El otro lado del arte.

El pintor solitario nunca había tenido ante sus ojos nada igual. Era la modelo más bella y sensual de la tierra, una auténtica musa para él. El pintor dejaba volar su imaginación, evocando mil historias de las que la joven de hechizante belleza era protagonista. La imaginaba como sirena o como una ninfa, como una princesa o como una salvaje; de todas las formas posibles estaba igual de bella. El pincel se desplazaba lentamente por el lienzo trazando las curvas imposibles de la joven, aquel cuerpo de mármol desnudo. Su piel de color blanco nevado contrastaba con sus sedosos cabellos azabache que caían sobre sus pechos dibujando elaborados y a la vez despeinados bucles. Sus ojos parecían esmeraldas incrustadas en aquel rostro cincelado que regalaba al pintor una estática y atractiva sonrisa. Apartando a un lado la profesionalidad, el pintor reconocía a su conciencia que estaba deseoso de poder besar esos labios rojo bermejo y perderse en esas curvas infinitas de suave textura. La joven reposaba sobre aquella butaca roja, combinada con sus gruesos labios que en ese preciso instante el pintor coloreaba en el lienzo.
El pincel resbalaba con cuidado, dejando un rastro rojo pasión por donde pasaba.

– Te va a gustar, querida – le dijo el concentrado pintor a la misteriosa modelo.

El pintor siguió plasmando en el lienzo la belleza de aquellos labios sobrehumanos, cuando se dio cuenta de que el pincel estaba casi seco. Todavía quedaba una parte de los labios por rellenar de color carmín.
El pintor se incorporó de su bitaca y, pincel en mano, se dirigió a la desnuda y preciosa joven de infinitos cabellos e interminables piernas. Se agachó y se encontró con su verde mirada, con aquellos ojos abiertos y perdidos en otras historias. El pintor acercó su boca muy lentamente contra los rojos labios de ella, regalándole un delicado beso.
Después, acercó el pincel al vientre de la joven, introduciéndolo en la desgarradora herida de la que brotaba brillante sangre que manchaba la blancura de su piel. Cuando el pincel se tiñó de rojo, el pintor se sintió satisfecho y dedicó una sonrisa a la yacente joven.

– Te estás portando muy bien, querida.

Se levantó y se dirigió a su butaca frente al lienzo. El pincel estaba listo. Y, con aquella sangre de especial brillo terminó de dibujar los labios de aquel bellocadáver que posaba frente a él, de su musa muerta.

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