Pelis de miedo que hacen reír: “Arrástrame al infierno”.

Recuerdo con total nitidez lo que pensé al ver el tráiler de la película de Sam Raimi, “Arrástrame al infierno”. Pensé: “¡Oh! Hace mucho que no veo una buena peli de terror. Ésta será mi peli del verano, lo sé”. Como os voy a contar en breve, no soy muy buena adivina que digamos… Puede que la película “marcara” mi verano, pero no precisamente por producirme pavor, sino por provocarme risa (además de la sensación de haber tirado el dinero).

VER TRÁILER EN ESPAÑOL DE “ARRÁSTRAME AL INFIERNO”.

Lo cierto es que el argumento no estaba mal. Christine tenía una vida perfecta, un novio perfecto y trabajaba concediendo créditos en un banco. Sin embargo, a veces se encontraba con situaciones embarazosas, como cuando una anciana (la señora Ganush) acude a pedirle una moratoria y ante la negación de la joven, acaba perdiendo su casa. No obstante, Christine no se lamentó por remordimientos de conciencia, sino por la venganza que la anciana ideó para acabar con la paz de su equilibrada y perfecta vida. La vida de Christine se había convertido en un infierno. De hecho, acaba estando tan desesperada que contrata los servicios de un extraño brujo para conjurar un hechizo que acabe con la anciana que estaba destrozando su vida. Una tarea difícil cuyo final no os develaré por si tenéis intención de ver está comedia, digo peli de terror.

Hasta aquí todo bien, ¿dónde está la gracia? Bueno, pues la gracia está, y aparece en toda la película. Aunque el largometraje cuenta con algunos sustos inesperados, produce más grima que otra cosa (sobre todo por el rostro enloquecido de la anciana y su babosa boca). Los efectos especial son penosos, no tienen nada que ver con los utilizados en otras películas de Sam Raimi como “Spiderman”.
Hay escenas que son tan cutres que provocan carcajadas, como cuando una especie de cabra ataca a Christine (una cabra de juguete, pezuñas incluidas). De juguete parece también el gato que engulle la extraña cabra, que acaba escupiéndolo, saliendo disparado un animal tan tieso que parece comprado en el “todo a cien”. Además, se nota que se han utilizado caretas y rudimentarios efectos informáticos para simular el desprendimiento de los ojos de la cara de la anciana cuando le cae un objeto encima. Sí, una escena propia de los dibujos de Tom y Jerry.

Hay otras escenas cutres que os dejaré que descubráis vosotros mismos, aunque os diré que estéis atentos cuando salen moscas en las pesadillas de Christine (hasta sale el primer plano de una mosca que se frota socarronamente las patas frente a la cámara). Terrorífico, ¿no?

Bueno, en futuras entradas os recomendaré películas que inspiran auténtico terror y que debéis apuntar en la lista de pelis que ver antes de morir. No obstante, esta película cuyo tráiler me cautivó no la recomiendo. Eso sí, si queréis reíros un poco, es una película perfecta, al menos no os dejará indiferentes.

Intentaré hablaros en otras entradas de otras películas que, intentando dar miedo, acaban siendo el más gracioso de los chistes.
Disfrutad, pequeños zombies…

arrástrame al infierno

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El otro lado del arte.

El pintor solitario nunca había tenido ante sus ojos nada igual. Era la modelo más bella y sensual de la tierra, una auténtica musa para él. El pintor dejaba volar su imaginación, evocando mil historias de las que la joven de hechizante belleza era protagonista. La imaginaba como sirena o como una ninfa, como una princesa o como una salvaje; de todas las formas posibles estaba igual de bella. El pincel se desplazaba lentamente por el lienzo trazando las curvas imposibles de la joven, aquel cuerpo de mármol desnudo. Su piel de color blanco nevado contrastaba con sus sedosos cabellos azabache que caían sobre sus pechos dibujando elaborados y a la vez despeinados bucles. Sus ojos parecían esmeraldas incrustadas en aquel rostro cincelado que regalaba al pintor una estática y atractiva sonrisa. Apartando a un lado la profesionalidad, el pintor reconocía a su conciencia que estaba deseoso de poder besar esos labios rojo bermejo y perderse en esas curvas infinitas de suave textura. La joven reposaba sobre aquella butaca roja, combinada con sus gruesos labios que en ese preciso instante el pintor coloreaba en el lienzo.
El pincel resbalaba con cuidado, dejando un rastro rojo pasión por donde pasaba.

– Te va a gustar, querida – le dijo el concentrado pintor a la misteriosa modelo.

El pintor siguió plasmando en el lienzo la belleza de aquellos labios sobrehumanos, cuando se dio cuenta de que el pincel estaba casi seco. Todavía quedaba una parte de los labios por rellenar de color carmín.
El pintor se incorporó de su bitaca y, pincel en mano, se dirigió a la desnuda y preciosa joven de infinitos cabellos e interminables piernas. Se agachó y se encontró con su verde mirada, con aquellos ojos abiertos y perdidos en otras historias. El pintor acercó su boca muy lentamente contra los rojos labios de ella, regalándole un delicado beso.
Después, acercó el pincel al vientre de la joven, introduciéndolo en la desgarradora herida de la que brotaba brillante sangre que manchaba la blancura de su piel. Cuando el pincel se tiñó de rojo, el pintor se sintió satisfecho y dedicó una sonrisa a la yacente joven.

– Te estás portando muy bien, querida.

Se levantó y se dirigió a su butaca frente al lienzo. El pincel estaba listo. Y, con aquella sangre de especial brillo terminó de dibujar los labios de aquel bellocadáver que posaba frente a él, de su musa muerta.

“Maldito décimo gol…”.

Lara no podía estar más emocionada. Era la primera vez que asistía a un partido de fútbol y una sensación entre nerviosismo y euforia invadió su cuerpo nada más pisar el estadio. Su amigo David y ella ocuparon sus sitios, nada más y nada menos que en la grada baja, primera fila, a escasos metros de los mismísimos jugadores. El inmenso estadio estaba lleno y miles de conversaciones, risas y vítores llenaban el ambiente. Lara nunca se había sentido tan bien.

David y ella se compraron unos nachos con queso y un par de refrescos, ansiosos de que los dos equipos salieran al campo a darlo todo. David llevaba la bufanda azul de su equipo, y en sus ojos habitaba el brillo de la mirada de un niño con un juguete nuevo. Lara echó un vistazo a las gradas, ocupadas por familias, grupos de amigos, parejas y hasta gente importante. La gente estaba ya más relajada y había tomado asiento, pues faltaba medio minuto para que los jugadores pisaran el césped. Dicho y hecho, los equipos salieron poco a poco, se saludaron y… el partido comenzó.

Fue emocionante desde el primer minuto, Lara podía sentir la adrenalina dominando su cuerpo. No habían pasado ni cinco minutos cuando su equipo marcó el primer tanto. David se levantó del asiento, por supuesto, profiriendo toda clase de gritos ante los que Lara no pudo evitar que se le escapase una risotada. Mientras sorbían sus refrescos, su equipo seguía metiendo goles espectaculares. Los jugadores corrían como gacelas, saltaban como canguros y hasta volaban como majestuosos halcones. El balón apenas rozaba los dedos del portero y se hundía con fuerza en la red. El público estaba eufórico. Querían más.

A medida que avanzaba el partido, nuevos tantos se iban apuntando. A David y Lara el tiempo se les pasó muy rápido, y cuando quisieron darse cuenta el partido estaba a punto de finalizar. Su equipo iba ganando ¡9-0!
“¡Qué paliza!”, repetía David una y otra vez con lágrimas de emoción. Jamás había visto a su equipo jugar así.
Lara miró el marcador. 9-0. 9. A Lara no le gustaban los números impares y pensó que 10 goles era una cifra mucho más redonda y atractiva.
“Vamos equipo”, murmuró.

De repente, el pichichi de su equipo se hizo con el balón y con una energía sobrenatural, emprendió su carrera esquivando a los adversarios con elaboradas jugadas, cada vez más cerca de la portería, de la meta. David cruzó los dedos y Lara se mordió el labio inferior. Faltaba apenas un minuto para que el partido llegara a su fin y era la oportunidad del equipo de vencer con un tanto más, llegar a los 10 goles. Lara miró de nuevo el marcador. Tuvo el presentimiento de que el 9 desaparecería para dar paso a un gigantesco y hermoso 10. Sí, sin duda ocurriría.
Cuando su mirada regresó al terreno de juego, el balón ya estaba penetrando la portería, viajando con una fuerza sobrehumana, como un auténtico objeto mágico. El portero no pudo hacer nada para evitarlo, simplemente se arrodilló y tapó la cara con sus manos mientras las lágrimas se le escapaban: había sido un partido catastrófico. La grada se levantó eufórica ante los campeones mientras los jugadores se abrazaban y lanzaban por los aires al goleador. Lara abrazó a David mientras observaba satisfecha al marcador: 10-0. El gol de la gloria.

Los asientos retumbaban. Era la gente animando al equipo ganador, pensó Lara. Había sido una experiencia increíble. Su primer partido de fútbol y su equipo aplastaba a su adversario. Increíble. Los futbolistas ganadores se abrazaban y gritaban. Lara sonrió. De repente, el pichichi y artífice del décimo glorioso gol se paró en seco. Su expresión estaba cambiando, tornándose totalmente seria e incluso diabólica. Sus ojos color miel estaban tiñéndose de rojo. No, imposible, Lara debía estar viendo mal. La piel del jugador comenzó a poblarse de rajas e incluso a caerse a trozos. No, definitivamente Lara estaba soñando. El futbolista se giró burscamente y la miró con aquel rostro muerto. Muerto… esa era la palabra… ¡era un muerto viviente! O al menos ese era su aspecto. Imposible… Después de sonreir tétricamente a la impactada Lara, se giró bruscamente, agarró con fuerza a un jugador de su equipo clavándole las uñas (literalmente) en los brazos y se lanzó sobre su cuello. Apretó la mandíbula con fuerza mientras el jugador herido mostraba una mueca de asombro y horror, hasta que con una fuerza sobrenatural le arrancó un trozo de cuello e hizo que un chorro de sangre saliera disparado de la horrorosa herida. Lara no podía creer lo que veía. El pichichi siguió persiguiendo a otros jugadores en busca de más víctimas mientras otros… ¡también se transformaban! Sus rostros se volvían decrépitos y su instinto se tornaba asesino. Mientras tanto, los futbolistas heridos despertaban, ahora muertos y sedientos. Todo estaba sucediendo a una velocidad vertiginosa pero para Lara ocurría a cámara lenta. ¿Qué pensarían los demás espectadores de la escena? Un crujido detrás de ella la sacó de sus reflexiones. Se giró para ver el asiento de atrás y observó como una anciana (o lo que quedaba de ella) devoraba la cara de un joven. La sangre salpicaba a Lara en la nuca. Con una fuerte presión en el pecho y la sangre helada, Lara miró horrorizada toda la grada. La visión hizo que casi se desmayara. Todo el estadio se había vuelto loco. Una pareja se fundía en un beso sangriento en el que ella trataba de arrancarle la boca a su novio. Un inocente niño de unos 7 años estaba poséido, trepando por las butacas y mordiendo a todo miembro que encontrase. Una adolescente en pleno proceso de transformación, hundió la mano en el pecho de su amigo, arrancándole el corazón, la imagen más terrorífica e impactante que Lara había visto nunca. Los jugadores seguían con su caza, esta vez persiguiendo al portero, al que alcanzaron y cuya sangre y vísceras acabaron tiñendo las redes de la portería.
-¡DAVID!- gritó Lara mirando a su amigo, que miraba como ella incrédulo y aterrorizado lo que estaba sucediendo en el estadio.
David volvió en sí, miró a su amiga y cuando abrió la boca para decirle que se marcharan corriendo, el vendedor de perritos calientes se lanzó a su espalda mientras devoraba su nuca.
Lara se tapó la boca horrorizada y antes de que la recién convertida señora zombie de su derecha mordiera su mejilla, Lara saltó al campo.

No se atrevió a mirar las gradas de nuevo, donde apenas quedaban vivos y donde las tripas y la sangre ornamentaban los asientos y las banderas de los equipos. La mayoría de los jugadores zombies estaban ocupados devorando al portero, en corrillo. Otros ya se dirigían a las gradas a capturar más presas y deleitarse con el festín. Lara aprovechó sus distracciones para correr como nunca lo había hecho hacia la salida, deliciosamente despejada. Daba grandes zancadas pero como sucede en algunos sueños, sentía que avanzaba muy lentamente. Ignoraba los gritos de dolor y el susurro de las lenguas sorbiendo la sangre, solo pensaba en escapar. No estaba tan lejos, unos metros más y saldría del estadio para buscar ayuda en la calle. No entendía como había sucedido, solo sabía que con el décimo gol algunos de los presentes se habían convertido en decrépitos muertos vivientes y habían comenzado su salvaje caza. Se le revolvía el estómago al recordar las terribles imágenes que había presenciado y el corazón se le encogía al recordar el detsino fatal de su amigo David, que en ese momento sería uno de ellos y buscaría ávidamente órganos que llevarse a la boca. Siguió corriendo, sin pausa, cuando sus Converse resbalaron en el húmedo césped. Cayó de bruces, dolorida. Cuando estaba a punto de incorporarse, sintió una agitada y ruidosa respiración detrás. Antes de que pudiera mirar atrás, levantarse o gritar, el pichichi del equipo se abalanzó sobre ella, hundiendo su desgarradora mandíbula en su nuca. Antes de que su corazón se parara, Lara susurró: “Maldito décimo gol”.

ABRIMOS LA TUMBA…

Hombres lobo y niñas diabólicas; zombies y vampiresas, me complace informaros de que esta tumba ya está abierta.

Si quieres saber quién soy, desplaza tu sarcófago hasta PERIOZOMBIE.
Si quieres que te cuente más… sigue leyendo.

En este blog os contaré todo tipo de historias con el propósito de haceros sentir miedo/pavor/repugnancia y, en definitiva, que os tapéis de pies a cabeza cada noche.
La temática de los relatos es diversa: muertes macabras, lugares encantados, espíritus que regresan, muertos que reviven y pesadillas que atormentan.
No obstante, si te interesa algún tema concreto puedes proponérmelo en TÚ MANDAS EN ESTA TUMBA.

Además, también haré entradas especiales que traten sobre cine de terror, libros indispensables para no dormir, series diabólicas, leyendas, personajes de nuestras pesadillas…

Pronto empezaremos a recorrer el camino hacia el cementerio.
Puedes acompañarme, pero no podrás salir.