje, de las altas hierbas doradas que casi tocaban el abrasador sol. Tampoco quería dejar de mirar a algunos animales que surgían de los recovecos naturales, como los guepardos acechantes o los curiosos suricatos. Era mi oportunidad para disfrutar de un lugar fascinante, y todo gracias a mi esfuerzo. Desde los 17 años estuve vagando de trabajo en trabajo -desde dependienta de una tienda de ropa hortera hasta repartidora de pizzas- para ahorrar para este viaje. Me había privado de muchas cosas, pero tenía la oportunidad de disfrutar de una más o menos larga estancia en mi anhelado destino. Sin embargo, hubo cosas en las que nunca pensé cuando hojeaba libros de National Geographic o veía “El rey león”…

Todo comenzó la tercera noche. Me alojaba en una humilde pensión en un pequeño poblado junto a la selva. De hecho, cuando salía al balcón -algo que hacía poco debido a que mi pálida piel es un imán para los mosquitos de todas las nacionalidades y razas-, podía ver la silueta de la jungla e imaginar lo que se escondía en esa negrura. Pensaba en todo tipo de animales y extravagantes insectos, cuyo pensamiento era confirmado por los sonidos que emitía aquella masa de árboles difuminados. Sin embargo, aquella tercera noche, un ruido muy distinto me sobresaltó. Jamás había escuchado nada igual, ni siquiera en películas de terror, y creedme cuando os digo que he visto muchas. Fue mucho más que un grito. Fue un alarido que me heló la sangre y me dejó petrificada. De hecho, pensé en meterme en la cama de madera de acacia y no abrir los ojos hasta la mañana siguiente, en la que me esperaba una visita a unas famosas cuevas del lugar. Sin embargo, si por algo había acudido a África era por su magia, y no podía quedarme con los brazos cruzados ante aquel sonido, que no parecía volver a repetirse. ¿Habría alguien en peligro? Porque lo que estaba claro es que no se trataba de ningún animal, sino de un grito humano. Y, al final, resulta que acerté. Bueno, en todo menos en lo de humano.

Cuando me quise dar cuenta, mi pijama de franela yacía sobre la cama. En su lugar, me había enfundado en unos vaqueros “pesqueros” y una sencilla camisa blanca. Me recogí la melena castaña en una sencilla trenza, para que el pelo no me estorbara en mi “misión”. Sí, iba a salir del hotel, acercarme a la selva y… entrar en ella. No, no iba a avisar a nadie. ¿De qué me serviría un estúpido guía irlandés que todo lo que sabía de África era gracias al Discovery Channel? Podía valerme por mí misma y era la ocasión de demostrarlo. Aquel grito había sido algo magnético para mí y quería descubrir de qué se trataba por mis propios medios. Sin apenas titubear, salí de la pensión y, al instante, la humedad del ambiente me azotó el rostro. Tardaría en acostumbrarme al clima, no cabía duda. Me planté durante medio minuto frente a la jungla y mis ojos se perdieron entre las sombras. Los árboles tapaban el estrellado cielo y los sonidos de reptiles y animales salvajes resonaban entre los árboles, las rocas y las lianas. Pero eso no me amedrentó. Más bien me dio fuerzas para seguir y creer en mí misma por una vez en la vida.

Al principio, tuve miedo. Sería de locos no admitirlo. De hecho, se me pasó por la cabeza la idea de darme la vuelta y regresar al poblado antes de que fuera demasiado tarde y me perdiera en aquella espesura. Sin embargo, una parte de mí me decía que tenía que seguir, que era por eso por lo que había recorrido tantos kilómetros. Mis piernas parecían caminar solas y saber dónde ir, aunque realmente yo no tenía ni idea de qué camino tomar. Estaba tan distraída con mis pensamientos y divagaciones, que tardé bastante en darme cuenta de algo: el silencio. Os puedo asegurar que, incluso de noche, la selva africana es un hervidero de siseos, chasquidos e incluso gruñidos. Pero en ese momento, no se escuchaba nada. Creo que el único sonido que me acompaña en mi hazaña era el crujir de las ramas bajo mis botas. Sin saber por qué, un sudor frío empezó a recorrer mi frente. Tuve la necesidad de mirar a mi alrededor, aunque lo cierto es que no tenía miedo de que aparecieran arañas venenosas, serpientes estranguladoras o fieras hambrientas. Tenía miedo a no saber lo que me acechaba. Porque estaba claro que algo me acechaba. Sí, algo me vigilaba desde las sombras y el inquietante silencio que se había instalado. Un silencio que se vio roto por un sonido todavía más extraño que el grito que había escuchado desde la posada. Era una especie de chasquido constante, como si un animal estuviera rumiando o saboreando algo de textura gelatinosa. Di un par de pasos más y el misterioso sonido se intensificó. Estaba cerca. Sin querer, tropecé con un pequeño tronco, pero no me llegué a caer, pues pude apoyarme en un grueso y nudoso árbol. Suspiré aliviada y levanté la vista y, cuando lo hice, desee no haberlo hecho jamás. Frente a mis desencajados ojos se encontraba la escena más escalofriante que jamás había presenciado. En una especie de claro, la luz de la luna llena incidía sobre un individuo muy particular. El individuo era negro y tenía su cuerpo escuálido flexionado sobre… algo. No podía verle el rostro, pero su abombada cabeza se movía rítmicamente mientras producía ese extraño y baboso sonido. Estaba… engullendo. Sí, no cabía la menor duda. No tuve tiempo de marcharme por donde había llegado, porque el hombre levantó la vista de golpe. Me quedé petrificada. Aquel “hombre” era más bien una criatura. Sus ojos, pequeños e inyectados en sangre, estaban clavados en mí. Su boca plagada de largos y afilados colmillos se torció en una sonrisa diabólica bañada en sangre. Las gotas le resbalaban por los gruesos labios y por la barbilla y caían sobre sus collares de huesos… ¿humanos? Dios mío. Cada segundo que pasaba, más horrorizada estaba. Parecía que el tiempo se hubiera detenido. Él seguía mirándome y su extraña mueca parecía ensancharse. Pero, esta vez, reaccioné. Giré sobre mis talones y eché a correr, aunque antes de alejarme para siempre de aquel monstruo, vi por el rabillo del ojo lo que estaba devorando. No, no era una gacela ni ningún otro tipo de animal. Era un ser humano. En concreto, un varón de despeinada cabellera anaranjada y pecoso rostro. Era… mi guía. O, más bien, lo que quedaba de él. Su rostro estaba desencajado y salpicado de su propia sangre, de la sangre que seguía emanando a borbotones de su pecho abierto en canal. De la sangre que aquel vampiro africano o demonio de la noche, sorbía con ansia. No sé si tuvo piedad de mí o si realmente no pudo alcanzarme, pero pude llegar al poblado y marcharme al día siguiente del continente al que siempre había amado y que había acabado horrorizándome. Meses después he podido autocontestarme: no tuvo piedad alguna de mí. De haberla tenido, no me visitaría cada noche en mis pesadillas.