El castigo

* Continuación de La partida

Bebí otro trago de whisky sin sentir nada. La garganta ya no me ardía como la primera vez. Había llovido y el pavimento estaba mojado, pero no me importaba. Pensaba permanecer toda la noche allí sentada, calándome los vaqueros y bebiendo alcohol barato. Estaba harta de la vida y la vida estaba harta de mí. Mi familia, o lo que quedaba de ella, me daba de lado, y los pocos amigos que tenía se habían evaporado. Únicamente me tenía a mí misma, y eso no me reconfortaba demasiado.

Abrí los ojos lentamente y mi mirada se topó con una robusta sombra. Me tendió la mano, que era igual de voluminosa pero muy cuidada. El hombre se acarició la barba mientras se presentaba. Se llamaba Gaspar y no fui capaz de adivinar de dónde provenía su acento. Tampoco importaba demasiado. Él me ofreció una oportunidad, una nueva opción de vida. Cogí su mano, me incorporé y le seguí. Al fin y al cabo, no tenía nada que perder.

Me llevó a su casa, donde me di una ducha y me vestí con ropa limpia que él me cedió. Me dolía un poco la cabeza y mi aliento seguía oliendo a alcohol, pero por lo demás me encontraba bastante bien. Nos sentamos en las suntuosas butacas de su gran salón y comenzó a explicarme lo que quería de mí. No se entretuvo demasiado: deseaba ofrecerme un trabajo. En otra etapa de mi vida, me hubiera estremecido al escucharle y hubiera huido de allí tras conocer en que consistía el empleo en cuestión. Pero yo solo quería vivir o, mejor dicho, olvidarme de vivir. Lo acepté sin dudar. Jamás había matado a nadie, pero todo era cuestión de práctica. Me juré a mí misma hacer las cosas bien y convertirme en la mejor asesina a sueldo de la ciudad.

Los primeros encargos no fueron fáciles. Al ser una novata, me temblaba el pulso cada vez que tenía que apretar el gatillo y sentía un doloroso peso en el estómago cada vez que lo hacía. Sin embargo, la práctica hizo que la torpeza y el remordimiento se esfumaran. Era como si cada vez que le arrebataba la vida a alguien, yo ganara un poco de vida. Una vida podrida y maldita, sí, pero vida después de todo. Poco a poco, me fui aficionando al miedo en los ojos de mis víctimas, al aroma de la sangre y a la tensión liberada cada vez que cumplía mi misión. Gaspar me pagaba siempre puntualmente y yo sentía que por fin tenía un papel en este horrendo mundo.

Todo iba tan bien que nunca imaginé que acabaría recibiendo un encargo al que no podría hacer frente. Gaspar tenía muchos enemigos y uno de ellos era un empresario irlandés. Quería vengarse de él y no encontraba mejor manera de hacerlo que arrebatándole lo que más quería. Pero yo no me sentía capaz de hacer lo que me pedía. No podía matar al hijo del irlandés por mucho que lo intentara, a pesar de que sabía que la consecuencia, o más bien, el castigo, sería jugar una partida de póker a muerte. La causa no era el miedo ni la culpa, sino una fuerza mucho más poderosa. Él fue la única persona por la que un día sentí algo parecido al amor, y… ¿quién soy yo para luchar contra el amor?

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La partida

Dicen que quién es desafortunado en el juego, tiene suerte en el amor. Ya os digo yo que eso es una auténtica patraña. Llevo toda la vida buscando el amor y lo único que he recibido son mentiras y algunas dosis de sexo. Ningún hombre era para mí o yo no estaba hecha para ningún hombre. Quizá por eso probé suerte con las mujeres, más dulces al sonreír y más lentas al besar. También falló. Creo que estoy condenada a caminar sola, a arroparme con mi propio abrazo, a dormir en una cama que se me antoja demasiado ancha. El destino así lo ha querido y yo no soy quién para llevarle la contraria.

Dicen también que, cuando uno está a punto de morir, ve pasar su vida en diapositivas. Las escenas se deslizan con rapidez, fundiéndose entre sí, emborronando recuerdos malos y buenos, desdibujando rostros amigos y amortiguando la voz de los eternos rivales. En mi caso, yo solo me he visto a mí. Me veo sentada en mi sillón rojo masticando palomitas dulces y observando con gesto aburrido los capítulos repetidos de ‘Twin Peaks’. Los vivos colores de la pantalla del televisor se reflejan en mi rostro cetrino y en el claro iris de mis ojos cansados. Jamás he visto una mirada tan triste como la mía. Incluso las prostitutas que pululan cada noche por mi calle desprenden más vida que yo. Pero eso no importa nada ahora que voy a perecer sobre un charco de mi propia sangre.

Nunca se me ha dado demasiado bien jugar al póker. Ya os dije que el amor y el juego no mantienen una relación inversa. Mi abuela, el ser más dulce que jamás he conocido, siempre nos ganaba al parchís. Era una vencedora nata, y eso no la impedía amar a mi abuelo con todas sus fuerzas. Yo, sin embargo, me siento como un ser inerte desplazado en un mundo vivo, de sentimientos que se me escapan. Mi boca está completamente seca porque desconozco las cartas de mis contrarios. En la mesa somos cuatro personas, si es que se nos puede denominar así. Primero estoy yo, una chiquilla impasible que en el fondo está temblando de miedo. A mi derecha está Rubí, la joven más despampanante que podáis imaginar. Creo que nunca he visto unos labios tan rojos como los suyos. Hay otra mujer más, Casandra, una mujer asiática silenciosa en el juego y fuera de él. Por último, cada vez que levanto la mirada me encuentro con el rostro de Gaspar, un hombre corpulento y de barba espesa. Sé que en su caro traje guarda un revólver que ha prometido disparar apuntando a mi cabeza si pierdo esta partida. Me estaría marcando un farol si os dijera que voy a sobrevivir. Casi puedo sentir el impacto de la bala en mi pálida frente, el peso de mis párpados muertos, la frialdad de mi piel sin vida. Pero no os voy a engañar: me lo he buscado yo misma. Soy yo la que ha escrito el final de su vida, un desenlace doloroso y agónico. Siempre me han gustado los dramas de Shakespeare y las películas de Tarantino, pues en ambos casos la sangre es siempre protagonista. Quizá por eso llevo puesto el vestido blanco que me regalaron mis padres cuando me licencié en Historia del Arte. Sé que el contraste con la textura y el brillo de la sangre será magnífico. Ahora me siento como uno de los macabros cuadros de Bacon o, mejor dicho, como una de las oscuras pinturas de Caravaggio. El fin está cerca. Llega el momento de descubrir las cartas. Primero es Rubí quién coloca las suyas sobre la mesa. Después, la impasible Casandra. Gaspar muestra las suyas, convencido de ser el vencedor. Yo desvelo las mías, convencida de perder en el juego y también en la vida. Él saca la pistola y me apunta con tranquilidad. Antes de que apriete el gatillo, yo le dedico una sonrisa igual de tranquila y, posiblemente, la primera sonrisa sincera de mi vida.

LEE LA SEGUNDA PARTE: El castigo

XXX

Carla se sentía extraña caminando sola por la calle a medianoche. Sí, esa era la palabra: extraña. No era católica, pero en ese momento rezaba para sus adentros mientras observaba cómo sus botas negras se hundían en los charcos de la acera. Suplicaba no cruzarse con algún conocido, ya que lo que menos quería en ese momento era mentir. Y, si se acababa topando con algún amigo, sabía que tendría que mentir. Sus suaves mejillas enrojecieron al pensar en el sitio al que se dirigía. ¿Qué dirían sus amigos? ¿Y sus padres? Todos la veían como una chica de veintisiete años ejemplar: educada, responsable y con un buen empleo. Vivía en un bonito apartamento a las afueras de la ciudad con su labrador Mickey y siempre se acordaba de felicitar en los cumpleaños. Cocinaba unas tartas estupendas y hacía poco que había aprendido a hablar alemán. Era una chica seria y normal, todo un partidazo. De hecho, tenía varios pretendientes, aunque ninguno le interesaba en absoluto. Fernando, por ejemplo, tenía una cara bonita y un BMW alucinante, pero le parecía un pedante. No le atraían nada ese tipo de hombres que solo hablaban de sus exigentes trabajos y de lo bien que jugaban al póker. Y luego estaba Santi, su amigo de toda la vida, un chico sencillo y encantador pero al que veía como un hermano, un primo, un oso de peluche o como cualquier cosa que no fuera un novio. En definitiva, le aburrían. Quería probar cosas nuevas y eso es lo que iba a hacer esa noche. Nadie podría sospechar eso de ella, una chica menuda, de rostro dulce y ojos grises tímidos. Pero iba a hacerlo y cada vez estaba más entusiasmada.

Según el navegador del móvil, llegaría en unos cinco minutos a su destino. Nerviosa, comenzó a retorcerse con los dedos un liso mechón de su melena azabache. Recordó el momento en el que había decidido embarcarse en esa aventura. Era domingo por la tarde y acababa de ver Ghost. Como de costumbre, había estado llorando unos quince minutos después de que la película acabara y no sabía como calmarse, Encendió el ordenador y estuvo curioseando algunos blogs de belleza que seguía, aunque rara vez ponía en práctica esos consejos. Sin saber muy bien cómo, acabó en una web de lo más extraña. El fondo era de un negro aterciopelado que contrastaba con el rojo sangre de las letras. “Algo más que sexo. Atrévete a vivir una noche infernal”. Carla parpadeó varias veces y se ruborizó. ¿Sexo? ¿Hacía cuanto que no disfrutaba del sexo de verdad? ¿Es que había llegado a disfrutar alguna vez? Cuando estaba a punto de cerrar la página, se detuvo en la palabra “infernal”. Es exactamente lo que quería, vivir una noche salvaje y sentirse ardiente y diabólica. Quería ser ella la que controlara la situación y estallar en llamas de placer. Sabía que eso no lo conseguiría jamás ni con Fernando ni con Santi y deseaba hallarlo sin tener que comprometerse. No quería que nadie la conociera ni le dijera lo buena chica que era; se moría por adentrarse en lo desconocido y sentirse, simplemente, deseada y libre.

El edificio parecía abandonado. ¿Se habría equivocado? Con cierto temor, se acercó a la puerta y buscó algún tipo de letrero, pero no vio nada. Pensó en darse la vuelta, pero había algo en su interior que le impulsaba a vivir esa experiencia, a pesar de no saber lo que se iba a encontrar. Se fijó en que en la parte superior del marco de la puerta había dibujado una especie de tenedor o tridente. Mientras se preguntaba qué quería decir, llamó a la puerta con manos temblorosas. Casi instantáneamente, la puerta se abrió, aunque no se asomó nadie. Carla no sabía si entrar o no, pero al ver que nadie salía a su encuentro, empujó poco a poco la puerta y se adentró en la oscuridad.

Al principio, no veía nada, pero se fijó en que unas luces rojizas y una débil música le daban la bienvenida en el fondo del estrecho pasillo. Caminó despacio mientras tragaba saliva y la luz roja se fue haciendo más intensa, casi cegadora. Respecto a la música, no era capaz de identificar el instrumento que sonaba, pero a medida que el volumen ascendía, se sentía más cómoda. Cuando llegó a la entrada de la habitación, sus tímidos pasos se habían transformado en un caminar sensual. Dejó caer su bolso y su abrigo gris al suelo y se preparó para ser otra persona.

Primero le vio a él: rubio albino, brazos fuertes y unas alas de plumas negras sobre su espalda. Ella, ataviada con un picardías de seda granate, le mostró una sonrisa de colmillos de plástico. También había un joven de ojos azules y rizos oscuros que llevaba en la cabeza unos cuernos largos de color cobre. A pesar de que Carla no iba disfrazada (en la web no especificaba nada), se sentía toda una vampiresa. Sin ni siquiera intercambiar una palabra, se refugió en los brazos del chico albino y le besó con una pasión que nunca antes había experimentado. Él le devolvió el beso mientras le arrebataba las medias con un brusco movimiento. Alguien le acariciaba el pelo por detrás y se percató de que era el otro hombre. En cuestión de segundos, Carla estaba sumida en un vaivén de euforia y placer. Se paseaba por el torso de los dos jóvenes, sentía sus caricias en inhóspitos lugares y cabalgaba en una carrera hacia el éxtasis. Se olvidó de quién era, de su trabajo, de sus amistades y del telediario que solía ver. En ese momento, solo le importaba continuar deslizándose sobre las sábanas de satén y encendiendo su cuerpo.

Casi se había olvidado de la chica de la cabellera pelirroja, que les observaba mientras jugaba con la tela de su picardías granate. Sin previo aviso, se acercó a ellos y besó con rudeza al albino. Primero atrapó su boca y después fue descendiendo al cuello, donde le mordió con sus colmillos de plástico. La sangre caía con fluidez y teñía su pálida piel, pero ella no despegaba sus labios de la herida, cada vez más profunda. Carla llegó a pensar que los colmillos podían ser reales, pero resultaría de lo más extraño. Extraña… así se sentía al inicio de la noche. Casi ya ni se acordaba de su aspecto recatado y de su nerviosismo mientras caminaba por las oscuras calles. Se había olvidado de todo, pero ahora volvía a ver a esa chica tímida escondida en un grueso abrigo gris. Poco a poco, la Carla desnuda y erótica empequeñecía un poco más y lo que veía a su alrededor le resultaba cada vez más macabro. Los colmillos, la sangre borboteante… ¿y si eran reales? Decidió levantarse pero el joven de los cuernos, que seguía abrazándola, le sujetó con fuerza el brazo. Su mirada era espeluznante. Carla trató de librarse de él porque quería escapar de allí. El chico albino había empezado a gritar, aunque eran alaridos débiles y lastimeros, porque apenas le quedaban fuerzas. No, no podía ser algo preparado, tenía que ser real. Lo que había comenzado siendo una fantasía sexual había desembocado en una pesadilla de la que no podía escapar. Trató de librarse de las fuertes manos que la sujetaban, pero era incapaz. Quería gritar, pero tampoco podía. Las lágrimas se deslizaron por su rostro sin maquillar y el terror se instaló en su pecho. Ya ni siquiera podía moverse, estaba completamente paralizada. Estaba viendo morir a una persona de la forma más cruel y sanguinaria que podía haber imaginado. Cerró los ojos con fuerza, tratando de escapar de ese lugar, y se mordió el labio inferior embargada por el pavor. No tardó en sentir el metálico sabor de la sangre sobre su lengua, lo que le provocó náuseas. Tragó saliva, intentando librarse de esa sensación y, armándose de valor, abrió los ojos. Ante ella yacía el chico albino con el que había compartido más que palabras con gran parte de su sangre derramada sobre su lechoso pecho y con los ojos claros abiertos de par en par en un gesto de horror. Eso sí, no había ni rastro de ella. Ni siquiera tuvo tiempo para parpadear una vez más. Sintió una nueva presencia a su lado que le demostró, en poco más de un segundo, que nada es lo que parece y que sus colmillos no eran precisamente de plástico.

‘No soples mis velas en Halloween’ (Parte 3)

Summer estaba tan ensimismada en sus pensamientos, reconstruyendo en su cabeza la tragedia de la familia Thomas como si de una película de Hitchcock se tratara, que se llevó un buen susto cuando Alice le puso delante de sus narices una apetitosa tarta salpicada de finas velas encendidas.
– Un cumpleaños no es un cumpleaños de verdad sin un buen pastel- rió Alice mientras le guiñaba un ojo.
– Gracias, chicos, es todo un detalle- Summer estaba cortada y agradecida a partes iguales.
La tarta, redonda y de color naranja, tenía una pinta estupenda. Sus amigos comenzaron a cantar las típicas canciones de cumpleaños mientras ella observaba las largas velas blancas, que parecían los finos dedos de un pianista.

Aplausos. “Vamos, pide un deseo, Sum”. Risas.
“Bien”, pensó Summer, “Mi deseo está bastante claro”.
Antes de soplar las velas, quiso dejarle claro a Bryan lo que había pedido y le miró por última vez. Por última vez de verdad.

Frío. Oscuridad. Silencio.

Summer miró a un lado y a otro, pero no veía nada. Una especie de corriente de aire había apagado todas las velas del salón, incluidas las de su pastel de cumpleaños. Y por lo que parecía, también había apagado las voces de sus amigos.
– ¿Chicos? ¿Qué ha pasado? ¿Tenéis una linterna o algo así?
Más silencio.
Summer empezó a ponerse nerviosa. ¿Por qué ninguno de sus amigos respondía?
– Si esto es una broma, no es gracioso. No me gusta la oscuridad.
Ni un solo sonido, ni un solo susurro, ni una sola respiración.
– Joder, no tiene gracia. ¿Estáis bien?
El frío invadió su cuerpo, cada poro de su piel. ¿De dónde procedía? Alguien debía haber abierto la puerta, pues el salón carecía de ventanas. Sin embargo, la luz de la luna llena no se filtraba por ningún lugar.
– ¿Alice? ¿Rachel? ¿Ed? ¿Dan? ¿Br-Bryan?
Dios, ¿acaso se habían marchado? ¿Y quién había apagado las velas? Parecía que sus amigos se habían esfumado. No oía nada, ni siquiera una risita nerviosa o unos pasos. Sin embargo, notó una presencia muy cerca de ella que intensificó el frío que sentía en el cuerpo. Y sabía que no eran sus amigos.
– ¿Quién anda ahí?
La angustia se apoderó de ella. Sabía que algo malo estaba pasando. Ya no notaba la extraña presencia junto a ella, pero seguía helada de frío. Y seguía sin escuchar a sus amigos. Quería luz. Y entonces recordó que, aunque no tenía mechero ni linterna, se había traído el móvil. Sí, eso serviría. Hurgó a tientas en su mochila, pero el móvil no estaba allí. Palpó su cartera, las llaves, un espejo, pero no el maldito móvil.
– Joder, joder, JODER.
No lo soportaba más. Las lágrimas se deslizaban sobre sus mejillas y estropeaban su maquillaje. Le escocían los ojos. Respiraba entrecortadamente, intentando olvidar el frío y el miedo. ¿Qué estaba sucediendo? Estaba atrapada en la oscuridad. Y nadie parecía percatarse de sus sollozos. Pero, cuando creyó que todo estaba perdido, sus dedos acariciaron una superficie muy lisa. ¡La pantalla del móvil! Rezó que tuviera batería y que sus nervios le permitirían desbloquearlo.
– Oh, sí. ¡¡¡SÍ!!!

Luz. No demasiada, pero la suficiente. Estaba salvada. Apuntó con el móvil hacia sus amigos, esperando verles conteniendo la respiración y la risa por la broma que le estaban gastando. Pero no vio nada. No estaban allí.
– Cabrones…- murmuró Summer contrariada.
Sabía que sus amigos tenían sentido del humor, pero esta vez se habían pasado. No tenía gracia. Se sintió idiota por llorar y por haberse agobiado tanto. Le parecía increíble haber pasado tanto miedo por una broma pesada como esta después de haber visto tantas pelis de terror. Comenzó a ponerse en pie y su móvil alumbró más abajo, al suelo.
– …

Summer estaba petrificada. Sus amigos no se habían marchado. Al menos, no Alice. Su mejor amiga estaba allí, tumbada sobre el improvisado mantel, y allí había estado todo el tiempo. Sonreía. Tenía la mirada perdida (y vacía). Estaba muerta. Lo supo por el hilo de sangre que escapaba de su congelada sonrisa, de su última sonrisa. Movió el móvil un poco más, enfocando el cuerpo de su amiga. Su ropa estaba rasgada y bañada en sangre, sangre que seguía borboteando de su interior. Una vez más, movió su móvil. Rachel también yacía en el oscuro mantel, pero no sonreía. Sus ojos estaban cerrados y los párpados presentaban algunas salpicaduras de sangre. No enfocó el cuerpo, pues sabía lo que se encontraría. Giró su móvil. Ed y Dan, tumbados muy juntos, parecían mirarse. Pero sus ojos no tenían vida. Y otra vez más, movió su móvil. ¿Tendría fuerzas para soportalo? Oh, Bryan. Al igual que sus compañeros, estaba muerto. Su mirada era triste. Parecía resignado ante la muerte. Disfrazado de uno de los psicópatas más peligrosos, Hannibal Lecter, había sido él al que habían abierto en canal, al que le habían arrebatado la vida con una brutalidad inhumana. Inhumana… Sum giró el móvil una vez más, aunque sabía que al lado de Bryan no había nadie. ¿O sí?
– ¡NO!

No le importó la oscuridad. Se olvidó de sus fobias, del miedo y hasta del dolor por lo que acababa de ver. Sus amigos estaban muertos, habían muerto ante sus narices y no sabía cómo. Bueno, ahora sí. No sabía donde había caído su móvil ni si se había roto, pero no importaba. Summer corrió y corrió, intentando liberarse de ese frío, de esa angustia. El salón parecía interminable. No sabía si llegaría a la puerta, si podría escapar, si él no se cruzaría en su camino. No sabía absolutamente nada, solo que en toda su vida había corrido tanto como en ese momento. Ni siquiera cuando jugaba a las carreras de relevos en el patio ni cuando quería estar en primera fila en el concierto de Green Day del año pasado. Extendió los brazos hacia delante y, sin previo aviso, sus manos chocaron contra un muro. No, no era un muro, era el portón de aquella odiosa mansión. Empujó. El fulgor de las estrellas se coló por la pequeña apertura, que poco a poco se hizo más grande. Summer no miró atrás. Al menos, no hasta que hubo atravesado el tétrico jardín, que se le antojó absurdamente grande. Entonces sí que se atrevió a dedicar una última mirada a la casa, insultantemente silenciosa. Memorizó cada detalle de la fachada, cada arista, cada cristal roto, cada brizna de hierba. Quizá solo así podría borrar de su mente el rostro de Dick junto al cadáver de Bryan, sonriente, insolente, fantasmal. Aquel estúpido niño se había ensañado a gusto y se había divertido de lo lindo. Al fin y al cabo, él también nació un 31 de octubre.

– (Parte 1) ‘No soples mis velas en Halloween’

– (Parte 2) ‘No soples mis velas en Halloween’

‘No soples mis velas en Halloween’ (Parte 2)

– Ya hemos llegado, Sum.
Alice estaba emocionada, era algo evidente en su voz. Se notaba que ella había sido la que se había encargado de todo, como todos los años. Le encantaba organizar fiestas y eventos, sobre todo para la que era una de sus mejores amigas. Summer sonrió. Era perfecto.
– Gracias, Alice. Gracias, chicos.
Y no pudo evitar mirarle. Bryan le devolvió la mirada y sonrió también. Todo estaba yendo como la seda.

La casa era enorme y presentaba un aspecto verdaderamente lúgubre. El tejado de pizarra azul estaba plagado de enredaderas que habían trepado por los grises y viejos muros. El paso del tiempo había roto los cristales de algunas de las ventanas, tras las que se podía entrever una tintineante luz.
– ¿Hay alguien?- preguntó Summer algo nerviosa.
– Espera y verás- respondió Rachel guiñándole un ojo.

Tras atravesar el ondulante sendero de piedra flanqueado por setos silvestres y hierbajos, Ed empujó el gran portón de madera, que se abrió lentamente emitiendo crujidos. El enorme salón estaba totalmente iluminado por decenas de velas de todos los tamaños y colores, que dejaban ver la elegante escalera de caracol de la mansión y los inquietantes retratos de los grandes cuadros. En el centro de la estancia estaba extendida una especie de mantel o sábana de color negro y grandes dimensiones, sobre el que descansaban vasos de plástico y algunas bolsas de patatas fritas y palomitas. Summer no podía creer lo que veía. ¡Le encantaba! Todo era tan tétrico y excitante… Sin duda, la mejor fiesta de cumpleaños de su vida.

Sentados alrededor del mantel, los amigos brindaron con cerveza y zumo de calabaza.
– ¡Por Summer! – entonó Alice alzando su vaso.
– ¡Por Summer!- coreó el resto mientras bebía.
– Gracias, chicos, de verdad. Me conocéis muy bien y ni os tengo que decir que me ha encantado la sorpresa. Jamás pensé que celebraría mi cumpleaños en una casa abandonada, en esta casa abandonada.
Y es que la propiedad en la que estaban tenía su historia y todo el pueblo la conocía. Nadie osaba acercarse mucho a los límites de la casa, pero Summer siempre había soñado con atravesar sus puertas y poder pasar un tiempo en uno de los lugares más emblemáticos y misteriosos de la zona. En los años 50, una humilde familia proveniente de Texas compró la propiedad, que había sido construida hacía apenas cinco años y su antiguo dueño, profesor de Matemáticas y escritor a partes iguales, se veía obligado a venderla por no poder seguir pagándola. La familia texana no podía creer en su suerte: había comprado una mansión maravillosa a un precio de risa. De hecho, decoraron la casa lo más suntuosamente que podían permitirse e, incluso, compraron en una subasta unos viejos cuadros de retratos de una antigua familia de aristócratas ingleses para otorgarle un aspecto más lujoso. Los primeros meses fueron maravillosos. El padre, Ronald Thomas, abrió una tienda de comestibles a las afueras del pueblo y el aspecto pintoresco del comercio atrajo a muchos clientes. Gina, la madre, se encargó de que la casa estuviera siempre perfecta y de que cada uno de sus recovecos brillara como el oro pulido. Y Dick, el pequeño de la casa, rápidamente se hizo muchos amigos en la escuela. Sin embargo, al cabo de unos seis meses, la suerte de la ilusionada familia comenzó a cambiar…

Todo ocurrió una tarde de otoño en la que el sol hacía compañía a un cielo blanquecino. Gina se había puesto su mejor vestido, el de color esmeralda, y también las perlas que le había regalado Ron en su décimo aniversario de boda. Había invitado a unas vecinas a tomar café y pastas, y tenía que estar perfecta. Acostumbrada a la dura vida campestre de Texas y a sus interminables y ardientes días en la granja, Gina no cambiaría su nuevo estilo de vida por nada del mundo. Era de esas personas a las que les encantaba aparentar, y ahora que tenía la oportunidad (una mansión enorme, melena de peluquería y trufas heladas en la nevera), no pensaba desaprovecharla. Tras repasarse los labios con su nueva barra color fresa, salió de su habitación para buscar al pequeño Dick.
– Dick, cariño, ahora quiero que bajes a saludar a las invitadas y después regreses a tu habitación a jugar. Y no me armes ningún escándalo, mi vida.
Al no obtener respuesta, la buena mujer fue hasta la habitación del niño, que seguramente estaría imaginando mil historias con sus muñecos de trapo y su tren de madera como cualquier otro niño de seis años. Al entrar en el dormitorio de paredes azules, Gina emitió el grito más desgarrador de su vida. Desde la colorida alfombra en forma de estrella, Dick observó a su madre con una macabra sonrisa salpicada de la sangre que fluía del cuerpo de una pequeña ardilla que yacía muerta sobre su regazo. Las manos de Dick, ensangrentadas, aún seguían escarbando en el cuerpo abierto y desgarrado del roedor. Gina no creía lo que estaba viendo, no podría creer que su adorado niño estuviera despedazando un animal con sus propias manos, unas manos diminutas que acostumbraban a mancharse de chocolate o ceras de colores y no de espesa y oscura sangre. Pero no tuvo más tiempo para pensar ni para entender qué habían hecho mal ella y Ronald al educar al pequeño. Solo él, Dick, supo cuáles fueron las últimas palabras de su madre.

La encontraron muerta, con la boca desencajada y los ojos claros abiertos de par en par, tendida sobre la infantil alfombra junto a la ardilla destripada. Su vestido verde se había teñido en algunas partes de color escarlata. Esta horrible escena era obra, nada más y nada menos, que de Dick, que se había precipitado por la ventana tras matar a su madre, pereciendo en el acto. Ni la policía ni nadie en absoluto sabía cómo un inocente niño de seis años había conseguido rasgar la piel de su madre y del pobre animal con sus pequeñas y suaves manos. Cuando Ronald recibió la llamada de los agentes policiales, que le pidieron que acudiera a su domicilio inmediatamente, jamás se imaginó que su mujer y su hijo estarían muertos. Sus gritos y sollozos se escucharon en toda la calle. El hombre quedó tan traumatizado que, apenas un mes después de la tragedia, lo encontraron colgado de su corbata en la lámpara de su tienda, mientras el letrero de “Closed” continuaba balanceándose como intentando lanzar un aviso a los que caminaban de forma apresurada y distraída ante el acristalado comercio.

– (Parte 1) ‘No soples mis velas en Halloween’

– (Parte 3) ‘No soples mis velas en Halloween’

El Drácula del siglo XXI

Cuando me enteré de que en 2014 se iba a estrenar una nueva película sobre Drácula, experimenté dos sentimientos contradictorios: euforia y miedo. Euforia porque me encanta el personaje de Drácula y miedo porque esta nueva producción mancillara la icónica novela de Bram Stoker. Reconozco que he acudido al cine con una mezcla de nervios y emoción contenida, con unas mariposas en el estómago que revoloteaban de forma algo caótica. Pero, para gran sorpresa y alegría, ‘Drácula, la leyenda jamás contada’ no me ha decepcionado en absoluto.

dracula la leyenda jamás contada

He de advertir a todo el que espere ver colmillos ensangrentados que de eso verá poco en esta película. Lo hay, sí, pero en cantidades dosificadas. Y es que esta apuesta del director Gary Shore no es una clásica historia de vampiros, sino una biografía algo alterada por la fantasía del personaje que inspiró al conde Drácula de Stoker, Vlad Tepes, príncipe de Rumanía y alias “El Empalador”. En concreto, narra cómo este ya de por sí tétrico personaje que dejó extasiado a Stoker se convirtió en el temible vampiro que todos conocemos en la cultura popular.

Los 92 minutos de película se hacen cortos y las escenas de acción están aseguradas en todo momento. Eso no quiere decir que no haya espacio para escenas más pausadas e incluso para historias de amor (la de Drácula con su bella esposa Mirena y la de amor paternal con su querido y único hijo). El largometraje ofrece un detallado perfil sobre Drácula y nos regala escenas muy impactantes sobre su transformación en vampiro y sobre su lucha por su reino y su familia. Además, los paisajes de algunas escenas son impresionantes y tétricamente bellos, ayudando al espectador a introducirse en esta historia de guerras, traiciones, poder y leyendas.

La que ha liado Drácula en un momento...

                 La que ha liado Drácula en un momento…                                               

Lo más interesante de la cinta es, sin duda alguna, el peculiar retrato sobre Drácula al que asistimos. Un más que genial Luke Evans (‘El Hobbit’) sorprende con una nueva versión de Drácula: joven, apuesto, vigoroso y sentimental. Pero no os asustéis, no quiero decir que esta película se haya inspirado en Edward Cullen para esbozar un Drácula moñas, sino que nos muestra el otro lado de este temible personaje, su cara más personal y familiar, muy distinta a su actitud en el campo de batalla bañado con la sangre de sus cientos de víctimas.
dracula and mirena
Os recomiendo que le deis una oportunidad a esta arriesgada producción y os aseguro que tras ver su final, que sorprende, os quedaréis con ganas de conocer más a este Drácula del siglo XXI.

Memorias de África

Desde siempre, mi sueño había sido viajar a África. Ni siquiera tenía un país favorito, simplemente quería penetrar en el continente que me apasionaba. De niña, podía pasarme horas viendo documentales sobre elefantes que parecían hechos de roca y sobre tribus que invocaban a sus dioses en medio de la sabana. Jamás imaginé que unos años más tarde -en concreto, al cumplir los 22 años-, estaría montada en un Land Rover Santana junto a un guía menudo, pelirrojo y de ojos saltones que me explicaba el ciclo reproductivo de los leones. Sin embargo, yo no le prestaba atención. Su explicación era interesante, pero podía encontrarlo en los libros y enciclopedias. No obstante, lo que mis ojos veían en ese momento, no podría consultarlo en otro sitio jamás. No quería perderme un solo detalle del paisaje, de las altas hierbas doradas que casi tocaban el abrasador sol. Tampoco quería dejar de mirar a algunos animales que surgían de los recovecos naturales, como los guepardos acechantes o los curiosos suricatos. Era mi oportunidad para disfrutar de un lugar fascinante, y todo gracias a mi esfuerzo. Desde los 17 años estuve vagando de trabajo en trabajo -desde dependienta de una tienda de ropa hortera hasta repartidora de pizzas- para ahorrar para este viaje. Me había privado de muchas cosas, pero tenía la oportunidad de disfrutar de una más o menos larga estancia en mi anhelado destino. Sin embargo, hubo cosas en las que nunca pensé cuando hojeaba libros de National Geographic o veía “El rey león”…

Todo comenzó la tercera noche. Me alojaba en una humilde pensión en un pequeño poblado junto a la selva. De hecho, cuando salía al balcón -algo que hacía poco debido a que mi pálida piel es un imán para los mosquitos de todas las nacionalidades y razas-, podía ver la silueta de la jungla e imaginar lo que se escondía en esa negrura. Pensaba en todo tipo de animales y extravagantes insectos, cuyo pensamiento era confirmado por los sonidos que emitía aquella masa de árboles difuminados. Sin embargo, aquella tercera noche, un ruido muy distinto me sobresaltó. Jamás había escuchado nada igual, ni siquiera en películas de terror, y creedme cuando os digo que he visto muchas. Fue mucho más que un grito. Fue un alarido que me heló la sangre y me dejó petrificada. De hecho, pensé en meterme en la cama de madera de acacia y no abrir los ojos hasta la mañana siguiente, en la que me esperaba una visita a unas famosas cuevas del lugar. Sin embargo, si por algo había acudido a África era por su magia, y no podía quedarme con los brazos cruzados ante aquel sonido, que no parecía volver a repetirse. ¿Habría alguien en peligro? Porque lo que estaba claro es que no se trataba de ningún animal, sino de un grito humano. Y, al final, resulta que acerté. Bueno, en todo menos en lo de humano.

Cuando me quise dar cuenta, mi pijama de franela yacía sobre la cama. En su lugar, me había enfundado en unos vaqueros “pesqueros” y una sencilla camisa blanca. Me recogí la melena castaña en una sencilla trenza, para que el pelo no me estorbara en mi “misión”. Sí, iba a salir del hotel, acercarme a la selva y… entrar en ella. No, no iba a avisar a nadie. ¿De qué me serviría un estúpido guía irlandés que todo lo que sabía de África era gracias al Discovery Channel? Podía valerme por mí misma y era la ocasión de demostrarlo. Aquel grito había sido algo magnético para mí y quería descubrir de qué se trataba por mis propios medios. Sin apenas titubear, salí de la pensión y, al instante, la humedad del ambiente me azotó el rostro. Tardaría en acostumbrarme al clima, no cabía duda. Me planté durante medio minuto frente a la jungla y mis ojos se perdieron entre las sombras. Los árboles tapaban el estrellado cielo y los sonidos de reptiles y animales salvajes resonaban entre los árboles, las rocas y las lianas. Pero eso no me amedrentó. Más bien me dio fuerzas para seguir y creer en mí misma por una vez en la vida.

Al principio, tuve miedo. Sería de locos no admitirlo. De hecho, se me pasó por la cabeza la idea de darme la vuelta y regresar al poblado antes de que fuera demasiado tarde y me perdiera en aquella espesura. Sin embargo, una parte de mí me decía que tenía que seguir, que era por eso por lo que había recorrido tantos kilómetros. Mis piernas parecían caminar solas y saber dónde ir, aunque realmente yo no tenía ni idea de qué camino tomar. Estaba tan distraída con mis pensamientos y divagaciones, que tardé bastante en darme cuenta de algo: el silencio. Os puedo asegurar que, incluso de noche, la selva africana es un hervidero de siseos, chasquidos e incluso gruñidos. Pero en ese momento, no se escuchaba nada. Creo que el único sonido que me acompaña en mi hazaña era el crujir de las ramas bajo mis botas. Sin saber por qué, un sudor frío empezó a recorrer mi frente. Tuve la necesidad de mirar a mi alrededor, aunque lo cierto es que no tenía miedo de que aparecieran arañas venenosas, serpientes estranguladoras o fieras hambrientas. Tenía miedo a no saber lo que me acechaba. Porque estaba claro que algo me acechaba. Sí, algo me vigilaba desde las sombras y el inquietante silencio que se había instalado. Un silencio que se vio roto por un sonido todavía más extraño que el grito que había escuchado desde la posada. Era una especie de chasquido constante, como si un animal estuviera rumiando o saboreando algo de textura gelatinosa. Di un par de pasos más y el misterioso sonido se intensificó. Estaba cerca. Sin querer, tropecé con un pequeño tronco, pero no me llegué a caer, pues pude apoyarme en un grueso y nudoso árbol. Suspiré aliviada y levanté la vista y, cuando lo hice, desee no haberlo hecho jamás. Frente a mis desencajados ojos se encontraba la escena más escalofriante que jamás había presenciado. En una especie de claro, la luz de la luna llena incidía sobre un individuo muy particular. El individuo era negro y tenía su cuerpo escuálido flexionado sobre… algo. No podía verle el rostro, pero su abombada cabeza se movía rítmicamente mientras producía ese extraño y baboso sonido. Estaba… engullendo. Sí, no cabía la menor duda. No tuve tiempo de marcharme por donde había llegado, porque el hombre levantó la vista de golpe. Me quedé petrificada. Aquel “hombre” era más bien una criatura. Sus ojos, pequeños e inyectados en sangre, estaban clavados en mí. Su boca plagada de largos y afilados colmillos se torció en una sonrisa diabólica bañada en sangre. Las gotas le resbalaban por los gruesos labios y por la barbilla y caían sobre sus collares de huesos… ¿humanos? Dios mío. Cada segundo que pasaba, más horrorizada estaba. Parecía que el tiempo se hubiera detenido. Él seguía mirándome y su extraña mueca parecía ensancharse. Pero, esta vez, reaccioné. Giré sobre mis talones y eché a correr, aunque antes de alejarme para siempre de aquel monstruo, vi por el rabillo del ojo lo que estaba devorando. No, no era una gacela ni ningún otro tipo de animal. Era un ser humano. En concreto, un varón de despeinada cabellera anaranjada y pecoso rostro. Era… mi guía. O, más bien, lo que quedaba de él. Su rostro estaba desencajado y salpicado de su propia sangre, de la sangre que seguía emanando a borbotones de su pecho abierto en canal. De la sangre que aquel vampiro africano o demonio de la noche, sorbía con ansia. No sé si tuvo piedad de mí o si realmente no pudo alcanzarme, pero pude llegar al poblado y marcharme al día siguiente del continente al que siempre había amado y que había acabado horrorizándome. Meses después he podido autocontestarme: no tuvo piedad alguna de mí. De haberla tenido, no me visitaría cada noche en mis pesadillas.

 

Amistades que matan

La sangre, cuyo tono negruzco relucía siniestramente, goteaba sobre la encimera de mármol. Aquellas lágrimas color vino morían en las baldosas lisas y blancas, dibujando sinuosos charcos. Justo encima del fregadero estaba Lucy. Sus pálidas y delgadas piernas colgaban inertes, plagadas de sangrientas salpicaduras. De la herida de su vientre manaba todo un manantial, tiñendo su desgastada camiseta de Los Ramones y sus cortísimos pantalones vaqueros. Curiosamente, las Converse blancas permanecían inmaculadas, sin ni un solo rastro de la tragedia.

Sarah observó la escena desde el umbral de la puerta. Jamás se imaginó que vería a su mejor amiga en esas circunstancias, con los grandes ojos azules vidriosos y abiertos de par en par y la boca desencajada. Pero, lo más raro, es que se sentía extrañamente serena. Dio otro mordisco a la manzana fingiendo desinterés, aunque en realidad sentía curiosidad por comprender cómo había acabado todo así. Solo había pasado una hora desde que volvía del instituto hablando con Lucy sobre el chico nuevo de clase. Estaban ya en último curso, pero seguían charlando sobre banalidades como los chicos guapos o el nuevo corte de pelo de Alice, la pija estúpida de la clase. La verdad es que era una pena que Lucy hubiera acabado así, desangrada por la furia de un cuchillo jamonero. ¡Oh, el cuchillo! Sarah se acercó y lo depositó cuidadosamente en la encimera, justo al lado de la mano de Lucy. Sarah se acercó un poco más y contempló sus uñas mordidas y decoradas con esmalte morado. No pudo evitar sonreír al recordar las veces que se habían pintado las uñas mutuamente en el recreo o en la propia clase. A veces, incluso, las decoraban con unas brillantes pegatinas con formas graciosas (estrellitas, corazones y cosas de esas), aunque eso solían haciendo en sus “reuniones pijama”, mientras engullían palomitas dulces y veían una película de Matthew Mcconaughey. Palomitas… Le estaba entrando hambre. La manzana apenas había saciado su apetito. Por desgracia, el microondas se había puesto perdido de la sangre de su amiga, por lo que el tentempié tendría que esperar. 

Sarah parpadeó muy rápido. Sintió unas repentinas náuseas. “¿Qué pasa? ¡Vaya cara tienes!”, le dijo Lucy, algo alarmada. Lucy… Sí, allí estaba Lucy, con su metro sesenta y cinco de estatura y su lisa melena castaña. Sarah permaneció con la boca abierta, observando como su amiga (sana y salva) dejaba caer su mochila y se sentaba sobre la encimera, agotada. “Pufff… ¡estoy cansadísima! Si no fuera por el bombón nuevo en clase, me moriría”, exclamó poniendo los ojos en blanco. Sarah seguía sin reaccionar. ¿Qué estaba pasando? Recordaba con toda claridad a su amiga muerta, tendida sobre la encimera con gotas de sangre hasta en el piercing de la nariz. También recordaba el manchado cuchillo jamonero en sus manos, tras cometer la atroz acción. “En serio, tía, ¿me puedes decir que te pasa? Ni que hubieras visto un muerto…”. Muerto. Un muerto. Sarah miró a su amiga y contestó con un hilo de voz: “Yo… precisamente… es que hace un momento…”. Las palabras murieron en sus labios. No sabía qué decir. Había sido una estúpida. ¿Por qué hubiera asesinado a su mejor amiga? ¿Acaso no tenía cosas mejores que hacer que organizar una masacre en la cocina de su casa? Había visto demasiadas películas de miedo. Se apartó el flequillo de los ojos castaños y rió. Fue una carcajada de liberación. Lucy la miró como si estuviera loca, pero después acabó riendo también. ¡Por fin su amiga había dejado de tener esa cara de pasmada! “Venga, vamos arriba a investigar el Facebook del chico nuevo. Por su apellido parece de familia francesa…”, propuso animada Sarah. La cara de Lucy se iluminó y, al instante, bajó de un salto de la encimera. Se dirigió a la escalera dando saltitos y Sarah la siguió. Pero, al dirigir una última mirada a la cocina, se le heló la sangre. Sobre la encimera había una manzana mordida y… ensangrentada. 

¿Por qué nos gusta tanto “The Walking Dead”?

Primero fueron los cómics y después llegó el salto a la televisión. The Walking Dead se convirtió en una de las series más vistas de Estados Unidos y su éxito se extendió por todo el mundo. Con el clásico argumento de una Apocalipsis zombie, la serie creada por Frank Darabont (guionista de Pesadilla en Elm Street 3ha conseguido erigir todo un imperio de fans. ¿Cómo ha conseguido ganar tantos adeptos tan rápidamente? ¿Qué es lo que ha enganchado y unido a millones de familias del mundo? En definitiva, ¿cuáles son los puntos fuertes de la serie de terror más famosa del momento?

Zombie
Fotografía de Tobias M. Ecrich.

1. ZOMBIES
Es el condimento más importante de la serie. Los zombies son unos seres espeluznantes pero a la vez atrayentes, ya sea por esas miradas vacías o por su característica forma de caminar. Si al magnetismo de estas criaturas le añadimos que estamos en un momento en el que el género Z está muy de moda, no parece difícil saber porque The Walking Dead ha encandilado a millones de telespectadores. Y, aunque la fiebre por el fin del mundo de 2012 predicho por los mayas haya llegado a su fin, la idea de sobrevivir a una Apocalipsis dota de más morbo al asunto. Y, ojo, un fin del mundo con caminantes incluidos.

2. GORE
Normalmente, la presencia de zombies en una serie o en un film va acompañada de escenas sanguinarias y atroces. The Walking Dead es toda una delicia para los amantes del gore, sobre todo en algunos capítulos en los que las escenas de caminantes despedazando a alguien son realmente aterradoras. Esta contemplación del sufrimiento ajeno es el mayor atractivo para aquellos que creen que lo han visto todo y buscan las imágenes de mayor impacto.

3. TENSIÓN
Si hay algo que todo seriéfilo ama es el no querer despegarse del sofá ni para visitar la nevera. Algo que TWD consigue es generar verdadera tensión en cada capítulo. Los personajes no saben dónde ni cuando pueden sorprenderlos una legión de zombies hambrientos, lo que les mantiene en alerta tanto a ellos como al espectador. De hecho, la exitosa serie juega con esta baza muy a menudo, pues prácticamente todos sus capítulos finalizan con una situación tensa y complicada (por ejemplo, un personaje desarmado rodeado de zombies y sin aparente escapatoria).

4. FACTOR SORPRESA
Los imprevistos y los sorprendentes giros de la historia son otros atributos muy interesantes para captar la atención de la audiencia. TWD es una serie bastante impredecible y lo demuestra en cada capítulo. Después de unos cuantos episodios tranquilos, puede ocurrir que mueran personajes importantes, que se descubra que uno de los protagonistas es malvado o que se incorporen a la serie excéntricos y misteriosos personajes.

5. VARIOS PERFILES
Algo esencial es la existencia de una relación íntima entre la audiencia y la serie o, lo que es lo mismo, que el telespectador se sienta identificado. Como es difícil que los espectadores se identifiquen con la historia en sí (normalmente, los zombies no suelen apoderarse del planeta), la serie juega mucho con sus personajes. En TWD los personajes aparecen y desaparecen con inmensa rapidez, pero abarcan diversos perfiles físicos y psicológicos. Esto hace que la serie atraiga a personas muy distintas, pues cada una es afín a un determinado personaje (el líder, el guapo, la madre coraje, la seductora, el racista, el negro, los niños, el tipo con suerte…).

6. PERTENENCIA
Es una razón bastante parecida al anterior punto: aunque el grupo va mutando de componentes, siempre es un núcleo unido que escapa de zombies y lucha por protegerse y por su supervivencia. Esto hace que el espectador adquiera un sentimiento de pertenencia al grupo, sufriendo con sus desdichas y celebrando sus triunfos.

7. AMOR Y SEXO
La violencia atrae y, si le añades sexo, la mezcla es explosiva (que se lo digan a los productores de Spartacus). En TWD se pueden encontrar desde triángulos amorosos hasta romances silenciosos, amor maternal y relaciones puramente sexuales.

8. MÚSICA
La BSO de The Walking Dead es inquietante y sabe reflejar la tensión y acción de la serie. Cada capítulo finaliza con esta pegadiza y escalofriante melodía, lo que deja al espectador con ganas de más. La música es un elemento fundamente para generar tensión y terror, además de un símbolo identificatorio muy potente (SAW, El Exorcista…).

Estas (y seguramente más) son las razones de que The Walking Dead consiga que sus fans sientan que merece la pena esperar a que empiece una nueva temporada. Y es que son tantos sus seguidores que podrían hacer frente a todo un batallón de caminantes. Escalofriante…

“Todos los ángulos son vitales”.

Mark solía escribir hasta tarde en su vieja máquina de escribir de desgastadas teclas. Cuando comenzaba una historia, conseguía evadirse del mundo y viajar muy lejos de su destartalado apartamento a las afueras de Munich. De hecho, se concentraba mucho más a altas horas de la noche, con solo el fulgor de las estrellas alumbrando la estancia.

En una fresca noche de junio, Mark estaba ensimismado en su nueva historia: trataba de unos encuentros amorosos entre dos adolescentes en un cementerio, una historia con un final bastante trágico. Tan solo podía escucharse el frenético ruido de las teclas y Mark no podía pensar en nada más.
De repente, un frío soplo de aire le acarició la nuca. Mark sintió un escalofrío y se maldijo a sí mismo por haber dejado la ventana abierta y tener que levantarse a cerrarla. Lo cierto es que la pequeña corriente de viento había entrado en la habitación de repente, pues aunque no hacía un calor excesivo, aquella noche no se precisaba chaqueta ni mucho menos.
Mientras Mark se daba la vuelta y se levantaba, pudo vislumbrar una especie de sombra que se movió con una rapidez asombrosa. Fue como una especie de aparición fugaz, aunque le fue imposible distinguir su forma. El joven escritor permaneció de pie e inmóvil durante unos instantes que parecieron horas, escudriñando cada rincón de la habitación. No obstante, aquella sombra no volvió aparecer, por lo que Mark volvió en sí, cerró la ventana y regresó a su escritorio para internarse de nuevo en su fantástica historia. Al sentarse en la silla y prepararse para seguir escribiendo, Mark atisbó un detalle muy extraño en la hoja. Había escrito algo nuevo.

“Todos los ángulos son vitales”.

Mark se quedó petrificado, pues el jamás había escrito esa frase. Pensó que sería un error de la máquina, pero resultaba realmente extraño que su vieja máquina de escribir hubiera formado por error una oración entera. Por supuesto, Mark no entendió lo que la frase quería decir, pero eso no le importaba. Estaba demasiado ocupado recorriendo con la vista su pequeña y oscura casa en busca de una presencia extraña. Estaba claro que alguien había escrito aquella frase. Tras un par de minutos que se hicieron eternos, Mark acabó sentándose de nuevo y riñéndose a sí mismo por haber sido tan tonto.

– ¿Cómo se me ocurre? – pensó Mark, ya más relajado – ¿Cómo he podido pensar que no estaba solo? ¿Acaso existen los fantasmas escritores? Cervantes… ¿estás aquí?

Y tras este monólogo interno, Mark soltó una carcajada sintiéndose el más idiota del mundo. Y, como buen escritor entregado que era, olvidó todas esas pamplinas propias de sus historias de terror y continuó manos a la obra con su relato. Pasaron unos minutos en los que Mark no cesó de escribir con frenesí, casi rozando el ansia. La inspiración recorría todo su cuerpo y no podía dejar que escapara.

De repente, un soplido muy frío acarició su nuca de nuevo. Era imposible: la ventana estaba completamente cerrada.
Esta vez a Mark se le heló la sangre completamente (y no solamente por aquel soplido fantasmal). Ahora podía percibirlo todavía mejor, podía notarlo, podía sentarlo: no estaba solo. Por mucho que se empeñara en negarlo, en el fondo sabía que alguien rondaba por su diminuta vivienda. Pero, ¿quién sería y qué querría?

El destino decidió borrar todas sus dudas y otro soplido helado hizo que Mark girara la cabeza y… pudiera verla. Sí, ahí estaba ella, en la ventana cerrada. Tan solo podía ver su largo cabello dorado y su también largo y vaporoso vestido azul celeste. Aquella joven miraba atentamente por la ventana mientras el viento ondeaba sus cabellos y hacía levitar la sedosa tela de su largo vestido. Mark seguía paralizado, no podía creer que aquella mujer estuviera en su casa. ¿Cómo podría haber entrado? ¿Y qué hacía mirando por su ventana? Y lo más importante… ¿cómo podían acariciar sus cabellos ráfagas de viento si la ventaba estaba cerrada?

Sin previo aviso, la muchacha de dorados cabellos se giró. Mark se sobresaltó, pero inmediatamente vio el rostro de la joven no movió ni un músculo. Era la mujer más bella que jamás había visto. Su piel era fina como la porcelana y de un blanco inmaculado. Las tímidas formas de su cuerpo se marcaban en el corpiño del vestido y su falda seguía levitando cual vestido mágico de un hada. Sus ojos eran como dos gigantescos zafiros incrustados y sus finos rasgos terminaban con unos suaves y rosados labios. La joven miraba directamente a los ojos al desconcertado escritor, que intentaba hablarle en vano, pues no conseguía emitir ningún sonido. Estaba tan asustado que su voz se  perdía en su garganta y jamás corría a preguntarle a la joven su identidad.

La bella muchacha sonrió. Así, de repente. Aquella sonrisa de malvada belleza pilló desprevenido al pobre Mark, que quedó todavía más prendado de aquella extraña muchacha de aspecto fantasmal y belleza sobrenatural que había aparecido en su solitaria casa sin previo aviso. La dama del largo vestido seguía con la mirada clavada en los ojos de Mark y aquella sonrisa fija.
Mark comenzó a curvar los labios en una tímida y aterrorizada sonrisa cuando, de repente, un nuevo soplo de aire gélido rozó su cuello, penetró en su cuerpo y sintió en su alma. Y, por desgracia, cuando Mark quiso girarse a comprobar el origen de aquel suspiro helado, ya era demasiado tarde: el fantasma de un niño de belleza angelical y a la vez diabólica comenzó a ahogarle. Sí, las pálidas manos del infante rodearon el cuello de Mark y lo presionaron con una fuerza bestial, sobrehumana, con la que el desgraciado escritor no podía competir. La agonía apenas duró unos segundos y Mark ni siquiera pudo darse la vuelta para ver a su joven y vil asesino. Cuando su corazón estaba a punto de perecer, sus ojos vieron como la bella joven (que había observado la escena impasible, son la sonrisa fija) se acercaba lentamente a él.

– Deberías haber vigilado tu espalda. Te avisé: todos los ángulos son vitales.