Listen

Sandy estaba feliz y últimamente era difícil que eso ocurriera. Habían pasado siete meses desde la muerte de su hermano, pero aún no había podido superarlo. Brandon no solo era su hermano, sino su amigo, un compañero apenas unos minutos mayor que ella. Era su hermano mellizo y no se hacía a la idea de no escucharle tararear canciones de Linkin Park en la ducha, de no pelearse con él por quedarse con la mejor parte de la empanada de mamá, de no ver los hoyuelos que surgían en su rostro juvenil siempre que reía. Llevaban dieciocho años compartiendo experiencias y ahora ya no quedaba nada. Fue la propia Sandy quien encontró su frío cadáver sobre la alfombra de su habitación. Llevaba su camiseta favorita, la de la caricatura de Steve Jobs, y sus grandes cascos reposaban sobre sus orejas aún emitiendo sonidos amortiguados. Amaba la música y hasta la propia muerte le sorprendió escuchándola. Eso reconfortaba un poco a Sandy.

La cuestión era que, tras siete meses de noches sin dormir y lágrimas en los lavabos del instituto, Sandy se sentía preparada para pasar página. Había decidido entrar en la habitación de Brandon y echar un vistazo a sus cosas para bucear en los recuerdos. Todo estaba como el día que se fue, excepto su cadáver, claro. Sandy pensó en hojear un rato sus cómics, pero entonces vio sobre el escritorio la caratula de un CD. La portada era negra y unas letras verdes y difusas dibujaban la palabra “DANGER”. San no conocía el grupo, pero si le gustaba a su hermano, tenía que ser bueno. Brandon le había demostrado a lo largo de su vida juntos que tenía buen gusto musical (excepto cuando le dio por escuchar a Fall Out Boy, claro). La cuestión es que Sandy confiaba en él, y no solo musicalmente hablando, así que abrió la carcasa y sacó el CD, ligeramente desgastado por el uso.

Pulsó el botón del play de su discman y algo empezó a sonar. Parecía música, pero Sandy no está del todo segura. “Qué single tan extraño”, pensó. Gritos. Rasguños. “¿Qué diablos está sonando?”, gritó Sandy para sus adentros. Sintió el sudor frío, gélido, sobre su frente. Le faltaba el aire. Intentó gritar, pero no logró articular ni una sola palabra. Le ardía la garganta y le escocían los ojos. La música, si es que podía llamarse así, seguía sonando. Era desesperante. Ni siquiera sabía lo que estaba escuchando, pero no podía quitarse los cascos. Lo intentó, pero había algo que la retenía. Empezó a dolerle el pecho como si le estuvieran clavando un puñal oxidado. Sentía que su cuerpo se partía por la mitad y que su cabeza estaba a punto de reventar. Jamás había experimentado tanto dolor ni tanta desesperación. No había sangre ni heridas, pero ella sentía que se rompía por dentro, que la música la estaba destrozando. “Esta es la música que Brandon estaba escuchando antes de morir. Esta es la música que le mató”. Los pensamientos viajaron fugazmente por la mente de Sandy, pero ya era demasiado tarde.

Marcus atraviesa el umbral de la puerta con cierta timidez. La madre de Brandon y Sandy, con gesto triste e inexpresivo, le guía hasta la habitación. “Coge lo que quieras. Yo ya no quiero ver estos objetos. Yo la quiero a ella, y a él, y… ya no están”, le dice la desdichada mujer en tono frío, luchando por no derrumbarse. Marcus asiente con la cabeza un poco nervioso. Se siente un poco mal por estar allí, en la casa de sus vecinos muertos, pero la propia señora Nesbitt le ha pedido que echara un vistazo a las cosas de sus hijos y se llevara lo que quisiera. La vista de Marcus recorre las estanterías y ve de todo: cómics, libros, gorras… Y, entonces, ve el CD. “¿Seguro que no quieres llevarte nada más?”, pregunta indiferente la señora Nesbitt. Pero no hay nada que le interese más que el CD de ‘Danger’. No conoce al grupo, pero no le importa: el disco le ha hipnotizado y sabe que tiene que llevárselo, que es lo único que merece la pena de aquel solitario cuarto juvenil. “No, gracias, señora Nesbitt. Me llevo solo esto. Lo pondré esta noche en mi fiesta de cumpleaños en honor a Brandon y Sandy. Quiero que todos lo escuchen”.

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Amistades que matan

La sangre, cuyo tono negruzco relucía siniestramente, goteaba sobre la encimera de mármol. Aquellas lágrimas color vino morían en las baldosas lisas y blancas, dibujando sinuosos charcos. Justo encima del fregadero estaba Lucy. Sus pálidas y delgadas piernas colgaban inertes, plagadas de sangrientas salpicaduras. De la herida de su vientre manaba todo un manantial, tiñendo su desgastada camiseta de Los Ramones y sus cortísimos pantalones vaqueros. Curiosamente, las Converse blancas permanecían inmaculadas, sin ni un solo rastro de la tragedia.

Sarah observó la escena desde el umbral de la puerta. Jamás se imaginó que vería a su mejor amiga en esas circunstancias, con los grandes ojos azules vidriosos y abiertos de par en par y la boca desencajada. Pero, lo más raro, es que se sentía extrañamente serena. Dio otro mordisco a la manzana fingiendo desinterés, aunque en realidad sentía curiosidad por comprender cómo había acabado todo así. Solo había pasado una hora desde que volvía del instituto hablando con Lucy sobre el chico nuevo de clase. Estaban ya en último curso, pero seguían charlando sobre banalidades como los chicos guapos o el nuevo corte de pelo de Alice, la pija estúpida de la clase. La verdad es que era una pena que Lucy hubiera acabado así, desangrada por la furia de un cuchillo jamonero. ¡Oh, el cuchillo! Sarah se acercó y lo depositó cuidadosamente en la encimera, justo al lado de la mano de Lucy. Sarah se acercó un poco más y contempló sus uñas mordidas y decoradas con esmalte morado. No pudo evitar sonreír al recordar las veces que se habían pintado las uñas mutuamente en el recreo o en la propia clase. A veces, incluso, las decoraban con unas brillantes pegatinas con formas graciosas (estrellitas, corazones y cosas de esas), aunque eso solían haciendo en sus “reuniones pijama”, mientras engullían palomitas dulces y veían una película de Matthew Mcconaughey. Palomitas… Le estaba entrando hambre. La manzana apenas había saciado su apetito. Por desgracia, el microondas se había puesto perdido de la sangre de su amiga, por lo que el tentempié tendría que esperar. 

Sarah parpadeó muy rápido. Sintió unas repentinas náuseas. “¿Qué pasa? ¡Vaya cara tienes!”, le dijo Lucy, algo alarmada. Lucy… Sí, allí estaba Lucy, con su metro sesenta y cinco de estatura y su lisa melena castaña. Sarah permaneció con la boca abierta, observando como su amiga (sana y salva) dejaba caer su mochila y se sentaba sobre la encimera, agotada. “Pufff… ¡estoy cansadísima! Si no fuera por el bombón nuevo en clase, me moriría”, exclamó poniendo los ojos en blanco. Sarah seguía sin reaccionar. ¿Qué estaba pasando? Recordaba con toda claridad a su amiga muerta, tendida sobre la encimera con gotas de sangre hasta en el piercing de la nariz. También recordaba el manchado cuchillo jamonero en sus manos, tras cometer la atroz acción. “En serio, tía, ¿me puedes decir que te pasa? Ni que hubieras visto un muerto…”. Muerto. Un muerto. Sarah miró a su amiga y contestó con un hilo de voz: “Yo… precisamente… es que hace un momento…”. Las palabras murieron en sus labios. No sabía qué decir. Había sido una estúpida. ¿Por qué hubiera asesinado a su mejor amiga? ¿Acaso no tenía cosas mejores que hacer que organizar una masacre en la cocina de su casa? Había visto demasiadas películas de miedo. Se apartó el flequillo de los ojos castaños y rió. Fue una carcajada de liberación. Lucy la miró como si estuviera loca, pero después acabó riendo también. ¡Por fin su amiga había dejado de tener esa cara de pasmada! “Venga, vamos arriba a investigar el Facebook del chico nuevo. Por su apellido parece de familia francesa…”, propuso animada Sarah. La cara de Lucy se iluminó y, al instante, bajó de un salto de la encimera. Se dirigió a la escalera dando saltitos y Sarah la siguió. Pero, al dirigir una última mirada a la cocina, se le heló la sangre. Sobre la encimera había una manzana mordida y… ensangrentada.