‘No soples mis velas en Halloween’ (Parte 1)

Es curioso que una chica obsesionada con Halloween se llamara Summer. Era un nombre demasiado cursi, demasiado alegre, demasiado color pastel. Pero todos los que la conocían sabían que nada tenía que ver con su personalidad. No es que fuera una emo ni nada de eso, pero sí era una chica un poco siniestra. No, no solo era porque escuchara heavy metal, pues eso era algo que tenía en común con muchos adolescentes de Sparks Town, ni porque llevara pintas extrañas (de hecho, su pelo era “normal”, castaño oscuro, y no se pintaba las uñas de negro ni vestía con túnicas o corsés). Simplemente, Summer sentía debilidad por los libros de terror, por las leyendas urbanas y por las criaturas sobrenaturales. Ah, y por Halloween, tenebrosa celebración que coincidía exactamente con su cumpleaños. De hecho, le encantaba celebrar su nueva edad con un maratón de pelis de terror con sus amigos o invocando a los espíritus a través de la ouija. Lo que no se esperaba es que lo mejor llegaría cuando cumpliera los 19 años…

– Venga, Sum, anímate. Lo vamos a pasar bien y es Halloween. Y es tu cumpleaños.
– Ya lo sé, Alice, pero no te miento cuando te digo que no me encuentro muy bien. Sigo algo resfriada todavía.
– Joder, Summer, no seas gallina. Esta noche vamos a ir a recogerte quieras o no, así que prepara tu mejor disfraz y tu sonrisa más arrebatadora. Porque va Bryan, no sé si lo sabes.
– ¿Bryan? ¿No estaba en Alaska con sus padres?
– Sí, pero ya ha vuelto. Por Halloween. Por tu cumpleaños, tonta. ¿Vas a desaprovechar esta oportunidad?
Summer se mordió el labio inferior mientras jugaba con el cable del teléfono. Sí, todavía usaba un teléfono “antiguo”, de esos que tienen cables y carecen de pantalla. Tras observar sus calcetines de Jack Skellington durante cinco segundos, carraspeó y con voz firme pero divertida dijo:
– Pues claro que iré, Alice. Si sobreviví a diez picaduras de abeja cuando tenía 6 años, ¿qué puede fallar ahora?

Después de muchos retoques, por fin estaba lista. Dios, estaba increíble. No es que se sintiera precisamente sexy, pero Summer pensaba que Halloween no era una festividad para vestirse de vampiresa porno o de brujita juguetona. Había que dar miedo. Y ella, con su melena alborotada y encrespada, con los jirones de piel (de silicona) cayéndose de su rostro y con sus ojos inyectados en sangre, lo inspiraba. Tras dar gracias a Youtube por los fantásticos tutoriales de maquillaje y caracterización que había encontrado, cogió las llaves y salió a la calle. Pensó que sus amigos no tardarían demasiado, y no se equivocó. En apenas dos minutos, vislumbró cinco sombras difusas al final de la calle. A medida que se acercaban, los reconoció a todos, a pesar de los disfraces. Estaba Alice, por supuesto, perfecta de muñeca diabólica con sus dos trenzas rojizas, su corta estatura y su vestido ensangrentado. Los gemelos Ed y Dan no se habían esmerado demasiado: Ed se había cubierto de papel higiénico en un intento de momia y Dan había pringado de gomina su ya de por sí grasiento pelo color trigo, peinado que acompañado de una capa roja demasiado corta y unos colmillos de plástico, le daban el aspecto del vampiro menos terrorífico del mundo. Rachel, sin embargo, estaba increíble con su disfraz de novia cadáver de Tim Burton, sobre todo porque tenía unos ojos enormes y aspecto frágil como la protagonista de la película. Y por último estaba él, Bryan. Sus ojos azules brillaban desde lejos y eran tan dulces que su máscara de Hannibal Lecter parecía menos macabra. Summer sonrió y él le devolvió la sonrisa, haciendo que se sintiera la zombie más dichosa del mundo.

Tras las felicitaciones y los abrazos, el grupo de amigos empezó a caminar por las empedradas calles de Sparks Town. Casi todas las casas estaban decoradas con telarañas de algodón, gatos negros petrificados y siniestros espantapájaros, recibiendo a grupos de niños (y no tan niños) que buscaban llenar sus coloridas bolsas de dulces y chocolatinas. Summer miró la escena con nostalgia, sintiendo que sus recién estrenados 19 años le pesaban más que nunca. Aun así, aunque ya no tuviera edad para asustar al vecindario e hincharse a caramelos, se lo estaba pasando bien. No sabía adónde le llevaban sus amigos, que se miraban entre sí y compartían risitas cómplices. Sentía un cosquilleo en el estómago y se moría de ganas por descubrir la sorpresa que le habían preparado. Lo que nunca se imaginó, es que llegaría a arrepentirse de sus deseos…

– (Parte 2) ‘No soples mis velas en Halloween’

– (Parte 3) ‘No soples mis velas en Halloween’

Anuncios