‘Midsommar’, la perturbadora sorpresa del año

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A falta de ver Once upon a time in Hollywood de Tarantino, mi película del año a estas alturas es Midsommar. En el ranking de los mejores films de 2018 en el que participé junto a mis compañeras de No Submarines, mi elección ya fue una obra de Ari Aster, Hereditary, y todo indica que el director puede repetir en 2019.

Midsommar arranca con el drama de Dani, una joven asolada por la depresión, por una pérdida familiar y por una relación amorosa cada vez más desgastada. En la víspera de su cumpleaños, su novio Christian le ofrece -a regañadientes- que le acompañe junto a sus amigos a un festival en Suecia. Ella accede, sin saber que esta misteriosa festividad se convertirá en su peor pesadilla…

Cuando vi la película hace poco más de una semana, me sorprendí intentando descifrar su final, buscando un intricado mensaje oculto y posibles conexiones, cuando en realidad Midsommar es más bien un retrato de las relaciones humanas, en concreto del desgaste de un noviazgo en el que sus protagonistas se niegan a ver lo evidente. Una premisa sencilla y con la que resulta fácil identificarse, pero envuelta en un halo macabro y en una estética portentosa. Y es que precisamente lo más escalofriante de la película es eso: siempre es de día, siempre hay luz, nunca puedes anticipar cuando va a llegar el susto como en las oscuras películas de terror.

La narración de la historia es impecable, la película mantiene buen ritmo desde el inicio y hasta va dejando entrever detalles del final. Esa dosificación de los momentos de tensión y esas repentinas escenas gore hacen del terror de Ari Aster un elemento muy perturbador.

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Lo positivo de Midsommar es que no se queda en una película mística, indie o inalcanzable. Aunque necesita ser digerida, es muy directa y tiene numerosas similitudes con películas slasher como La matanza de Texas: un grupo de jóvenes que va a parar a una extraña familia, asesinatos muy explícitos, la regla the final girl e incluso una clara referencia a Leatherface y su máscara de piel humana.

Pero, la que para muchos es la pregunta del millón… ¿es mejor que Hereditary? Yo no sabría decirlo y quizá no tenga mucho sentido compararlas, aunque sí es cierto que poseen puntos en común, como la representación de la pérdida (en Midsommar también se representa de forma muy realista el proceso de luto por una muerte familiar, aunque la pérdida que prevalece es la amorosa). La enseñanza que desprenden ambas puede ser que la pérdida te proporciona otras cosas, otros apoyos y el encontrarte a ti mismo.

Tal vez sea porque estoy acostumbrada a usar las gafas moradas, pero en Midsommar aprecié un interesante matiz feminista. Más allá de la venganza, que ni siquiera es premeditada, continuamente hay referencias de la conexión de las mujeres con la naturaleza, con la Madre Tierra a veces perpetrada por los hombres. También se observa una representación de la sororidad: las mujeres del pueblo sienten una conexión especial entre ellas, se apoyan entre sí y experimentan sensaciones al unísono, ya sea dolor y rabia como el placer de un orgasmo.

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En definitiva, Midsommar es, de momento, la sorpresa del año. Perturbadora, terroríficamente hermosa e hipnótica, confirma por segunda vez la maestría de Ari Aster, que promete dar muchas alegrías al género del terror.

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