¿Por qué mis series favoritas son de terror?

Me he percatado de algo: la mayoría de series que sigo son de terror. Es algo que no puedo evitar. Donde esté un buen drama macabro o una comedia terrorífica, que se quite todo lo demás. Así que, sin más dilación, os dejo algunas recomendaciones especialmente dedicada a los seriéfilos amantes del género de terror:

1. The Walking Dead (AMC)
Sí, soy consciente de que ‘The Walking Dead’ es un producto de masas, una serie seguida por millones de espectadores como, por ejemplo, ‘Juego de Tronos’. Aun así, yo no me cansaré nunca de recomendarla a todos aquellos que, por increíble que parezca, todavía no han visto ni un solo capítulo. A lo largo de sus 7 temporadas, ‘The Walking Dead’ ha sabido renovarse y no perder el ritmo, fidelizando a una audiencia que sigue la serie no solo por sus genialmente caracterizados zombies, sino por unos personajes con los que es fácil empatizar y a los que duele mucho verles morir en pantalla.

personajes-the-walking-dead-series-terror

2. Penny Dreadful (HBO)
Amo esta serie porque ha sacado de los libros clásicos de terror a personajes como Drácula, Frankenstein o Dorian Gray para protagonizar una trama gótica de lo más emocionante. La serie recrea a la perfección el Londres más tenebroso del siglo XIX, todo ello con un reparto estelar claramente dominado por la gran Eva Green.

penny dreadful-series-de-terror

3. Scream Queens (FOX)
Reconozco que a veces me pongo muy pesada con esta serie, pero es que no me puede gustar más. Para mí es de las mejores comedias de los últimos años y un genial homenaje al género slasher. Tiene un regusto noventero afrodisíaco y cuenta con actores míticos como Jamie Lee Curtis o John Stamos. Si queréis saber más sobre la serie protagonizada por las insoportablemente divertidas Channels (Emma Roberts, Abigail Breslin y Billie Lourd), aquí podéis leer más.

scream-queens-series-de-terror

4. Bates Motel (Universal)
Quién tras ver ‘Psicosis’, una de las películas más famosas de Alfred Hitchcock, sintiera curiosidad de saber más sobre la relación entre Norman Bates y su madre, esta es su serie. ‘Bates Motel’ es una precuela del clásico de Hitchcock ambientada en la actualidad, pero plagada de guiños a los años 60. También os he hablado antes de ella por aquí.

bates-motel-series-de-terror-recomendaciones

5. Stranger Things (Netflix)
Había pensado en reservar mi quinto puesto de series a ‘Hannibal’ o a ‘American Horror Story’, pero creo que el fenómeno ‘Stranger Things’ debía tener su lugar en esta lista. Es cierto que es más una serie de ciencia ficción que de terror, pero en ella abundan referencias a iconos del cine de horror como ‘Alien’ o ‘Jaws’. A todo esto hay que sumar su tétrica estética y su macabro monstruo protagonista, el Demogorgon.

stranger-things-joyce-series-de-terror

Espero que os haya gustado este repaso por mis series de terror favoritas. ¿Me recomendáis alguna más?

P.D: Sé de una serie que posiblemente ocupe un lugar en futuras listas y, por supuesto, en mi corazón. Se trata de ‘Santa Clarita Diet’, la última apuesta de Netflix que podremos ver a partir de febrero. Ya os contaré, amigos.

Anuncios

Listen

Sandy estaba feliz y últimamente era difícil que eso ocurriera. Habían pasado siete meses desde la muerte de su hermano, pero aún no había podido superarlo. Brandon no solo era su hermano, sino su amigo, un compañero apenas unos minutos mayor que ella. Era su hermano mellizo y no se hacía a la idea de no escucharle tararear canciones de Linkin Park en la ducha, de no pelearse con él por quedarse con la mejor parte de la empanada de mamá, de no ver los hoyuelos que surgían en su rostro juvenil siempre que reía. Llevaban dieciocho años compartiendo experiencias y ahora ya no quedaba nada. Fue la propia Sandy quien encontró su frío cadáver sobre la alfombra de su habitación. Llevaba su camiseta favorita, la de la caricatura de Steve Jobs, y sus grandes cascos reposaban sobre sus orejas aún emitiendo sonidos amortiguados. Amaba la música y hasta la propia muerte le sorprendió escuchándola. Eso reconfortaba un poco a Sandy.

La cuestión era que, tras siete meses de noches sin dormir y lágrimas en los lavabos del instituto, Sandy se sentía preparada para pasar página. Había decidido entrar en la habitación de Brandon y echar un vistazo a sus cosas para bucear en los recuerdos. Todo estaba como el día que se fue, excepto su cadáver, claro. Sandy pensó en hojear un rato sus cómics, pero entonces vio sobre el escritorio la caratula de un CD. La portada era negra y unas letras verdes y difusas dibujaban la palabra “DANGER”. San no conocía el grupo, pero si le gustaba a su hermano, tenía que ser bueno. Brandon le había demostrado a lo largo de su vida juntos que tenía buen gusto musical (excepto cuando le dio por escuchar a Fall Out Boy, claro). La cuestión es que Sandy confiaba en él, y no solo musicalmente hablando, así que abrió la carcasa y sacó el CD, ligeramente desgastado por el uso.

Pulsó el botón del play de su discman y algo empezó a sonar. Parecía música, pero Sandy no está del todo segura. “Qué single tan extraño”, pensó. Gritos. Rasguños. “¿Qué diablos está sonando?”, gritó Sandy para sus adentros. Sintió el sudor frío, gélido, sobre su frente. Le faltaba el aire. Intentó gritar, pero no logró articular ni una sola palabra. Le ardía la garganta y le escocían los ojos. La música, si es que podía llamarse así, seguía sonando. Era desesperante. Ni siquiera sabía lo que estaba escuchando, pero no podía quitarse los cascos. Lo intentó, pero había algo que la retenía. Empezó a dolerle el pecho como si le estuvieran clavando un puñal oxidado. Sentía que su cuerpo se partía por la mitad y que su cabeza estaba a punto de reventar. Jamás había experimentado tanto dolor ni tanta desesperación. No había sangre ni heridas, pero ella sentía que se rompía por dentro, que la música la estaba destrozando. “Esta es la música que Brandon estaba escuchando antes de morir. Esta es la música que le mató”. Los pensamientos viajaron fugazmente por la mente de Sandy, pero ya era demasiado tarde.

Marcus atraviesa el umbral de la puerta con cierta timidez. La madre de Brandon y Sandy, con gesto triste e inexpresivo, le guía hasta la habitación. “Coge lo que quieras. Yo ya no quiero ver estos objetos. Yo la quiero a ella, y a él, y… ya no están”, le dice la desdichada mujer en tono frío, luchando por no derrumbarse. Marcus asiente con la cabeza un poco nervioso. Se siente un poco mal por estar allí, en la casa de sus vecinos muertos, pero la propia señora Nesbitt le ha pedido que echara un vistazo a las cosas de sus hijos y se llevara lo que quisiera. La vista de Marcus recorre las estanterías y ve de todo: cómics, libros, gorras… Y, entonces, ve el CD. “¿Seguro que no quieres llevarte nada más?”, pregunta indiferente la señora Nesbitt. Pero no hay nada que le interese más que el CD de ‘Danger’. No conoce al grupo, pero no le importa: el disco le ha hipnotizado y sabe que tiene que llevárselo, que es lo único que merece la pena de aquel solitario cuarto juvenil. “No, gracias, señora Nesbitt. Me llevo solo esto. Lo pondré esta noche en mi fiesta de cumpleaños en honor a Brandon y Sandy. Quiero que todos lo escuchen”.

‘V/H/S’: cuando el terror se rebobina

¿Alguien se acuerda a estas alturas de 2015 de las cintas de vídeo? Yo no puedo evitar recordar las gruesas carátulas de las películas y las cintas de color negro carbón que el aparato reproductor de VHS engullía con ansia. Después, el inquietante sonido del rebobinado, que contribuía a restar mi paciencia. Y, por último, la película apareciendo en pantalla o, mejor dicho, los tráilers.

La cultura VHS y el cine de terror siempre han ido de la mano. Sobre todo, me refiero a las cintas de vídeo caseras y al concepto de película snuff (grabación de asesinatos reales). Son muchos los títulos de terror cuyo argumento gira en torno a las imágenes filmadas en cinta, como ‘The Ring’ (2002), ‘Sinister’ (2012) y, sobre todo, ‘El proyecto de la bruja de Blair’ (1992). El hecho de estar ante imágenes ‘caseras’ aumenta la sensación de realismo y, precisamente por ello, se ha apostado incluso por trilogías y sagas como las cuatro entregas de ‘REC’ y ‘Paranormal Activity’.

Hace unos días tuve el placer de visionar ‘V/H/S – Las Crónicas del miedo’, una producción estadounidense estrenada en 2012 engendrada por varios directores del género de terror como  Adam Wingard (‘You’re next’, 2011) o Ti West (‘The house of the devil’, 2009). En sus dos horas de metraje conviven dispares subgéneros de terror como el slasher, fantasmas y exorcismos, diferentes historias que comparten canal: todas son narradas a través de cintas VHS.

La película comienza presentando a un grupo de matones que invierten su tiempo en destrozar mobiliario urbano y a acosar a chicas mientras lo filman todo para ganar dinero a costa de ello. Un excéntrico caballero contacta con uno de los gamberros y le pide que consiga una cinta que contiene imágenes terribles, pero cuando el grupo acude a la casa en la que se encuentra dicha cinta, descubre la existencia de no una, sino de varias cintas malditas que albergan macabras historias.

pelicula vhs gif 2

Exactamente, son cinco videorrelatos distintos los que articulan ‘V/H/S’ y, si tuviera que elegir el mejor de ellos, creo que me quedaría con la primera de las cintas, Amateur Night. Unos tipos fiesteros creen estar disfrutando de la mejor noche de sus vidas: chicas, alcohol, sexo… Para más inri, uno de ellos lo está grabando todo con unas gafas con cámara incorporada, pero este objetivo escondido presenciará también como su alocada fiesta se transforma en una sangrienta pesadilla.

pelicula vhs gif

No obstante, el resto de cintas tampoco se quedan atrás en cuanto a calidad y horror. Tenemos una pareja que disfruta de su luna de miel en Arizona, aunque hay alguien que les vigila mientras duermen. Otra de las cintas relata el viaje de un grupo de amigos en un siniestro bosque en el que tuvieron lugar perversos crímenes. Internet también tiene su lugar en esta antología de terror con un brillante corto sobre relaciones a distancia, webcams y extrañas criaturas que acechan en la noche. La última cinta versa sobre una casa encantada en la que se adentran unos chicos en Halloween y, lo más sorprendente de esta historia, es su impactante desenlace.

Vais a pasar miedo y vais a disfrutar. Al estar fragmentada en cinco historias, la película se hace corta y os quedaréis con ganas de más. Por suerte, hay dos entregas más: ‘V/H/S 2’ (2013) y `V/H/S: Viral’ (2014). Yo pienso verlas muy pronto. ¿Os atrevéis vosotros?

‘La cumbre escarlata’, la delicia de los amantes del horror sobrenatural

Guillermo del Toro (‘El laberinto del fauno’, ‘Pacific Rim’) ha regresado pisando fuerte. Con motivo de la Fiesta del Cine y el consecuente abaratamiento de las entradas, he aprovechado hoy para ver la nueva propuesta del director mexicano, ‘La cumbre escarlata’. Creo que han sido 3 euros muy bien gastados y que es una película que os gustará si sentís especial atracción por las pelis de fantasía con toques macabros. Sí, efectivamente, estoy pensando en Tim Burton.

la cumbre escarlata

La trama es sencilla: una joven escritora víctima de una tragedia familiar se enamora de un misterioso noble -pero arruinado- con el que decide casarse y marcharse a vivir a su tétrica mansión, conocida como La cumbre escarlata por el sangriento color que adquiere la nieve al mezclarse con la arcilla de las minas del lugar. Sin embargo, el galán caballero, que no es otro que el guapo actor Tom Hiddleston, no está solo: su inseparable hermana y unos inquilinos un tanto fantasmagóricos campan a sus anchas por la casa de color bermejo.

la cumbre escarlata

Para mí han sido 2 horas de disfrute y algún susto que otro. Aunque la califiquen como película de terror, yo no la incluiría como tal en el género o, al menos, lo haría con ciertos matices. Es una historia de pasión, amor, venganza y el peso del pasado, aunque también hay fantasmas, sustos y un par de escenas un poco gore. A continuación os ofrezco mi breve resumen:

Lo mejor:
– El guion es bastante original y la historia está bien hilada. Son dos horas de metraje que no se hacen nada largas.
– El reparto
 es bueno, sobre todo por Tom Hiddleston y Jessica Chastain. Charlie Hunnam también me ha sorprendido. ¡Qué bien que al final no hiciera de Christian Grey!
– Lo visual. En serio, disfrutaréis como niños de los alucinantes contrastes entre colores y de sangrientas escenas que resultan hasta bellas. Además, detalles como el vestuario están especialmente cuidados.
La película está plagada de referencias literarias, con claras alusiones a obras como ‘Otra vuelta de tuerca’ de Henry James, ‘El fantasma de Canterville’ de Oscar Wilde o la mismísima novela ‘Drácula’. De hecho, la protagonista, Edith (Mia Wasikowska), es un vivo reflejo de Mary Shelley, autora de ‘Frankenstein’.

Lo peor:
– Hay un par de efectos especiales poco pulidos. En la sala de cine se escapó más de una risita al ver el aspecto artificial de uno de los fantasmas.

– A veces se utilizan transiciones entre escenas de lo más cutres, tipo las que incluye el programa Movie Maker. Es una pena que una película tan cuidada estéticamente parezca en algunas ocasiones una presentación de Power Point.
– El doblaje al castellano, aunque me refiero particularmente al personaje de Edith, al que pone voz Michelle Jenner, cuyo tono es demasiado aniñado (y no puedo evitar acordarme de Hermione, lo admito).

la cumbre escarlata jessica chastain

En definitiva, si no sabéis qué ver durante estos días, tirad por el horror de Guillermo del Toro. No creo que os defraude.

‘It Follows’ y el miedo de no estar solo

Que si el cine de terror siempre es igual, que si ya no se hacen películas como las de antes, que si el género está sobrevalorado… Estas son solo algunas de las frases que los amantes del terror nos vemos obligados a escuchar cada día. Bien es cierto que estoy en parte de acuerdo con que el cine de terror clásico es inigualable y que, actualmente, se abusa de temas demasiado recurrentes como los exorcismos y casas invadidas de espíritus que enloquecen a los mediums. Aun así, y como ya he dicho en otras ocasiones, el cine de terror es un género bastante incomprendido e infravalorado y, quién dice que no tiene sustancia (que no tiene ‘chicha’, vamos), no ha visto demasiadas buenas pelis. En los últimos años, las películas de este género se están reinventando, sobre todo en su variante más indie. Se ha empezado a apostar por el miedo más psicológico, ese que hace temblar el cuerpo, las entrañas y hasta el alma.

Hay propuestas bastante originales como las entregas de ‘The Purge’ (de las que también hemos hablado aquí), que explotan el lado más diabólico y grotesco del acto de matar, confluyendo los intereses de un Estado que quiere “limpiar” el país de los estratos más desfavorecidos y el puro disfrute que sienten algunas personas al acabar con la vida de alguien.

Justamente ayer tuve el placer de ver por primera vez ‘It Follows’, la película con la que el joven director David Robert Mitchell consiguió ser aclamado por la crítica en el Festival de Cannes de 2014. Lejos de todos los típicos de algunas producciones del género, ‘It Follows’ apuesta por el terror más psicológico y real. Y es que… ¿quién no ha tenido la sensación de ser seguido u observado por la calle? Esto es precisamente lo que le sucede a Jay, la protagonista, víctima de una maldición que ha llegado a ella de la forma más sorprendente: mediante el sexo. Pero esta analogía con las enfermedades de transmisión sexual va mucho más allá, ya que todo aquel que sufra esta maldición será presa de un horrible y mortal destino si no se la transmite pronto a otra persona.

it follows pelicula

Las escenas de muerte, sufrimiento y sangre son escasas y poco explícitas, pero no son necesarias. La clave está en la tensión de saberse observado, de sentir una presencia que solo tú puedes ver anhelando tu cuerpo. Es precisamente esta tensión la que consigue que los 100 minutos de la cinta, construida en un ritmo lento, transcurran deprisa. Cada escena y cada detalle visual están cuidados y pulidos al límite al igual que una banda sonora que transporta al espectador a un lugar donde las pesadillas se hacen realidad.

Confiad en mí y disfrutad de ‘It Follows’. Os aseguro que jamás volveréis a dejar de vigilar vuestras espaldas.

it follows anciana instituto

El castigo

* Continuación de La partida

Bebí otro trago de whisky sin sentir nada. La garganta ya no me ardía como la primera vez. Había llovido y el pavimento estaba mojado, pero no me importaba. Pensaba permanecer toda la noche allí sentada, calándome los vaqueros y bebiendo alcohol barato. Estaba harta de la vida y la vida estaba harta de mí. Mi familia, o lo que quedaba de ella, me daba de lado, y los pocos amigos que tenía se habían evaporado. Únicamente me tenía a mí misma, y eso no me reconfortaba demasiado.

Abrí los ojos lentamente y mi mirada se topó con una robusta sombra. Me tendió la mano, que era igual de voluminosa pero muy cuidada. El hombre se acarició la barba mientras se presentaba. Se llamaba Gaspar y no fui capaz de adivinar de dónde provenía su acento. Tampoco importaba demasiado. Él me ofreció una oportunidad, una nueva opción de vida. Cogí su mano, me incorporé y le seguí. Al fin y al cabo, no tenía nada que perder.

Me llevó a su casa, donde me di una ducha y me vestí con ropa limpia que él me cedió. Me dolía un poco la cabeza y mi aliento seguía oliendo a alcohol, pero por lo demás me encontraba bastante bien. Nos sentamos en las suntuosas butacas de su gran salón y comenzó a explicarme lo que quería de mí. No se entretuvo demasiado: deseaba ofrecerme un trabajo. En otra etapa de mi vida, me hubiera estremecido al escucharle y hubiera huido de allí tras conocer en que consistía el empleo en cuestión. Pero yo solo quería vivir o, mejor dicho, olvidarme de vivir. Lo acepté sin dudar. Jamás había matado a nadie, pero todo era cuestión de práctica. Me juré a mí misma hacer las cosas bien y convertirme en la mejor asesina a sueldo de la ciudad.

Los primeros encargos no fueron fáciles. Al ser una novata, me temblaba el pulso cada vez que tenía que apretar el gatillo y sentía un doloroso peso en el estómago cada vez que lo hacía. Sin embargo, la práctica hizo que la torpeza y el remordimiento se esfumaran. Era como si cada vez que le arrebataba la vida a alguien, yo ganara un poco de vida. Una vida podrida y maldita, sí, pero vida después de todo. Poco a poco, me fui aficionando al miedo en los ojos de mis víctimas, al aroma de la sangre y a la tensión liberada cada vez que cumplía mi misión. Gaspar me pagaba siempre puntualmente y yo sentía que por fin tenía un papel en este horrendo mundo.

Todo iba tan bien que nunca imaginé que acabaría recibiendo un encargo al que no podría hacer frente. Gaspar tenía muchos enemigos y uno de ellos era un empresario irlandés. Quería vengarse de él y no encontraba mejor manera de hacerlo que arrebatándole lo que más quería. Pero yo no me sentía capaz de hacer lo que me pedía. No podía matar al hijo del irlandés por mucho que lo intentara, a pesar de que sabía que la consecuencia, o más bien, el castigo, sería jugar una partida de póker a muerte. La causa no era el miedo ni la culpa, sino una fuerza mucho más poderosa. Él fue la única persona por la que un día sentí algo parecido al amor, y… ¿quién soy yo para luchar contra el amor?

La partida

Dicen que quién es desafortunado en el juego, tiene suerte en el amor. Ya os digo yo que eso es una auténtica patraña. Llevo toda la vida buscando el amor y lo único que he recibido son mentiras y algunas dosis de sexo. Ningún hombre era para mí o yo no estaba hecha para ningún hombre. Quizá por eso probé suerte con las mujeres, más dulces al sonreír y más lentas al besar. También falló. Creo que estoy condenada a caminar sola, a arroparme con mi propio abrazo, a dormir en una cama que se me antoja demasiado ancha. El destino así lo ha querido y yo no soy quién para llevarle la contraria.

Dicen también que, cuando uno está a punto de morir, ve pasar su vida en diapositivas. Las escenas se deslizan con rapidez, fundiéndose entre sí, emborronando recuerdos malos y buenos, desdibujando rostros amigos y amortiguando la voz de los eternos rivales. En mi caso, yo solo me he visto a mí. Me veo sentada en mi sillón rojo masticando palomitas dulces y observando con gesto aburrido los capítulos repetidos de ‘Twin Peaks’. Los vivos colores de la pantalla del televisor se reflejan en mi rostro cetrino y en el claro iris de mis ojos cansados. Jamás he visto una mirada tan triste como la mía. Incluso las prostitutas que pululan cada noche por mi calle desprenden más vida que yo. Pero eso no importa nada ahora que voy a perecer sobre un charco de mi propia sangre.

Nunca se me ha dado demasiado bien jugar al póker. Ya os dije que el amor y el juego no mantienen una relación inversa. Mi abuela, el ser más dulce que jamás he conocido, siempre nos ganaba al parchís. Era una vencedora nata, y eso no la impedía amar a mi abuelo con todas sus fuerzas. Yo, sin embargo, me siento como un ser inerte desplazado en un mundo vivo, de sentimientos que se me escapan. Mi boca está completamente seca porque desconozco las cartas de mis contrarios. En la mesa somos cuatro personas, si es que se nos puede denominar así. Primero estoy yo, una chiquilla impasible que en el fondo está temblando de miedo. A mi derecha está Rubí, la joven más despampanante que podáis imaginar. Creo que nunca he visto unos labios tan rojos como los suyos. Hay otra mujer más, Casandra, una mujer asiática silenciosa en el juego y fuera de él. Por último, cada vez que levanto la mirada me encuentro con el rostro de Gaspar, un hombre corpulento y de barba espesa. Sé que en su caro traje guarda un revólver que ha prometido disparar apuntando a mi cabeza si pierdo esta partida. Me estaría marcando un farol si os dijera que voy a sobrevivir. Casi puedo sentir el impacto de la bala en mi pálida frente, el peso de mis párpados muertos, la frialdad de mi piel sin vida. Pero no os voy a engañar: me lo he buscado yo misma. Soy yo la que ha escrito el final de su vida, un desenlace doloroso y agónico. Siempre me han gustado los dramas de Shakespeare y las películas de Tarantino, pues en ambos casos la sangre es siempre protagonista. Quizá por eso llevo puesto el vestido blanco que me regalaron mis padres cuando me licencié en Historia del Arte. Sé que el contraste con la textura y el brillo de la sangre será magnífico. Ahora me siento como uno de los macabros cuadros de Bacon o, mejor dicho, como una de las oscuras pinturas de Caravaggio. El fin está cerca. Llega el momento de descubrir las cartas. Primero es Rubí quién coloca las suyas sobre la mesa. Después, la impasible Casandra. Gaspar muestra las suyas, convencido de ser el vencedor. Yo desvelo las mías, convencida de perder en el juego y también en la vida. Él saca la pistola y me apunta con tranquilidad. Antes de que apriete el gatillo, yo le dedico una sonrisa igual de tranquila y, posiblemente, la primera sonrisa sincera de mi vida.

LEE LA SEGUNDA PARTE: El castigo

‘No soples mis velas en Halloween’ (Parte 3)

Summer estaba tan ensimismada en sus pensamientos, reconstruyendo en su cabeza la tragedia de la familia Thomas como si de una película de Hitchcock se tratara, que se llevó un buen susto cuando Alice le puso delante de sus narices una apetitosa tarta salpicada de finas velas encendidas.
– Un cumpleaños no es un cumpleaños de verdad sin un buen pastel- rió Alice mientras le guiñaba un ojo.
– Gracias, chicos, es todo un detalle- Summer estaba cortada y agradecida a partes iguales.
La tarta, redonda y de color naranja, tenía una pinta estupenda. Sus amigos comenzaron a cantar las típicas canciones de cumpleaños mientras ella observaba las largas velas blancas, que parecían los finos dedos de un pianista.

Aplausos. “Vamos, pide un deseo, Sum”. Risas.
“Bien”, pensó Summer, “Mi deseo está bastante claro”.
Antes de soplar las velas, quiso dejarle claro a Bryan lo que había pedido y le miró por última vez. Por última vez de verdad.

Frío. Oscuridad. Silencio.

Summer miró a un lado y a otro, pero no veía nada. Una especie de corriente de aire había apagado todas las velas del salón, incluidas las de su pastel de cumpleaños. Y por lo que parecía, también había apagado las voces de sus amigos.
– ¿Chicos? ¿Qué ha pasado? ¿Tenéis una linterna o algo así?
Más silencio.
Summer empezó a ponerse nerviosa. ¿Por qué ninguno de sus amigos respondía?
– Si esto es una broma, no es gracioso. No me gusta la oscuridad.
Ni un solo sonido, ni un solo susurro, ni una sola respiración.
– Joder, no tiene gracia. ¿Estáis bien?
El frío invadió su cuerpo, cada poro de su piel. ¿De dónde procedía? Alguien debía haber abierto la puerta, pues el salón carecía de ventanas. Sin embargo, la luz de la luna llena no se filtraba por ningún lugar.
– ¿Alice? ¿Rachel? ¿Ed? ¿Dan? ¿Br-Bryan?
Dios, ¿acaso se habían marchado? ¿Y quién había apagado las velas? Parecía que sus amigos se habían esfumado. No oía nada, ni siquiera una risita nerviosa o unos pasos. Sin embargo, notó una presencia muy cerca de ella que intensificó el frío que sentía en el cuerpo. Y sabía que no eran sus amigos.
– ¿Quién anda ahí?
La angustia se apoderó de ella. Sabía que algo malo estaba pasando. Ya no notaba la extraña presencia junto a ella, pero seguía helada de frío. Y seguía sin escuchar a sus amigos. Quería luz. Y entonces recordó que, aunque no tenía mechero ni linterna, se había traído el móvil. Sí, eso serviría. Hurgó a tientas en su mochila, pero el móvil no estaba allí. Palpó su cartera, las llaves, un espejo, pero no el maldito móvil.
– Joder, joder, JODER.
No lo soportaba más. Las lágrimas se deslizaban sobre sus mejillas y estropeaban su maquillaje. Le escocían los ojos. Respiraba entrecortadamente, intentando olvidar el frío y el miedo. ¿Qué estaba sucediendo? Estaba atrapada en la oscuridad. Y nadie parecía percatarse de sus sollozos. Pero, cuando creyó que todo estaba perdido, sus dedos acariciaron una superficie muy lisa. ¡La pantalla del móvil! Rezó que tuviera batería y que sus nervios le permitirían desbloquearlo.
– Oh, sí. ¡¡¡SÍ!!!

Luz. No demasiada, pero la suficiente. Estaba salvada. Apuntó con el móvil hacia sus amigos, esperando verles conteniendo la respiración y la risa por la broma que le estaban gastando. Pero no vio nada. No estaban allí.
– Cabrones…- murmuró Summer contrariada.
Sabía que sus amigos tenían sentido del humor, pero esta vez se habían pasado. No tenía gracia. Se sintió idiota por llorar y por haberse agobiado tanto. Le parecía increíble haber pasado tanto miedo por una broma pesada como esta después de haber visto tantas pelis de terror. Comenzó a ponerse en pie y su móvil alumbró más abajo, al suelo.
– …

Summer estaba petrificada. Sus amigos no se habían marchado. Al menos, no Alice. Su mejor amiga estaba allí, tumbada sobre el improvisado mantel, y allí había estado todo el tiempo. Sonreía. Tenía la mirada perdida (y vacía). Estaba muerta. Lo supo por el hilo de sangre que escapaba de su congelada sonrisa, de su última sonrisa. Movió el móvil un poco más, enfocando el cuerpo de su amiga. Su ropa estaba rasgada y bañada en sangre, sangre que seguía borboteando de su interior. Una vez más, movió su móvil. Rachel también yacía en el oscuro mantel, pero no sonreía. Sus ojos estaban cerrados y los párpados presentaban algunas salpicaduras de sangre. No enfocó el cuerpo, pues sabía lo que se encontraría. Giró su móvil. Ed y Dan, tumbados muy juntos, parecían mirarse. Pero sus ojos no tenían vida. Y otra vez más, movió su móvil. ¿Tendría fuerzas para soportalo? Oh, Bryan. Al igual que sus compañeros, estaba muerto. Su mirada era triste. Parecía resignado ante la muerte. Disfrazado de uno de los psicópatas más peligrosos, Hannibal Lecter, había sido él al que habían abierto en canal, al que le habían arrebatado la vida con una brutalidad inhumana. Inhumana… Sum giró el móvil una vez más, aunque sabía que al lado de Bryan no había nadie. ¿O sí?
– ¡NO!

No le importó la oscuridad. Se olvidó de sus fobias, del miedo y hasta del dolor por lo que acababa de ver. Sus amigos estaban muertos, habían muerto ante sus narices y no sabía cómo. Bueno, ahora sí. No sabía donde había caído su móvil ni si se había roto, pero no importaba. Summer corrió y corrió, intentando liberarse de ese frío, de esa angustia. El salón parecía interminable. No sabía si llegaría a la puerta, si podría escapar, si él no se cruzaría en su camino. No sabía absolutamente nada, solo que en toda su vida había corrido tanto como en ese momento. Ni siquiera cuando jugaba a las carreras de relevos en el patio ni cuando quería estar en primera fila en el concierto de Green Day del año pasado. Extendió los brazos hacia delante y, sin previo aviso, sus manos chocaron contra un muro. No, no era un muro, era el portón de aquella odiosa mansión. Empujó. El fulgor de las estrellas se coló por la pequeña apertura, que poco a poco se hizo más grande. Summer no miró atrás. Al menos, no hasta que hubo atravesado el tétrico jardín, que se le antojó absurdamente grande. Entonces sí que se atrevió a dedicar una última mirada a la casa, insultantemente silenciosa. Memorizó cada detalle de la fachada, cada arista, cada cristal roto, cada brizna de hierba. Quizá solo así podría borrar de su mente el rostro de Dick junto al cadáver de Bryan, sonriente, insolente, fantasmal. Aquel estúpido niño se había ensañado a gusto y se había divertido de lo lindo. Al fin y al cabo, él también nació un 31 de octubre.

– (Parte 1) ‘No soples mis velas en Halloween’

– (Parte 2) ‘No soples mis velas en Halloween’

‘No soples mis velas en Halloween’ (Parte 2)

– Ya hemos llegado, Sum.
Alice estaba emocionada, era algo evidente en su voz. Se notaba que ella había sido la que se había encargado de todo, como todos los años. Le encantaba organizar fiestas y eventos, sobre todo para la que era una de sus mejores amigas. Summer sonrió. Era perfecto.
– Gracias, Alice. Gracias, chicos.
Y no pudo evitar mirarle. Bryan le devolvió la mirada y sonrió también. Todo estaba yendo como la seda.

La casa era enorme y presentaba un aspecto verdaderamente lúgubre. El tejado de pizarra azul estaba plagado de enredaderas que habían trepado por los grises y viejos muros. El paso del tiempo había roto los cristales de algunas de las ventanas, tras las que se podía entrever una tintineante luz.
– ¿Hay alguien?- preguntó Summer algo nerviosa.
– Espera y verás- respondió Rachel guiñándole un ojo.

Tras atravesar el ondulante sendero de piedra flanqueado por setos silvestres y hierbajos, Ed empujó el gran portón de madera, que se abrió lentamente emitiendo crujidos. El enorme salón estaba totalmente iluminado por decenas de velas de todos los tamaños y colores, que dejaban ver la elegante escalera de caracol de la mansión y los inquietantes retratos de los grandes cuadros. En el centro de la estancia estaba extendida una especie de mantel o sábana de color negro y grandes dimensiones, sobre el que descansaban vasos de plástico y algunas bolsas de patatas fritas y palomitas. Summer no podía creer lo que veía. ¡Le encantaba! Todo era tan tétrico y excitante… Sin duda, la mejor fiesta de cumpleaños de su vida.

Sentados alrededor del mantel, los amigos brindaron con cerveza y zumo de calabaza.
– ¡Por Summer! – entonó Alice alzando su vaso.
– ¡Por Summer!- coreó el resto mientras bebía.
– Gracias, chicos, de verdad. Me conocéis muy bien y ni os tengo que decir que me ha encantado la sorpresa. Jamás pensé que celebraría mi cumpleaños en una casa abandonada, en esta casa abandonada.
Y es que la propiedad en la que estaban tenía su historia y todo el pueblo la conocía. Nadie osaba acercarse mucho a los límites de la casa, pero Summer siempre había soñado con atravesar sus puertas y poder pasar un tiempo en uno de los lugares más emblemáticos y misteriosos de la zona. En los años 50, una humilde familia proveniente de Texas compró la propiedad, que había sido construida hacía apenas cinco años y su antiguo dueño, profesor de Matemáticas y escritor a partes iguales, se veía obligado a venderla por no poder seguir pagándola. La familia texana no podía creer en su suerte: había comprado una mansión maravillosa a un precio de risa. De hecho, decoraron la casa lo más suntuosamente que podían permitirse e, incluso, compraron en una subasta unos viejos cuadros de retratos de una antigua familia de aristócratas ingleses para otorgarle un aspecto más lujoso. Los primeros meses fueron maravillosos. El padre, Ronald Thomas, abrió una tienda de comestibles a las afueras del pueblo y el aspecto pintoresco del comercio atrajo a muchos clientes. Gina, la madre, se encargó de que la casa estuviera siempre perfecta y de que cada uno de sus recovecos brillara como el oro pulido. Y Dick, el pequeño de la casa, rápidamente se hizo muchos amigos en la escuela. Sin embargo, al cabo de unos seis meses, la suerte de la ilusionada familia comenzó a cambiar…

Todo ocurrió una tarde de otoño en la que el sol hacía compañía a un cielo blanquecino. Gina se había puesto su mejor vestido, el de color esmeralda, y también las perlas que le había regalado Ron en su décimo aniversario de boda. Había invitado a unas vecinas a tomar café y pastas, y tenía que estar perfecta. Acostumbrada a la dura vida campestre de Texas y a sus interminables y ardientes días en la granja, Gina no cambiaría su nuevo estilo de vida por nada del mundo. Era de esas personas a las que les encantaba aparentar, y ahora que tenía la oportunidad (una mansión enorme, melena de peluquería y trufas heladas en la nevera), no pensaba desaprovecharla. Tras repasarse los labios con su nueva barra color fresa, salió de su habitación para buscar al pequeño Dick.
– Dick, cariño, ahora quiero que bajes a saludar a las invitadas y después regreses a tu habitación a jugar. Y no me armes ningún escándalo, mi vida.
Al no obtener respuesta, la buena mujer fue hasta la habitación del niño, que seguramente estaría imaginando mil historias con sus muñecos de trapo y su tren de madera como cualquier otro niño de seis años. Al entrar en el dormitorio de paredes azules, Gina emitió el grito más desgarrador de su vida. Desde la colorida alfombra en forma de estrella, Dick observó a su madre con una macabra sonrisa salpicada de la sangre que fluía del cuerpo de una pequeña ardilla que yacía muerta sobre su regazo. Las manos de Dick, ensangrentadas, aún seguían escarbando en el cuerpo abierto y desgarrado del roedor. Gina no creía lo que estaba viendo, no podría creer que su adorado niño estuviera despedazando un animal con sus propias manos, unas manos diminutas que acostumbraban a mancharse de chocolate o ceras de colores y no de espesa y oscura sangre. Pero no tuvo más tiempo para pensar ni para entender qué habían hecho mal ella y Ronald al educar al pequeño. Solo él, Dick, supo cuáles fueron las últimas palabras de su madre.

La encontraron muerta, con la boca desencajada y los ojos claros abiertos de par en par, tendida sobre la infantil alfombra junto a la ardilla destripada. Su vestido verde se había teñido en algunas partes de color escarlata. Esta horrible escena era obra, nada más y nada menos, que de Dick, que se había precipitado por la ventana tras matar a su madre, pereciendo en el acto. Ni la policía ni nadie en absoluto sabía cómo un inocente niño de seis años había conseguido rasgar la piel de su madre y del pobre animal con sus pequeñas y suaves manos. Cuando Ronald recibió la llamada de los agentes policiales, que le pidieron que acudiera a su domicilio inmediatamente, jamás se imaginó que su mujer y su hijo estarían muertos. Sus gritos y sollozos se escucharon en toda la calle. El hombre quedó tan traumatizado que, apenas un mes después de la tragedia, lo encontraron colgado de su corbata en la lámpara de su tienda, mientras el letrero de “Closed” continuaba balanceándose como intentando lanzar un aviso a los que caminaban de forma apresurada y distraída ante el acristalado comercio.

– (Parte 1) ‘No soples mis velas en Halloween’

– (Parte 3) ‘No soples mis velas en Halloween’

Amistades que matan

La sangre, cuyo tono negruzco relucía siniestramente, goteaba sobre la encimera de mármol. Aquellas lágrimas color vino morían en las baldosas lisas y blancas, dibujando sinuosos charcos. Justo encima del fregadero estaba Lucy. Sus pálidas y delgadas piernas colgaban inertes, plagadas de sangrientas salpicaduras. De la herida de su vientre manaba todo un manantial, tiñendo su desgastada camiseta de Los Ramones y sus cortísimos pantalones vaqueros. Curiosamente, las Converse blancas permanecían inmaculadas, sin ni un solo rastro de la tragedia.

Sarah observó la escena desde el umbral de la puerta. Jamás se imaginó que vería a su mejor amiga en esas circunstancias, con los grandes ojos azules vidriosos y abiertos de par en par y la boca desencajada. Pero, lo más raro, es que se sentía extrañamente serena. Dio otro mordisco a la manzana fingiendo desinterés, aunque en realidad sentía curiosidad por comprender cómo había acabado todo así. Solo había pasado una hora desde que volvía del instituto hablando con Lucy sobre el chico nuevo de clase. Estaban ya en último curso, pero seguían charlando sobre banalidades como los chicos guapos o el nuevo corte de pelo de Alice, la pija estúpida de la clase. La verdad es que era una pena que Lucy hubiera acabado así, desangrada por la furia de un cuchillo jamonero. ¡Oh, el cuchillo! Sarah se acercó y lo depositó cuidadosamente en la encimera, justo al lado de la mano de Lucy. Sarah se acercó un poco más y contempló sus uñas mordidas y decoradas con esmalte morado. No pudo evitar sonreír al recordar las veces que se habían pintado las uñas mutuamente en el recreo o en la propia clase. A veces, incluso, las decoraban con unas brillantes pegatinas con formas graciosas (estrellitas, corazones y cosas de esas), aunque eso solían haciendo en sus “reuniones pijama”, mientras engullían palomitas dulces y veían una película de Matthew Mcconaughey. Palomitas… Le estaba entrando hambre. La manzana apenas había saciado su apetito. Por desgracia, el microondas se había puesto perdido de la sangre de su amiga, por lo que el tentempié tendría que esperar. 

Sarah parpadeó muy rápido. Sintió unas repentinas náuseas. “¿Qué pasa? ¡Vaya cara tienes!”, le dijo Lucy, algo alarmada. Lucy… Sí, allí estaba Lucy, con su metro sesenta y cinco de estatura y su lisa melena castaña. Sarah permaneció con la boca abierta, observando como su amiga (sana y salva) dejaba caer su mochila y se sentaba sobre la encimera, agotada. “Pufff… ¡estoy cansadísima! Si no fuera por el bombón nuevo en clase, me moriría”, exclamó poniendo los ojos en blanco. Sarah seguía sin reaccionar. ¿Qué estaba pasando? Recordaba con toda claridad a su amiga muerta, tendida sobre la encimera con gotas de sangre hasta en el piercing de la nariz. También recordaba el manchado cuchillo jamonero en sus manos, tras cometer la atroz acción. “En serio, tía, ¿me puedes decir que te pasa? Ni que hubieras visto un muerto…”. Muerto. Un muerto. Sarah miró a su amiga y contestó con un hilo de voz: “Yo… precisamente… es que hace un momento…”. Las palabras murieron en sus labios. No sabía qué decir. Había sido una estúpida. ¿Por qué hubiera asesinado a su mejor amiga? ¿Acaso no tenía cosas mejores que hacer que organizar una masacre en la cocina de su casa? Había visto demasiadas películas de miedo. Se apartó el flequillo de los ojos castaños y rió. Fue una carcajada de liberación. Lucy la miró como si estuviera loca, pero después acabó riendo también. ¡Por fin su amiga había dejado de tener esa cara de pasmada! “Venga, vamos arriba a investigar el Facebook del chico nuevo. Por su apellido parece de familia francesa…”, propuso animada Sarah. La cara de Lucy se iluminó y, al instante, bajó de un salto de la encimera. Se dirigió a la escalera dando saltitos y Sarah la siguió. Pero, al dirigir una última mirada a la cocina, se le heló la sangre. Sobre la encimera había una manzana mordida y… ensangrentada.