El precio justo

Desde el primer día que la vi, supe que tendría que pagar un alto precio por estar a su lado. Recuerdo con sorprendente claridad el suave contoneo de sus caderas al caminar. Puedo evocar en apenas unos segundos el tono perlado de su piel, así como la profundidad de esos ojos grises coronados por espesas pestañas oscuras. Cada vez que balanceaba su sedosa melena color caramelo, un dulce pero intenso aroma se apoderaba de mí y me volvía loco. Más, mucho más…

Jamás me dirigió la mirada. De hecho, no solía hacer mucho caso a nadie. Solía sentarse en la puerta del instituto y dejar perderse a su mirada en el cielo encapotado. Era preciosa, cualquiera se daba cuenta de ello, pero también solitaria y excéntrica. Aun así, a pesar de su carácter distante y de su seriedad, no dejé de pensar en ella ni un solo día. Cuando me despertaba cada mañana, estaba deseando llegar al instituto para cruzarme con ella en los pasillos y poder apreciar algo más cerca sus tensos y carnosos labios. Su rostro era de una belleza tan apolínea que hacía daño. De hecho, parecía una belleza sobrehumana. Ella poseía algo que le hacía diferente a todas las demás, no sé si era su expresión, su sencillez o su poder. Solo sabía que no podría aguantar mucho más sin rozar sus manos…

Por fin, llegó el día. No recuerdo si llovía o simplemente el cielo se había teñido de gris, solo sé que, por primera vez, ella me miró. Fue una mirada breve, fugaz, pero muy intensa. Jamás había visto unas pupilas tan decididas como las suyas, unas cejas arqueadas en semejante gesto desafiante, unos ojos que desprendieran tanto poder y… tanto deseo. No sé como se pudo fijar en mí, un chico delgaducho de 1 metro 80 y tímidos ojos azules verdosos. Pero ocurrió. Ella se detuvo, clavó sus ojos en mí y, por primera vez, sonrió. Fue una sonrisa dura y controladora, pero mis pulsaciones se aceleraron al ver esa hilera de dientes perfectos e inmaculados.

No hicieron falta palabras. Simplemente, la seguí. Ella se abría paso con firmeza a través de los pasillos del instituto y yo seguía su estela. No podía pensar, ni siquiera respirar; solo podía suspirar al ver cómo se balanceaban los bucles de su melena y cómo esos vaqueros desgastados se ceñían a sus tersas nalgas. En menos de 5 minutos empezaría mi clase de Matemáticas, pero yo continúe tras ella hasta la calle. Sí, abandonamos el edificio, algo que jamás había hecho en mis seis años de instituto. Increíblemente, no tenía miedo. No temía encontrarme a mi madre o a algún vecino porque estábamos atravesando la zona más deshabitada y oscura del barrio. Tampoco tenía miedo de lo que me iba a suceder a continuación, pues solo podía pensar en el aleteo de sus suaves párpados.

Llegamos a un viejo local abandonado que bastantes inviernos atrás había estado ocupado por un videoclub. La puerta estaba entreabierta. Cuando la cruzamos, se cerró lentamente, a ritmo del chirriar de sus visagras. La estancia estaba oscura, pero ella sacó un mechero de color rojo y comenzó a encender velas. Yo no me había percatado todavía, pero la habitación estaba plagada de velas colocadas en el polvoriento suelo. En ese momento me sentía un poco tonto, pues estaba quieto como un pasmarote mientras ella se agachaba y las encendía una a una. Después, sin ni siquiera mirarme, sacó de su bandolera una gruesa manta de color esmeralda. Con un elegante movimiento, la extendió en el centro del habitáculo, resultando una cama improvisada rodeada por más de una docena de gruesas velas amarillentas. Levantó la cabeza lentamente y asintió. Ella sabía que yo sabía lo que iba a suceder. Y también sabía que había accedido a ello. Lo supo desde el primer día en que la miré. Y lo sabría siempre. Se desprendió con facilidad de sus impecables Converse blancas y se dispuso sobre la manta con las piernas cruzadas, como hacían los indios del viejo Oeste. Noté cómo me temblaban las manos y el rubor de mis mejillas, pero una oportunidad así solo se me presentaría una vez en la vida. Y nunca mejor dicho. Por eso, tragué saliva y di un paso al frente. Después otro. Y en apenas medio minuto, me encontraba sobre la manta, sentado junto a ella más cerca de lo que nunca había podido soñar…

Ella llevó las riendas. Fue ella quién guió mis inexpertas caricias sobre su cuerpo. Fue ella la que consiguió que memorizara todas sus curvas, todas sus texturas. Fue ella la que aprisionó mis labios entre los suyos, duros y fríos. Fue ella la que enredó mis dedos entre sus cabellos y la que me dejó saborear el dulce sabor de su piel. Poco a poco, fui atreviéndome a más. Notaba que a cada beso, a cada caricia, a cada mirada, ella me pertenecía un poco más. ¡Vaya necio! Era justamente al revés… Pero yo me sentía poderoso, deseado y afortunado. No podía dejar escapar ese momento, no podía dejarla escapar de mis brazos. Me abandoné en ella, una y otra vez, y ella me hacía sentir cada vez mejor. Consiguió que llegara a creer que me amaba tanto como yo a ella. Aquello era mejor que mis sueños, protagonizados siempre por esos felinos ojos grises. Y entonces, llegó el momento que ella más ansiaba. Llegó el momento de pagar el precio.

Fue más rápido de lo que pensé. Ella me miró con compasión, casi con ternura. Acto seguido, sus pupilas se dilataron. Yo quedé maravillado. Se acercó a mí, y permaneció unos segundos escuchando nuestras respiraciones acompasadas. Rozó mis labios con sus dedos y, después, los besó dulcemente. Sus labios fueron perfumando los míos, al igual que mis mejillas. Luego, llegaron a mi cuello. Esta vez, fue su lengua la que exploró todos sus recovecos. Yo cerré los ojos y suspiré. Ella cogió mi mano y me acarició con sus largas y cuidadas uñas. Y entonces, lo hizo. Sus colmillos perforaron mi piel y se tiñeron de color bermejo. Succionó, sin prisa pero sin pausa. Y, mientras tanto, sujetaba mi mano con cariño pero con firmeza. No me resistí ni una sola vez. Era mi destino, y ambos lo sabíamos. Era el precio que tenía que pagar por la lujuria, por enamorarme de un ser como aquel.

Y, mientras mi voz se apagaba y mi vista se nublaba, mientras mi corazón se congelaba y mi cuerpo desfallecía, sonreí. Sonreí y recordé la primera vez que sus ojos se clavaron en mí. Sonreí porque había tenido su cintura entre mis manos, porque había descansado sobre sus pechos, porque había dedicado unos instantes de su eterna vida en alguien como yo. Y eso ya me hacía más especial que cualquiera.